Pero al volver al muelle, poseída de la nueva embriaguez, halló a su madre esperándola, tan angustiada y triste, que prometió no embarcarse ya nunca más sin su permiso.

Y no era fácil obtenerle. Clotilde y Ambrosio, pero ella siempre con más vehemencia en los sentimientos, recelaban del mar; le temían como a un monstruo desconocido y le miraban con admiración llena de supersticiones: sus mudanzas, sus acentos, su vida potente y misteriosa, cuanto para la niña significaba atractivo y seducción en la movible llanura, venía a ser para los padres señal de amenazas y de espanto.

Talín no volvió a embarcarse. Era ya incapaz de faltar a su palabra, se iba haciendo una mujercita dulce y seria, y guardaba con recato en su corazón el fermento de sus inquietudes. Por otra parte, el destino le ponía una cadena en los pies: la muerte le perdonaba a cambio de la libertad. Sentíase la muchacha cautiva entre los bastones que con vigilancia implacable se erguían al lado suyo. Empezaba a presumir de bonita y de mujer, y le dolía cada vez más la humillación de verse compadecida a cada instante, burlada en muchas ocasiones. Lástima o crueldad, siempre un acento amargo se levantaba al repique brusco de las muletas: nunca Talín iba por la calle tranquila y alegre como las demás criaturas. Se hizo un poco huraña: no quería salir, y su madre le traía y le llevaba la labor; dejó de tener amigas y acabó por estar sola de la mañana a la noche, lo mismo que en Cintul. Aunque a esta ventana remota no llegaban saludos ni visitas como a las de la aldea, tenía la joven a su lado un gran amigo, un deleite, una pasión: el mar. Se pasaba la vida frente a él, pendiente de su ritmo y de sus cóleras, de su hermosura y de su voz.

Admirándole al compás de la aguja, cumplió diez y siete años Talín. Era una moza de belleza enfermiza, muy inteligente, muy sensible, de carácter reconcentrado y ávida imaginación: hablaba poco, soñaba mucho, y sabía como nadie sonreir.

Llegó a hacer tales primores con los encajes y las vainicas en las holandas y el nansouk, que trabajando por cuenta propia se emancipó del taller, y ya muchas señoras trepaban al empinado albergue de la artista en busca de la gracia de sus manos, buenas aliadas del amor...


VI
EL AMOR

Llaman a la puerta con un golpecito discreto, y la bordadora, sin levantar los ojos de su labor, dice: