Casi a un tiempo llegan al portal, se santiguan de cara al templo solitario, donde laten unas luces pálidas, y se miran, dolientes, bajo la penumbra del anochecer, cobijadas por un cielo sin nubes, florecido de estrellas.

—Irene, ¿me perdonas?—dice una voz opaca.

—¿De qué?—responde la infeliz que siente en la misma boca el raudo golpe de su corazón.

—De que te robé la felicidad... el hombre que tú querías... el hijo que tú alumbraste...

—¿El hombre?... Él se marchó... ¿El hijo?... Yo te le di... ¡Más tienes que perdonarme tú!

—¡No; que no sabes lo que hice!... El niño... te le cambié—balbuce Marcela. Vibran las frases en sus labios como una llama, y empuja a Serafín confesando:

—Pero estoy arrepentida. Te le devuelvo; aquí le tienes: toma... Este es Jesús, el jayón... ¡no llores más por él!

Un grito que se clava en el aire como un puñal, recibe a la criatura, mientras los pensamientos de la madre se dibujan absortos sobre una obscuridad infinita. Torpe, ávida, prorrumpe: