Cuando el médico observó a la enferma desde la calle, según costumbre, le dijo a Clotilde, entre afable y cariñoso:
—¿Conque al fin os echaron la bendición?... Me alegro, hija, me alegro.
Ella respondió sencillamente:
—Yo tenía que cuidar a esta criatura, ¡y como en mi ventana hace ya frío!...
—Eres buena. Dios te lo premie... y que nunca te falte el sol.
—Amén—susurró Clotilde, mirando a su hija con transporte—. Y le pareció que el caballo rosillo de Don Julián, llevándose al jinete macilento, caminaba aquel día con cierta soltura y prontitud.
V
EL MAR
Cinco años después era Talín una obrerita ciudadana muy soñadora, un poco triste, que sobrazaba dos muletas y cosía ropa blanca de lujo para un gran comercio santanderino. Su larga enfermedad en Cintul dió por resultado que el tumor de la rodilla, al resolverse, dejaba en posición viciosa la articulación, inutilizando la pierna. Y los padres de la niña, desolados ante la invalidez, pusieron su última esperanza en los médicos de la ciudad. Una heroica resolución, más fuerte en Clotilde que en Ambrosio, más decidida y obstinada, les empujó fuera del terruño por caminos llenos de dificultades que parecían invencibles. Todo lo pudieron la caridad y la ternura acendradas en un recio corazón de mujer.