que perdí la mejor vaca

que tenía en Villanueva...»

Con el mismo rumbo que sigue Talín asoma desde lejos la cabaña de Cos, hacia Bustarredondo, para reunirse allí con los demás.

Solicitada por el soniquete de los aljaraces vuelve la niña la cabeza, cuando un toro gilvo, muy joven y retozón, corre en amenazadora actitud al reclamo del vestidito rojo que acaba de aparecer. El vestido huye como una llama conducida por el viento; grita, desaforadamente el pastor, renegando del rebelde animal, y la pobre nena, nunca, por milagro, comprometida en un peligro semejante, quiere subir la pared tosca y alta que limita el sendero y promete un refugio. Empujada por el instinto, logra encaramarse en la espinosa linde y ve que al otro lado se hunde, en pliegue brusco, el verdacho sombrío de un renoval.

El toro llega jadeante, la niña salta con los ojos cerrados, y queda inmóvil sobre la escamonda, suelto el pelito rubio en torno a la blancura de la cara.

Un instante después acude el pastor cerca de Talín, contristado y perplejo, mientras muge el animal blandamente, contemplando con mansedumbre, desde la altura de la cerca, la voladora mancha de vestido rojo, caída en incomprensible quietud.

Una alevilla suave pone su cándida nitidez sobre la frente de la nena, se oye cercano el tenue vagido de un arroyo, y canta entre los renuevos una cigarra loca de sol...


III
LA MADRE