—Adelante.

Entra una joven de porte distinguido, sonriente, destocada. La inválida se quiere levantar y la desconocida la detiene con amable solicitud.

—No se apure, por Dios.—Luego explica:—Vivo en el principal y he subido para encargarle unas labores.

—Muchas gracias.

—Me han dicho que hace usted preciosidades.

—No tanto...

Se sienta la señorita en la silla que la ofrecen, mira a la obrera con mucha curiosidad y pasea luego la mirada por toda la habitación, una salita minúscula, resplandeciente de pulcritud, aderezada con cierto interesante cariz; hay en la mesa del centro un canastillo con blondas y otro con flores; en las paredes fotografías de paisajes; en una papelera libros y dibujos; sobre la ventana un arambel bordado en tul y una jaula con un malvís.

La dueña de aquel nido se considera rica, tiene algunos ahorros y dos solos caprichos, que no la empeñan: leer y mirar al mar. Ha hecho del trabajo un arte que adereza y pule con orgullo y devoción, y esconde el fracaso de su juventud entre cosas bellas y pensamientos limpios, con celosa dignidad, sin que nadie le haya enseñado a padecer ni a sentir. El valor con que sofrena las ansiedades y cubre las amarguras, pone un exquisito gusto en su sonrisa, y en sus ojos azules un claro brillo de corindón oriental. Tiene descolorida la tez, grande y fresca la boca, copioso el cabello rubio, ancha la frente, delicadas las manos, fino el talle. Viste de percal azul: las muletas a los lados le hacen guardia de honor.

—¿Cómo se llama usted?—pregunta de repente la señorita del principal.