Un fulgor obscuro luce en los ojos agarenos mientras Marcela pronuncia:

—¡También!... Hoy es el día del perdón...

De repente abraza al muchacho que la mira ansioso, y echa a correr fuera del portal. La sigue un acento infantil y desgarrador:

—¡Madre!... ¡Madre!...

Pero ella desaparece muda y ligera, como una sombra atormentada. Un ancho camino de argomal la conduce a la margen del río que susurra bajo el leve cejo de la niebla.

La mujer, cansada, acorta el paso y se refugia en la soledad con un amargo deleite de hurañía y abandono. Se considera ya sola en el mundo, purificada y redimida por el flagelo de la expiación, digna de unirse al hijo mártir en una gloria que no se acabe nunca.

En la cumbre del soto de la Cruz una fogata pastoril arde, al parecer, junto a las estrellas, y en el cielo enjoyado, se recorta el perfil virginal de la montaña.

Aún palpita el crepúsculo como un gran corazón agonizante caído en el remanso de la noche; sobre el movible cristal del río tiembla y huye la plata de la luna...