A Clotilde le daba mucha lástima ver cómo la enferma seguía el rumbo de insectos y de aves, perdiéndolos de vista en los remotos caminos de la altura; imaginaba que también la niña quería huir volando hacia Dios, como un ángel suyo, cansado de la tierra. Ambrosio pensaba lo mismo, con infinito desconsuelo, y los dos tejían una pobre corona de solicitudes en torno al pequeño sér, doliente y humilde, igual que un pajarillo alicortado.
Pero la vida era dura en el terruño. Había que trabajar de la mañana a la noche sin tregua, sin reposo, por encima del dolor y del presentimiento, y Talín se quedaba sola junto a la ventana desde el amanecer, aunque la piedad y el amor velasen por ella.
La madre de Clotilde, que desgranaba maíz en el desván, tenía cuidado con parecido esmero de lo más importante de la casa, fuera del establo y el corral: la lumbre, la olla y la niña. A menudo bajaba del caliente sotrabe para añadir garojos al fogón, sazonar el cocido y poner los ojos, observadores, en la enferma. Algunas veces la veía atormentada y sudorosa, con los párpados caídos y el aliento feble. Entonces hacía sobre ella la señal de la cruz mojando en agua bendita, en calidad de hisopo, una rama de laurel, y recobrándose Talín, se miraban las dos, mudas y cándidas, en las atónitas pupilas. Si la pequeña no quería refrescar los labios ni cambiar de postura, volvía la anciana a deslizarse, pasito, fuera de la habitación.
Al mediodía regresaban del campo los trabajadores para comer: Clotilde, siempre adelantada y presurosa; Ambrosio detrás, cada día más desvelado y tímido.
Andaban a la hierba por aquel tiempo. Solía volver la moza a su casa con un fonje coloño en la cabeza, y el vecino con el guadañil al hombro y la colodra a la cintura; ella subía de un tirón la empinada escalera del pajar y él rodeaba los huertos asurcanos para asomarse a la ventana donde Talín yacía como en un nido, esperando la salud.
Cuando Ambrosio había cambiado las primeras frases con su hija, ya bajaba Clotilde, un poco jadeante, con hilos pálidos de hierba entre el cabello obscuro, las mejillas ardientes, los ojos inquiridores. No tenía más belleza que la de su frescura de campesina y el encanto de esa bondad callada que se vierte en el silencio, como los arroyos que sin dejarse oir apagan la sed del caminante.
Junto a la niña, el hombre y la mujer hablaban unos minutos, sin mirarse apenas: él ponía sus jornales casi enteros en el regazo, infantil, y trataba de expresar a la vecina su gratitud, sintiendo que se le empapaba el corazón de una ternura misteriosa; ella, hablando y sonriendo, un poco azorada y cobarde, servía a la enferma názulas y miel, pan tostado y agua pura del monte. Ya no volvían a reunirse hasta la hora del crepúsculo, cuando brillaba en el cielo la estrella vespertina, «el chacal de la luna», expiado siempre con asombro por las claras pupilas de Talín.
Así pasaron los días florentísimos del valle, bien maduro el aroma de los huertos, rumorosos los dorados maíces en la mies, fastuosa la belleza del bosque y la montaña.
Hicieron los pastores el retorno y se llenaron los caminos con el canto de los esquilas al anochecer. El serroján, amigo de Talín, acudió al reclamo de la niña para decirle coplas y romances agrestes.