Número [2-18].
Carta remitiendo la protesta al emperador y rey.
«Hermano y señor: V. M. sabrá ya con sentimiento el suceso de Aranjuez y sus resultas, y no dejará de ver sin algún tanto de interés a un rey que forzado a abdicar la corona, se echa en los brazos de un gran monarca su aliado, poniéndose en todo y por todo a su disposición, pues que él es el único que puede hacer su dicha, la de toda su familia, y la de sus fieles y amados vasallos... Heme visto obligado a abdicar; pero seguro en el día y lleno de confianza en la magnanimidad y genio del grande hombre que siempre se ha manifestado mi amigo, he tomado la resolución de dejar a su arbitrio lo que se sirviese hacer de nosotros, mi suerte, la de la reina... Dirijo a V. M. I. una protesta contra el acontecimiento de Aranjuez, y contra mi abdicación. Me pongo y confio enteramente en el corazón y amistad de V. M. I. Con esto ruego a Dios que os mantenga en su santa y digna guarda. — Hermano y Señor: de V. M. I. su afectísimo hermano y amigo. — Carlos.»
Idem.
Reiteración de la protesta, dirigida al Señor infante Don Antonio.
«Muy amado hermano: el 19 del mes pasado he confiado a mi hijo un decreto de abdicación... En el mismo día extendí una protesta solemne contra el decreto dado en medio del tumulto, y forzado por las críticas circunstancias... Hoy, que la quietud está restablecida, que mi protesta ha llegado a las manos de mi augusto amigo y fiel aliado el emperador de los franceses y rey de Italia, que es notorio que mi hijo no ha podido lograr le reconozca bajo este título... declaro solemnemente que el acto de abdicación que firmé el día 19 del pasado mes de marzo es nulo en todas sus partes; y por eso quiero que hagáis conocer a todos mis pueblos que su buen rey, amante de sus vasallos, quiere consagrar lo que le queda de vida en trabajar para hacerlos dichosos. Confirmo provisionalmente en sus empleos de la junta actual de gobierno los individuos que la componen, y todos los empleos civiles y militares que han sido nombrados desde el 19 del mes de marzo último. Pienso en salir luego al encuentro de mi augusto aliado, después de lo cual transmitiré mis últimas órdenes a la junta. San Lorenzo a 17 de abril de 1808. — Yo el rey. — A la junta superior de gobierno.»
Número [2-19].
«Ilustrísimo Señor: Al folio 33 del manifiesto del consejo se dice que se presentó un oidor del de Navarra disfrazado, que había logrado introducirse en la habitación del Señor Don Fernando VII, y traía instrucciones verbales de S. M., reducidas a estrechos encargos y deseos de que se siguiese el sistema de amistad y armonía con los franceses. Las consideraciones que debo a ese supremo tribunal por haber suprimido mi nombre, y lo más esencial de la comisión solo con el objeto de evitar que padeciese mi persona, sujeta al tiempo de la publicación a la dominación francesa, exigen mi gratitud y reconocimiento, y así pido a V. S. I. que se lo haga presente; pero ahora que aunque a costa de dificultades y contingencias me veo en este pueblo libre de todo temor, juzgo preciso que sepa el público mi misión en toda su extensión.
