La escucharon con absoluta incredulidad y su madre repuso:

—Hoy hará la visita en los pueblos del Concejón, y ni él ni su caballo están para más trotes.

—Sólo en trance de muerte vendría—añadió la hermana.

Se miraron absortos, añorantes de un médico y un caballo más propicios, y el pastor, que ya se despedía, le propuso a Clotilde:

—Yo lo que tú llamaba a la saludadora.

—¡Es una bruja!—respondió la muchacha con desdeño.

—¡Qué ha de ser!

—¡Claro que no!—adujo la madre en son de protesta—. Curaciones como las suyas no las hace el mismo Don Julián.

—Y para las caídas y los golpes tiene manos de santa. Hace poco me curó a mí un vello despeñado, en un santiamén.

Clotilde se encogió de hombros mientras la otra joven decía: