—¡Aquí estoy!... ¿Qué quieres? Aquí estoy contigo—respondía la moza, impregnada la voz de un vaho sentimental.

Y la dulcísima palabra se volvía a encender en los ansiosos labios de Talín como un cirio en la sombra del recuerdo:—¡Madre!... ¡Madre!...

Pasaron toda la noche Clotilde y Ambrosio al lado de la niña. Él, taciturno y aprensivo, no se atrevía a tocar a la pequeña, pero sus tímidas frases y sus gestos bruscos tenían un hondo significado de ternura en la intimidad del aposento, mientras la mujer, alerta y silenciosa, refrescaba las sienes de la niña, le hacía beber el agua de las flores cordiales, y le colgaba al cuello un escapulario milagroso.

A la mañana siguiente no estaba la enferma tranquila ni libre de dolores, pero había decrecido mucho la fiebre, y de la aguda crisis cerebral sólo le quedaba la flaqueza de llamar a Clotilde madre, con un empeño mimoso y dulce.

Cuando la quisieron disuadir de su equivocación, la interesada dijo:

—Que me llame como quiera; no la disgustéis...

Por la noche el padre se fué a su casa y se acostó, vestido y desvelado, frente a la cama vacía de Talín. Pasó el sueño volando por sus ojos, levantóse al amanecer, y ya el canto de los pájaros, que es la música del cielo, hacía la ronda de los horizontes en cálida sinfonía primaveral.

Salió Ambrosio al huerto y escuchó asombrado el nuevo lenguaje que hablaba la Naturaleza en torno suyo. Hasta los nervios de las hojas parecían estremecerse: era aquél, sin duda, el tiempo de la vida, el renacer de la tierra animada por el perpetuo ritmo vital; el resurgir de todos los amores y las esperanzas... ¡Por eso Talín había encontrado una madre!

Y el hombre, solo y conmovido, no sabiendo qué hacer, se puso a partir leña en el corral, con inesperado furor...