7 de febrero:
orden para que
la escuadra
de Cartagena
vaya a Toulon.
Tampoco echó Napoleón en olvido la marina, pidiendo con ahínco que se reuniesen con sus escuadras las españolas. En consecuencia diose el 7 de febrero la orden a Don Cayetano Valdés, que en Cartagena mandaba una fuerza de seis navíos, de hacerse a la vela dirigiendo su rumbo a Toulon. Afortunadamente vientos contrarios, y, según se cree, el patriótico celo del comandante, impidieron el cumplimiento de la orden, tomando la escuadra puerto en las Baleares.
Hechos de tal magnitud no causaron en las provincias lejanas de España impresión profunda. Ignorábanse en general, o se atribuían a amaños de Godoy: lo dificultoso y escaso de las comunicaciones, la servidumbre de la imprenta, y la extremada reserva del gobierno no daban lugar a que la opinión se ilustrase, ni a que se formase juicio acertado de los acaecimientos. En días como aquellos recoge el poder absoluto con creces los frutos de su imprevisión y desafueros. También los pueblos, si no son envueltos en su ruina, al menos participan bastantemente de sus desgracias; como si la Providencia quisiera castigarlos de su indolencia y culpable sufrimiento.
Desasosiego
de la corte
de Madrid.
Por lo demás la corte estaba muy inquieta, y se asegura que el príncipe de la Paz fue de los que primero se convencieron de la mala fe de Napoleón, y de sus depravados intentos: disfrazábalos sin embargo este, ofreciendo a veces en su conducta una alternativa hija quizá de su misma vacilación e incertidumbre: Conducta
ambigua
de Napoleón. pues al paso que proyectaba y ponía en práctica hacerse dueño de todo Portugal y de las plazas de la frontera, sin miramiento a tratados ni alianzas, no solo regalaba a Carlos IV en los primeros días de febrero, en prueba de su íntima amistad, quince caballos de coche, sino que asimismo le escribía amargas quejas Sobresalto
del príncipe
de la Paz. por no haber reiterado la petición de una esposa imperial para el príncipe de Asturias: y si bien no era unión esta apetecible para Godoy, por lo menos no indicaba Bonaparte con semejante demostración querer derribar del trono la estirpe de los Borbones. Dudas y zozobras asaltaban de tropel la mente del valido, Llegada a Madrid
de Izquierdo. cuando la repentina llegada por el mes de febrero de su confidente Don Eugenio Izquierdo acabó de perturbar su ánimo. En la numerosa corte que le tributaba continuado y lisonjero incienso, prorrumpía en expresiones propias de hombre desatentado y descompuesto. Hablaba de su grandeza, de su poderío; usaba de palabras poco recatadas, y parecía presentir la espantosa desgracia que como en sombra ya le perseguía. Interpretábase de mil maneras la apresurada venida de Izquierdo, y nada por entonces pudo traslucirse, sino que era de tal importancia, y anunciadora de tan malas nuevas, que los reyes y el privado despavoridos preparábanse a tomar alguna impensada y extraordinaria resolución.
Por una nota que después en 24 de marzo escribió Izquierdo,[*] (* Ap. n. [1-11].) y por lo que hemos oído a personas con él conexionadas, podemos fundadamente inferir que su misión ostensible se dirigía a ofrecer de un modo informal ciertas ideas al examen del gobierno español, y a hacer sobre ellas varias preguntas; pero que el verdadero objeto de Napoleón fue infundir tal miedo en la corte de Madrid, que la provocase a imitar a la de Portugal en su partida, resolución que le desembarazaba del engorroso obstáculo de la familia real, y le abría fácil entrada para apoderarse sin resistencia del vacante y desamparado trono español. Las ideas y preguntas arriba indicadas fueron sugeridas por Napoleón y escritas por Izquierdo. Reducíanse con corta variación a las que él mismo extendió en la nota antes mencionada de 24 de marzo, y que recibida después del levantamiento de Aranjuez, cayó en manos de los adversarios de Godoy. Eran pues las proposiciones en ella contenidas: 1.ª Comercio libre para españoles y franceses en sus respectivas colonias. 2.ª Trocar las provincias del Ebro allá con Portugal, cuyo reino se daría en indemnización a España. 3.ª Un nuevo tratado de alianza ofensiva y defensiva. 4.ª Arreglar la sucesión al trono de España: y 5.ª Convenir en el casamiento del príncipe de Asturias con una princesa imperial: el último artículo no debía formar parte del tratado principal. Es inútil detenerse en el examen de estas proposiciones que hubieran ofrecido materia a reflexiones importantes, si hubieran sido objeto de algún tratado o seria discusión. Admira no obstante la confianza o más bien el descaro con que se presentaron sin hacerse referencia al tratado de Fontainebleau, para cuya entera anulación no había España dado ni ocasión ni pretexto. Sale Izquierdo
el 10 de marzo
para París. La misión de Izquierdo produjo el deseado efecto; y aunque el 10 de marzo salió para París con nuevas instrucciones y carta de Carlos IV, habíanse ya perdido las esperanzas de evitar el terrible golpe que amenazaba.
Tropas francesas
que continuaron
entrando
en España.
El gobierno francés no había interrumpido el envío sucesivo de tropas y oficiales, y en el mes de marzo se formó un nuevo cuerpo llamado de observación de los Pirineos occidentales que ascendía a 19.000 hombres, sin contar con 6000 de la guardia imperial, en cuyo número se distinguían mamelucos, polacos y todo género y variedad de uniformes propios a excitar la viva imaginación de los españoles. Se encomendó esta fuerza al mando de Bessières, duque de Istria: parte de los cuerpos se acabaron de organizar dentro de la península, y era continuado su movimiento y ejercicio.
Había ya en el corazón de España, aun no incluyendo los de Portugal, 100.000 franceses, sin que a las claras se supiese su verdadero y determinado objeto, y cuya entrada, según dejamos dicho, había sido contraria a todo lo que solemnemente se había estipulado entre ambas naciones. Faltaban a los diversos cuerpos en que estaba distribuido el ejército francés un general en jefe, Murat nombrado
general en jefe
del ejército francés
en España. y recayó la elección en Murat, gran duque de Berg, con título de lugarteniente del emperador, de quien era cuñado. Llegó a Bayona en los primeros días de marzo, solo y sin acompañamiento; pero le habían precedido y le seguían oficiales sueltos de todas graduaciones, quienes debían encargarse de organizar y disciplinar los nuevos alistados que continuamente se remitían a España. Llegó Murat a Burgos el 13 de marzo, y en aquel día dio una proclama a sus soldados «para que tratasen a los españoles, nación por tantos títulos estimable, como tratarían a los franceses mismos; queriendo solamente el emperador el bien y felicidad de España.»
Piensa la corte
de Madrid
en partir
para Andalucía.