Buen conocedor de los ambages de la sierra, el pastor llegó a Cintul en un periquete, con la niña lisiada entre los brazos. Era amigo de Ambrosio y conocía bien las travesuras de la pequeña, su vida y sus costumbres; así que, sin vacilar, llamó a la puerta de Clotilde gritando:

—¡Eh, muchacha! Aquí traigo a Talín con una patuca rota.

Y era verdad.

El pajarillo perniquebrado se rebullía gimiente dentro del vestido rojo.

Aparecióse Clotilde en el umbral, con cara de susto, y se quedó mirando de hito en hito al hombre y a la niña, demandantes y humildes a plena luz, bajo la masa ardiente del cielo.

La moza no dió gritos ni se entretuvo en inútiles preguntas. Abrió su cama y acostó con sumo cuidado a la nena, que al menor movimiento se quejaba de agudísimos dolores en la rodilla. No tenía más daño que aquél: una mancha grande y obscura y un principio de inflamación.

—Llamaré al médico—dijo Clotilde a su madre y a su hermana que allí detenían al pastor con mil comentarios sobre el percance.

—No le toca venir hasta pasado mañana—le respondieron.

—Pero yo haré que venga.