Ya la enferma no se adormecía, torpe y madorosa, en consunción letal. Sobre la bruñida tez, los grandes ojos de color turquí se abrían pensativos y audaces como en plena salud; la gracia de la sonrisa y de la voz cobraba con la dulzura antigua un nuevo encanto, una tristeza inefable llena de misterio; el canario silvestre volvía a cantar, y a menudo deshacía en los dulces labios, como un trino, las estrofas aldeanas:
No le quiero
molinero
porque le llaman
el maquilandero.
Yo le quiero
labrador,
que coja los bueyes
y se vaya a arar