IV
EL SOL

A los tres días de ocurrir la aventura visitó Don Julián a la niña por empeño de Clotilde, desaparecido el vendaje de la saludadora, la cual se limitó a decir:

—No tenéis fe y la criatura no sanará...

El médico halló rota la articulación y trató de soldarla con la inmovilidad; pero aumentaron los dolores, continuó la enferma postrada y febril y al cabo de un mes diagnosticaba el doctor una artritis de carácter tuberculoso, enfermedad larga y de un resultado obscuro. Habló de los antecedentes de la niña, cuya madre había muerto de una fiebre héctica, y quiso indicar que la propensión hereditaria de Talín se hubiese manifestado, antes o después, con cualquier motivo. Recomendó a la paciente baños de sol, mucha quietud, aire puro y alimentos saludables.

Durante muchos días el caballo cansino de Don Julián se detuvo en la única ventana de Clotilde, donde la niña enferma se asomaba al campo y al aire serraniego, bajo la incansable solicitud de su protectora. Desde el camino, sin apearse, le hacía el médico la visita; se marchaba meditabundo, en una actitud parecida a la estampa de Don Quijote sobre Rocinante, y seguía la nena tendida en su banco entre almohadas, mirando al cielo y urdiendo historias en la tela invisible del espacio.

Floja y remisa para todo esfuerzo material, padecía Talín una aguda exacerbación de impaciencias espirituales, impropias de sus años.

Y acostada, rostro a lo azul, en el silencio campesino, dábase a hilvanar ilusiones con verdadero frenesí.

Ya no sentía en la rodilla el lacinante dolor que tanto la hizo padecer: sólo algunas punzadas en los movimientos bruscos, algunos latidos que la obligaban a forzosa quietud. A medio vestir, con los finos cabellos peinados en dos trenzas acabadas en un hopo rubio y lene, permanecía inmóvil desde el alba a la estrella, abiertos los ojos con extraordinario afán a cuanto fluía penígero y sutil en la gracia del viento. Pájaros, abejas y mariposas, subyugaban como nunca a la niña con sus giros y voces, la risa del éter: hasta las teruvelas y las aludas le parecían desde su postración unas criaturas maravillosas: pensamientos divinos echados a volar.