—¡Mi hijo!... ¡Es mi hijo!... ¿No me engañas?
Quiere abrazarle, y el zagal se resiste con el temor de verse entre dos locas.
—No te engaño—asegura Marcela, y su voz parece que recorre un espacio sombrío antes de hacerse oir—. Este niño es «el vuestro», el saludable y dulce, el de los ojos verdes, que embrujan como los tuyos... ¡fíjate!... Cuando Andrés le mira es igual que si te mirase a ti... Tómale: te le doy y me quedo sola en el mundo como estabas tú...
—Yo no pienso en Andrés—murmura Irene con un doloroso balbuceo de ideas, tendiendo siempre hacia Jesús las codiciosas manos.
—La que se lleva el hijo, se lleva el hombre—ruge Marcela, mirando ante sí con ojos sin mirada, y echando al niño en brazos de «la otra»—. Y añade:
—Quiero morir en paz: yo haré esta confesión donde sea menester, daré todas las pruebas necesarias, expiaré mi delito según la justicia del mundo... ¡Dios, bastante me ha castigado!...
—¡Madre!—llora el rapaz, buscándola.
—¡Esa es tu madre!—responde, brusca y firme, tornándole al regazo de Irene.
Y allí de cerca, vida contra vida, el niño entre los agitados corazones, vuelve a decir a su rival:—¿Me perdonas?
—Con toda mi alma... ¿Y tú a mí?