Por el mismo tiempo se había reunido en los Pirineos orientales una división de tropas italianas y francesas, compuesta de 11.000 hombres de infantería y 1700 de caballería: Entra Duhesme
en Cataluña. en 4 de febrero tomó en Perpiñán el mando el general Duhesme, quien en sus memorias cuenta solo disponibles 7000 soldados: a sus órdenes estaban el general italiano Lecchi y el francés Chabran. A pocos días penetraron por la Junquera dirigiéndose a Barcelona con intento, decían, de proseguir su viaje a Valencia. Antes de avistar los muros de la capital de Cataluña recibió Duhesme una intimación del capitán general conde de Ezpeleta, sucesor por aquellos días del de Santa Clara para suspender su marcha hasta tanto que consultase a la corte. Completamente ignoraba esta el envío de tropas por el lado oriental de España, ni el embajador francés había siquiera informado de la novedad, tanto más importante cuanto Portugal no podía servir de capa a la reciente expedición. Duhesme lejos de arredrarse con el requerimiento de Ezpeleta, contestó de palabra con arrogancia que a todo evento llevaría a cabo las órdenes del emperador, y que sobre el capitán general de Cataluña recaería la responsabilidad de cualquiera desavenencia. Celebró un consejo el conde de Ezpeleta, y en él se acordó permitir la entrada en Barcelona a las tropas francesas. Llega
a Barcelona. Así lo realizaron el 13 de aquel mes quedando no obstante en poder de la guarnición española Monjuich y la ciudadela. Pidió Duhesme que en prueba de buena armonía se dejase a sus tropas alternar con las nacionales en la guardia de todas las puertas. Falto de instrucciones y temeroso de la enemistad francesa accedió Ezpeleta con harta si bien disculpable debilidad a la imperiosa demanda, colocando Duhesme en la puerta principal de la misma ciudadela una compañía de granaderos, en cuyo puesto había solamente 20 soldados españoles. Pesaroso el capitán general de haber llevado tan allá su condescendencia, rogó al francés que retirase aquel piquete; pero muy otras eran las intenciones del último, no contentándose ya con nada menos que con la total ocupación. Andaba también Duhesme más receloso a causa de la llegada a Barcelona del oficial de artillería Don Joaquín Osma, a quien suponía enviado con especial encargo de que se velase a la conservación de la plaza, probable conjetura en efecto si en Madrid hubiera habido sombra de buen gobierno; mas era tan al contrario, que Osma había sido comisionado para facilitar a los aliados cuanto apeteciesen, y para recomendar la buena armonía y mejor trato. Solo se le insinuó en instrucción verbal que procurase de paso indagar en las conversaciones con los oficiales cuál fuese el verdadero objeto de la expedición, como si para ello hubiera habido necesidad de correr hasta Barcelona, y de despachar expresamente un oficial de explorador.

28 de febrero:
sorpresa
de la ciudadela
de Barcelona.

