Y una tarde, larga y calmosa de primavera, el matrimonio y la niña salieron de Cintul, embargados a un tiempo de pesadumbre y de ilusiones. Los padres se despedían con angustia de todo lo amado y conocido; Talín dejaba atrás, con inconsciente melancolía, su infancia plena de libertad y de inquietud, con inocente cortejo de cantigas, pastores y romances: ¡su infancia pura, transida, al cabo, por el dolor!
Cuando los viajeros perdieron de vista la aldea cobijada en el enfaldo del monte, aún hallaron amigos los senderos y los valles. Y ya al anochecer, junto al ferrocarril, todavía la cumbre del Escudo se perfiló en el cielo como una mole de tinieblas, diciéndoles adiós.
La niña no había ido nunca en el tren, y dejóse llevar maravillada, imbuída por ambiciones indecibles, imaginando que volaba tan ligera como las aves, más segura que ellas en los brazos de hierro del camino.
Aumentaba esta ilusión la sombra naciente en los hondones, que trepaba por los collados hacia la serranía, amortajando a la tierra. Ya sólo quedaba sobre el paisaje una franja de claridad: se iban agazapando los pueblos dormidos en la ruta y galopaban los bosques y las mieses como espectros a los lados del convoy. A Talín, asomada a la ventanilla con muda impaciencia, le dió en el rostro un aire salado y fresco, y poco después, de la entraña misteriosa de la noche surgía el Cantábrico. La tremenda llanura, al recoger de lo alto del cielo toda la luz, brillaba resplandeciente como una sonrisa: allí, junto al coloso, estaba la nueva existencia, el progreso, la ciudad, ¡tal vez la salud!...
Pero las últimas palabras de la medicina no remediaron a la pobre Talín. Y acabadas las peregrinaciones a través de sanatorios y consultas, la niña se sostuvo entre dos muletas y volvió a andar, casi a correr.
Ambrosio trabajaba en una fundición y Clotilde en un taller de planchado. Habitaban una buhardilla en casa principal, cerca del puerto, albergue que les fué concedido mediante sus excelentes informes y el apoyo de una buena familia a quien Clotilde había servido en su primera mocedad.
Como los médicos insistían en que la inválida no podría vivir sin aire sano y mucho sol, aquel alto refugio al mediodía, junto al mar, constituyó para ellos un beneficio inapreciable. Allí la niña halló otra ventana llena de luz, abierta al ancho horizonte de la bahía, el encanto desconocido, que fué para la campesina un nuevo amor.
Al principio de su vida ciudadana, Talín pasó las tardes afinando sus conocimientos en el bordado y la costura. Con excepcionales disposiciones y la aplicación de sus quince años reflexivos, pronto estuvo dispuesta para merecer un jornal. Entonces comenzó a salir muy poco de su casa. Iba los días de fiesta a la parroquia y en contadas ocasiones a las playas y los muelles, para acercarse todo lo posible al mar. Al cabo de muchas tentativas logró embarcarse una vez con otras compañeras del obrador. Fué al Astillero en un vaporcito muy empavesado y alegre, cruzando la bahía entre grandes buques, balandros gentiles y botes diminutos, alejándose hacia donde los montes forman a las aguas marinas una cuna, casi siempre serena. La breve navegación no pudo ser más apacible y segura, y la gozó Talín como rara maravilla, con embeleso profundo: correr sobre las olas a la par del viento y las nubes le pareció el placer por excelencia, el disfrute que merecía todos los riesgos y todas las audacias.