Muchos de estos viajeros, los que vienen del lado ponentino, se detienen a la orilla del Saja, junto a un plantel de alisas y el tramo de un puente roto. Entonces una barca, plana y tosca, que se mece sobre el murmullo glorioso de las aguas, llega con el empuje del barquero al lado de los caminantes. Y el ancho brazo del río, cadoso y transparente, se deja cruzar una y otra vez por la nave servicial y deja que en su espejo se miren, entre medrosos y complacidos, los romeros que forman la mística expedición.
En medio de la breve llanura, una iglesia, blanca y pobre, va recibiendo a todos los peregrinos hasta donde le es posible albergarlos, y los menos diligentes en acudir a las voces de la torrecilla humilde se agrupan a la entrada, abierta de par en par, frente al púlpito vestido de viejo brocatel.
La voz llena y clara del predicador se desborda del templo, y rueda, sonora, por los campos en reposo. Dice el carmelita unas palabras sencillas y emocionantes; cosas buenas y dulces a propósito de la debilidad de las mujeres; de la inocencia de los niños; del olvido de las injurias; de la misericordia; de la caridad. ¡Es «el día del perdón»!
En las tardes pasadas ha desarrollado el misionero todos los temas piadosos que deben traer como consecuencia este sublime final: ¡el perdón! ¡Hay que perdonar las envidias, los agravios, las traiciones!...
Muchos fieles se miran con afán a los ojos como si quisieran verse el alma; otros bajan la frente, otros suspiran con angustia. Y en el atrio, sobre una viga del tejaroz, dos golondrinas recién llegadas de lueñes tierras, coloquian misterios de su nido, sin desconfianzas ni temores. Su manso arrullo besa en el aire las palabras del apóstol: ¡Paz y amor! Un hálito vernal las empuja por el campo, hasta el río donde la corriente solloza y la barca se mece, como un símbolo, entre las orillas, bajo el tembloroso andarivel...
Sola va quedando la iglesia blanca en el fondo de la llanura.
La tarde se duerme con placidez, echada sobre las flores de la campiña, y los devotos se extienden por la vega en demanda de sus pueblecillos.
Con la última volada de las aves y los últimos fulgores de la luz, parece que flotan en el viento misteriosas endechas de amor y de paz, como un himno entonado al «día del perdón».
Dentro del piadoso recinto dos corazones, maduros por las penas, velan y sufren; dos mujeres rezan y lloran. No están juntas, pero se vigilan, y cuando Irene se levanta la sigue Marcela de la mano de Serafín.