—¿Y cómo se llama?
—Rafael: es tipo muy interesante.
—Se parecerá a su hermana—dice Talín, seducida y halagadora.
Julia sonríe con gratitud y responde:
—Nada de eso: él es fuerte, robusto, muy grandón, y yo, ya ve usted qué menudita y frágil.
Se yergue, sin duda para desmentir un poco su modesto parecer, y en el vano de la ventana, henchido de luz, queda el perfil de una mujercita pelinegra, insinuante, graciosa.
—No me parezco nada a mi hermano—asegura la joven. Y añade:—Le voy a subir a usted algún retrato suyo.
Luego, cambiando de sitio y de expresión, con suma volubilidad, trata de sus encargos, revuelve los encajes y los patrones, ajusta precios, regatea y consigue cuanto se le antoja. Talín ha sido conquistada por la señorita del principal...
Pocos días después el equipo de Julia ha traspuesto las escaleras, confiado, con plenos poderes, a la inválida; pero la novia no cesa de subir y bajar con recaditos y consultas, muestras y cintas. Ya sabe de memoria la vida y milagros de Talín, los motivos de su dolencia, sus gustos y costumbres.