Trató en fin Duhesme de apoderarse por sorpresa de la ciudadela y de Monjuich el 28 de febrero: fue estimulado con el recibo aquel mismo día de una carta escrita en París por el ministro de la Guerra, en la que le suponía dueño de los fuertes de Barcelona; tácito modo de ordenar lo que a las claras hubiera sido inicuo y vergonzoso. Para adormecer la vigilancia de los españoles esparcieron los franceses por la ciudad que se les había enviado la orden de continuar su camino a Cádiz, mentirosa voz que se hacía más verosímil con la llegada del correo recibido. Dijeron también que antes de la partida debían revistar las tropas, y con aquel pretexto las juntaron en la explanada de la ciudadela, apostando en el camino que de allí va a la Aduana un batallón de vélites italianos, y colocando la demás fuerza de modo que llamase hacia otra parte la atención de los curiosos. Hecha la reseña de algunos cuerpos se dirigió el general Lecchi, con grande acompañamiento de estado mayor, del lado de la puerta principal de la ciudadela, y aparentando comunicar órdenes al oficial de guardia se detuvo en el puente levadizo para dar lugar a que los vélites, cuya derecha se había apoyado en la misma estacada, avanzasen cubiertos por el revellín que defiende la entrada: ganaron de este modo el puente embarazado con los caballos, después de haber arrollado al primer centinela, cuya voz fue apagada por el ruido de los tambores franceses que en las bóvedas resonaban. Entonces penetró Lecchi dentro del recinto principal con su numerosa comitiva, le siguió el batallón de vélites y la compañía de granaderos, que ya de antemano montaba la guardia en la puerta principal, reprimió a los 20 españoles, obligados a ceder al número y a la sorpresa: cuatro batallones franceses acudieron después a sostener al que primero había entrado a hurtadillas, y acabaron de hacerse dueños de la ciudadela. Dos batallones de guardias españolas y valonas la guarnecían; pero llenos de confianza oficiales y soldados habían ido a la ciudad a sus diversas ocupaciones, y cuando quisieron volver a sus puestos encontraron resistencia en los franceses, quienes al fin se lo permitieron después de haber tomado escrupulosas precauciones. Los españoles pasaron luego la noche y casi todo el siguiente día formados enfrente de sus nuevos y molestos huéspedes; e inquietos estos con aquella hostil demostración, lograron que se diese orden a los nuestros de acuartelarse fuera, y evacuar la plaza. Santilly, comandante español, así que vio tan desleal proceder, se presentó a Lecchi como prisionero de guerra, quien osando recordarle la amistad y alianza de ambas naciones, al mismo tiempo que arteramente quebrantaba todos los vínculos, le recibió con esmerado agasajo.

Sorpresa
de Monjuich:
28 de febrero.

Entretanto y a la hora en que parte de la guarnición había bajado a la ciudad, otro cuerpo francés se avanzaba hacia Monjuich. La situación elevada y descubierta de este fuerte impidió a los extranjeros tocar sin ser vistos el pie de los muros. Al aproximarse se alzó el puente levadizo, y en balde intimó el comandante francés Floresti que se le abriesen las puertas: allí mandaba Don Mariano Álvarez. Desconcertado Duhesme en su doloso intento recurrió a Ezpeleta, y poniendo por delante las órdenes del emperador le amenazó tomar por fuerza lo que de grado no se le rindiese. Atemorizado el capitán general ordenó la entrega: dudó Álvarez un instante; mas la severidad de la disciplina militar, y el sosiego que todavía reinaba por todas partes, le forzaron a obedecer al mandato de su jefe. Sin embargo habiéndose conmovido algún tanto Barcelona con la alevosa ocupación de la ciudadela, se aguardó a muy entrada la noche para que sin riesgo pudiesen los franceses entrar en el recinto de Monjuich.

Irritados a lo sumo con semejantes y repetidas perfidias los generosos pechos de los militares españoles, se tomaron exquisitas providencias para evitar un compromiso, y dejando en Barcelona a los guardias españolas y valonas con la artillería, se mandó salir a Villafranca al regimiento de Extremadura.

Al paso por Figueras había Duhesme dispuesto que se detuviese allí alguna de su gente, alegando especiosos pretextos. Durante más de un mes permanecieron dichos soldados tranquilos, hasta que ocupados todos los fuertes de Barcelona trataron de apoderarse de la ciudadela de San Fernando con la misma ruin estratagema empleada en las otras plazas. 18 de marzo:
ocupación
de San Fernando
de Figueras. Estando los españoles en vela acudieron a tiempo a la sorpresa y la impidieron; mas el gobernador anciano y tímido dio permiso dos días después al mayor Piat para que encerrase dentro 200 conscriptos, bajo cuyo nombre metió el francés soldados escogidos, los cuales con otros que a su sombra entraron se enseñorearon de la plaza el 18 de marzo, despidiendo muy luego el corto número de españoles que la guarnecían.

