—¿Pero comparas a un cristiano con un animal?
—Para el caso es lo mismo—aseguró el buen hombre, acabando de despedirse, escotero y veloz, en busca de la cabaña que había confiado a los serrojanes...
Quedó prendido en el silencio el llanto de la niña, más quejosa cada vez, más postrada y febril, y pasaron la tarde inquietas las tres mujeres alrededor de la cama, hasta que llegó Ambrosio con la testa greñuda, nublado el semblante y amarga la voz, preguntando por su hija y nombrando entre dientes a la saludadora.
Clotilde fué a buscarla y volvió al poco rato con una mujer que no era vieja ni sórdida como las clásicas brujas; al contrario, mostraba un porte agradable y majestuoso, muy influído por la alta categoría de su providencial ministerio. Como no había oficiado nunca en aquella casa, se creyó en el deber de advertir:
—Soy la séptima hija de honrado matrimonio, y por eso tengo en la lengua una cruz con privilegio para curar.
Nadie trató de comprobarlo, y la mujer, con solemnes ademanes, descubrió a la enferma, la examinó cuidadosamente, y no hallándole otro daño que el de la rodilla, puso allí su atención con mucha mezcla de signos, oraciones, saliva y alentadas. A mayor abundamiento aplicó un vendaje encima del golpe y dijo:
—«Esto» sanará si tenéis confianza en mi virtud... y si quiere Dios.
Puesta así a buen recaudo su responsabilidad, se fué sin admitir unas monedas que Ambrosio le ofrecía.
La nena siguió gimiendo. Le creció la calentura y empezó a delirar. Pretendía huir del toro gilvo en una carrera incesante, angustiosa, y había que sujetarla para que en realidad no huyera. Transida y ardiente, recitaba coplas, romances y lecciones; luego se adormecía en un breve sopor y despertaba otra vez, medrosa, trascordada, para repetir:—¡Madre!... ¡Madre!...—tendiéndole los brazos a Clotilde.