y a la media noche

me venga a rondar;

que suba aquella montaña

y corte una rama

del verde laurel,

y a la mi ventana

la venga a poner.

Guardaba Talín en la memoria un sartal de cantares, y se los iba diciendo con ingenua exaltación a la brisa y a los pájaros, a las hojas rubias que empezaron a caer, al lucero de la tarde, que desde muy temprano comenzó a brillar.

Mientras despertaban las canciones de la nena, dormidas en las horas de dolor, iba el otoño deshojando las frondas, gemía larga y triste la quejumbre del viento, y era menester sustituir la ventana de Clotilde, abierta a naciente, por una puesta al Mediodía en casa de Ambrosio.

En esta última encontró Don Julián una mañana a la niña y a la moza, juntas y felices; una cantando, otra cosiendo, las dos con trazas de ser dueñas y señoras de aquel hogar.