5 de marzo:
entrega
de S. Sebastián.

Pocos días antes había caído en manos de los falsos amigos la plaza de San Sebastián: era su gobernador el brigadier español Daiguillon, y comandante del fuerte de Santa Cruz el capitán Douton. Advertido aquel por el cónsul de Bayona de que Murat, gran duque de Berg, le había indicado en una conversación cuán conveniente sería para la seguridad de su ejército la ocupación de San Sebastián, dio parte de la noticia al duque de Mahón, comandante general de Guipúzcoa, recién llegado de Madrid. Inmediatamente consultó este al príncipe de la Paz, y antes de que hubiera habido tiempo para recibir contestación, el general Monthion, jefe de estado mayor de Murat, escribió a Daiguillon participándole cómo el gran duque de Berg había resuelto que los depósitos de infantería y caballería de los cuerpos que habían entrado en la península se trasladasen de Bayona a San Sebastián,[*] (* Ap. n. [1-10].) y que fuesen alojados dentro, debiendo salir para aquel destino del 4 al 5 de marzo. Apenas había el gobernador abierto esta carta cuando recibió otra del mismo jefe avisándole que los depósitos, cuya fuerza ascendería a 350 hombres de infantería y 70 de caballería, saldrían antes de lo que había anunciado. Comunicados ambos oficios al duque de Mahón, de acuerdo con el gobernador y con el comandante del fuerte, respondió el mismo duque rogando al de Berg que suspendiese su resolución hasta que le llegase la contestación de la corte, y ofreciendo entretanto alojar con toda comodidad fuera de la plaza y del alcance del cañón los depósitos de que se trataba. Ofendido el príncipe francés de la inesperada negativa escribió por sí mismo en 4 de marzo una carta altiva y amenazadora al duque de Mahón, quien no desdiciendo entonces de la conducta propia de un descendiente de Crillon, replicó dignamente y reiteró su primera respuesta. Grande sin embargo era su congoja y arriesgada su posición, cuando la flaca condescendencia del príncipe de la Paz, y la necesidad en que había estrechado a este su culpable ambición, sacaron a todos los jefes de San Sebastián de su terrible y crítico apuro. Al margen del oficio que en consulta se le había escrito puso el generalísimo Godoy de su mismo puño, fecha 3 de marzo «que ceda el gobernador la plaza, pues no tiene medio de defenderla; pero que lo haga de un modo amistoso según lo han practicado los de las otras plazas, sin que para ello hubiese ni tantas razones ni motivos de excusa como en San Sebastián.» De resultas ocupó con los depósitos la plaza y el puerto el general Thouvenot.

He aquí el modo insidioso con que en medio de la paz y de una estrecha alianza se privó a España de sus plazas más importantes: perfidia atroz, deshonrosa artería en guerreros envejecidos en la gloriosa profesión de las armas, ajena e indigna de una nación grande y belicosa. Cuando leemos en la juiciosa historia de Coloma el ingenioso ardid con que Fernando Tello Portocarrero sorprendió a Amiens, notamos en la atrevida empresa agudeza en concebirla, bizarría en ejecutarla y loable moderación al alcanzar el triunfo. La toma de aquella plaza, llave entonces de la frontera de Francia del lado de la Picardía, y cuya sorpresa, según nos dice Sully, oprimió de dolor a Enrique IV, era legítima: guerra encarnizada andaba entre ambas naciones, y era lícito al valor y a la astucia buscar laureles que no se habían de mancillar con el quebrantamiento de la buena fe y de la lealtad. El bastardo proceder de los generales franceses no solo era escandaloso por el tiempo y por el modo, sino que también era tanto menos disculpable cuanto era menos necesario. Dueño el gobierno francés de la débil voluntad del de Madrid le hubiera bastado una mera insinuación, sin acudir a la amenaza, para conseguir del obsequioso y sumiso aliado la entrega de todas las plazas, como lo ordenó con la de San Sebastián.