Hallábame yo en Bayona con otros ministros de los tribunales de Navarra cuando llegó el rey a aquella ciudad: no tardó muchas horas el emperador de los franceses en correr el velo que ocultaba su misteriosa conducta; hizo saber a cara descubierta a S. M. el escandaloso e inesperado proyecto de arrancarle violentamente de sus sienes la corona de España; y persuadido sin duda de que a su más pronto logro convenía estrechar al rey por todos medios, uno de los que primero puso en ejecución fue la interceptación de correos. Diariamente se expedían extraordinarios; pero la garantía del derecho de las gentes no era un sagrado que los asegurase contra las tropelías de un gobierno acostumbrado a no escrupulizar en la elección de los medios para realizar sus depravados fines: en estas circunstancias creyó S. M. preciso añadir nuevos y desconocidos conductos de comunicación con la junta suprema presidida por el infante Don Antonio, y me honró con la confianza de que fuese yo el que pasando a esta capital, la informase verbalmente de los sucesos ocurridos en aquellos tres primeros aciagos días. Salí a su virtud de Bayona sobre las seis de la tarde del 23, y llegué a esta villa por caminos y sendas extraviadas, no sin graves peligros y trabajos, al anochecer del 29 de abril: inmediatamente me dirigí a la junta y anunciándola la real orden, dije: «que el emperador de los franceses quería exigir imperiosamente del rey Don Fernando VII que renunciase por sí, y en nombre de la familia toda de los Borbones, el trono de España y todos sus dominios en favor del mismo emperador y de su dinastía, prometiéndole en recompensa el reino de Etruria, y que la comitiva que había acompañado a S. M. hiciese igual renuncia en representación del pueblo español: que desentendiéndose S. M. I. y R. de la evidencia con que se demostró que ni el rey ni la comitiva podían ni debían en justicia acceder a tal renuncia, y despreciando las amargas quejas que se le dieron por haber sido conducido S. M. a Bayona con el engaño y perfidia que carecen de ejemplo, tanto más execrables, cuanto que iban encubiertos con el sagrado título de amistad y utilidad recíproca, afianzadas en palabras las más decisivas y terminantes, insistía en ella sin otras razones que dos pretextos indignos de pronunciarse por un soberano que no haya perdido todo respeto a la moral de los gabinetes, y aquella buena fe que forma el vínculo de las naciones; reducidos el primero a que su política no le permitía otra cosa, pues que su persona no estaba segura mientras que alguno de los Borbones enemigos de su casa reinase en una nación poderosa; y el segundo a que no era tan estúpido que despreciase la ocasión tan favorable que se le presentaba de tener un ejército formidable dentro de España, ocupadas sus plazas y puntos principales, nada que temer por la parte del norte, y en su poder las personas del rey y del señor infante Don Carlos: ventajas todas bien difíciles para que se las ofreciesen los tiempos venideros. Que con la idea de procurar dilaciones, y sacar de ellas el mejor partido posible, se había pasado una nota dirigida a que se autorizase un sujeto que explicase sus intenciones por escrito; pero que cuando el emperador se obstinase en no retroceder, estaba S. M. resuelto a perder primero la vida que acceder a tan inicua renuncia: que con esta seguridad y firme inteligencia procediese la junta en sus deliberaciones. Y concluí añadiendo, que habiendo preguntado yo voluntariamente al señor Don Pedro Cevallos al despedirme de S. E. si prevendría algo a la junta sobre la conducta que debiera observar con los franceses, me respondió que aunque la comisión no comprendía este punto, podía decir que estaba acordado por regla general, que por entonces no se hiciese novedad, porque era de temer de lo contrario que resultasen funestas consecuencias contra el rey, el señor infante y cuantos españoles se hallaban acompañando a S. M., y el reino se arriesgaba, descubriendo ideas hostiles antes que estuviese preparado para sacudir el yugo de la opresión.» V. S. I. sabe que con esas mismas o semejantes expresiones lo expuse todo, no solo en la noche del 29, sí también en la inmediata del 30 de abril, en que quiso S. A. el señor infante Don Antonio que asistiese yo a la sesión que se celebró en ella, compuesta a más de los señores individuos de la junta suprema, de todos los presidentes de los tribunales, y de dos ministros de cada uno, con el doble objeto de que todos se informasen de mi comisión, y yo de las novedades de aquel día y demás de que se tratase, a fin de que diese cuenta de todo a S. M. en Bayona, adonde regresé la tarde del 6 de mayo con continuos riesgos y sobresaltos que se aumentaron a mi salida; y pues es a mi parecer muy debido que no se ignore este rasgo heroico del carácter firme de nuestro amado soberano, y yo tampoco debo prescindir de que conste del modo más auténtico el exacto cumplimiento y desempeño de mi comisión en todas sus partes, ruego a V. I. y al consejo, que no hallando inconveniente mande insertar este papel en la gaceta y diario de esta corte. Dios guarde a V. S. I. muchos años. Madrid 27 de setiembre de 1808. — Justo María Ibarnavarro. — Ilustrísimo señor Don Antonio Arias Mon y Velarde.