La charla de Julia, gozosa y ligera por demás, quedóse truncada de súbito por un alto rumor; era como si un inmenso abejorro hendiese la dulce brisa de aquella mañana suave.
—¡Un aeroplano!—dijeron las dos muchachas a la vez. Y se asomaron a mirar al cielo sobre cuyo diáfano tapiz se dibujaba el aparato milagroso como un ave colosal.
—Yo tengo un hermano aviador—murmuró Julia con repentina tristeza.
—¿Y está en Santander?
—No: pero llegará un día de estos; viene de París. Allí le han dado el título de piloto y ha hecho ya muchas pruebas arriesgadas. Es muy valiente, muy sereno... ¡más buen mozo!... Y buenísimo además. ¡Lástima de hombre!
—¿Por qué?
—Porque se romperá la crisma sin tardar mucho... Mis padres no le dejaban de ningún modo seguir esa profesión, pero, ¡tuvo un empeño tan firme!... ¡Ya se conoce que es aragonés!
-¿Sí?
—Nació en Zaragoza, estando allí empleado papá.