Talín, para servirla.

¡Talín!... ¡Qué nombre tan raro y tan bonito!—responde, sin ocultar el asombro por cuanto ve y escucha.

—Es el nombre de un pájaro, allá arriba, donde yo nací.

—¿Es usted montañesa?—vuelve a preguntar la curiosa.

—¡Ya lo creo!—dice, con cierto empaque, la niña de Cintul.

Y la vecina, deseando corresponder a tantas averiguaciones, cuenta de corrido muy alegre:

—Pues yo me llamo Julia; soy madrileña. Mi padre tiene un destino aquí hace pocos meses, y nos hemos instalado en un piso de esta casa. Unas amigas me hablaron de usted, de su habilidad y buen gusto, y como estoy haciendo el equipo, ¿sabe?, pues dije: Voy a subir para que me enseñe modelos y ver si no me cobra muy caro...

—¡Ah! ¿Se casa usted?—interrumpió la bordadora con nostalgia.

—Sí; con un chico también madrileño, bastante buena proporción, guapo él, de una gran familia, abogado...