Llena empero de admiración que en la importantísima empresa de la península anduviese su prevenido ánimo tan vacilante y dudoso. Una sola idea parece que hasta entonces se había grabado en su mente; la de mandar sin embarazo ni estorbos en aquel vasto país, confiando a su feliz estrella o a las circunstancias el conseguir su propósito y acertar con los medios. Así a ciegas y con más frecuencia de lo que se piensa suele revolverse y trocarse la suerte de las naciones.
De todos modos era necesario contar con poderosas fuerzas para el fácil logro de cualquiera plan que a lo último adoptase. Con este objeto se formaba en Bayona el segundo cuerpo de observación de la Gironda, en tanto que el primero atravesaba por España. Constaba de 24.000 hombres de infantería, nuevamente organizada con soldados de la conscripción de 1808 pedida con anticipación, y de 3500 caballos sacados de los depósitos de lo interior de Francia, con los que se formaron regimientos provisionales de coraceros y cazadores. Mandaba en jefe el general Dupont, y las tres divisiones en que se distribuía aquel cuerpo de ejército estaban a cargo de los generales Barbou, Vedel y Malher, y al del piamontés Fresia la caballería. Empezó a entrar en España sin convenio anterior ni conformidad del gabinete de Francia con el nuestro, con arreglo a lo prevenido en la convención secreta de Fontainebleau: infracción precursora de otras muchas. 22 de diciembre:
Dupont en Irún. Dupont llegó a Irún el 22 de diciembre, y en enero estableció su cuartel general en Valladolid, con partidas destacadas camino de Salamanca, como si hubiera de dirigirse hacia los linderos de Portugal. La conducta del nuevo ejército fue más indiscreta y arrogante que la del primero, y daba indicio de lo que se disponía. Estimulaba con su ejemplo el mismo general en jefe, cuyo comportamiento tocaba a veces en la raya del desenfreno. En Valladolid echó por fuerza de su habitación a los marqueses de Ordoño en cuya casa alojaba, y al fin se vieron obligados a dejársela toda entera a su libre disposición: tal era la dureza y malos tratos, mayormente sensibles por provenir de quien se decía aliado, y por ser en un país en donde era transcurrido un siglo con la dicha de no haber visto ejército enemigo, con cuyo nombre en adelante deberá calificarse al que los franceses habían metido en España.
No se habían pasado los primeros días de enero sin que pisase su territorio otro tercer cuerpo compuesto de 25.000 hombres de infantería y 2700 caballos, que había sido formado de soldados bisoños, trasladados en posta a Burdeos de los depósitos del norte. 9 de enero:
Entrada
del cuerpo
de Moncey. Principió a entrar por la frontera el 9 del mismo enero, siendo capitaneado por el mariscal Moncey, y con el nombre de cuerpo de observación de las costas del océano: era el general Harispe jefe de estado mayor; mandaba la caballería Grouchy, y las respectivas divisiones Musnier de la Converserie, Morlot y Gobert. Prosiguió su marcha hasta los lindes de Castilla, como si no hubiera hecho otra cosa que continuar por provincias de Francia, prescindiendo de la anuencia del gobierno español, y quebrantando de nuevo y descaradamente los conciertos y empeños con él contraídos.
Inquietaba a la corte de Madrid la conducta extraña e inexplicable de su aliado, y cada día se acrecentaba su sobresalto con los desaires que en París recibían Izquierdo y el embajador príncipe de Maserano. Napoleón dejaba ver más a las claras su premeditada resolución, y a veces despreciando altamente al príncipe de la Paz, censuraba con acrimonia los procedimientos de su administración. Desatendía de todo punto sus reclamaciones, y respondiendo con desdén al manifestado deseo de que se mudase al embajador Beauharnais a causa de su oficiosa diligencia en el asunto del proyectado casamiento, Publicaciones
del Monitor: 24
de enero de 1808. dio por último en el Monitor de 24 de enero un auténtico y público testimonio del olvido en que había echado el tratado de Fontainebleau y al mismo tiempo dejó traslucir las tramas que contra España urdía. Se insertaron pues en el diario de oficio dos exposiciones del ministro Champagny, una atrasada del 21 de octubre, y otra más reciente del 2 de enero de aquel año. La primera se publicó, digámoslo así, para servir de introducción a la segunda, en la que después de considerar al Brasil como colonia inglesa, y de congratularse el ministro de que por lo menos se viese Portugal libre del yugo y fatal influjo de los enemigos del Continente, concluía con que intentando estos dirigir expediciones secretas hacia los mares de Cádiz, la península entera fijaría la atención de S. M. I. Acompañó a las exposiciones un informe no menos notable del ministro de la guerra Clarke con fecha de 6 de enero, en el que se trataba de demostrar la necesidad de exigir la conscripción de 1809 para formar el cuerpo de observación del océano, sobre el que nada se había hablado ni comunicado anteriormente al gobierno español: inútil es recordar que el sumiso senado de Francia concedió pocos días después el pedido alistamiento. Puestas de manifiesto cada vez más las torcidas intenciones del gabinete de Saint-Cloud, llegamos ya al estrecho en que todo disfraz y disimulo se echó a un lado, y en que cesó todo género de miramientos.
1.º de febrero
de 1808:
proclama
de Junot.
En 1.º de febrero hizo Junot saber al público por medio de una proclama «que la casa de Braganza había cesado de reinar, y que el emperador Napoleón habiendo tomado bajo su protección el hermoso país de Portugal, quería que fuese administrado y gobernado en su totalidad a nombre suyo y por el general en jefe de su ejército.» Así se desvanecieron los sueños de soberanía del deslumbrado Godoy, y se frustraron a la casa de Parma las esperanzas de una justa y debida indemnización. Forma
nueva regencia
de que se nombra
presidente. Junot se apoderó del mando supremo a nombre de su soberano, extinguió la regencia elegida por el príncipe Don Juan antes de su embarco, reemplazándola con un consejo de regencia de que él mismo era presidente. Y para colmar de amargura a los portugueses y aumentar, si era posible, su descontento, publicó en el mismo día un decreto de Napoleón, dado en Milán a 23 de diciembre, Gravosa
contribución
extraordinaria. por el que se imponía a Portugal una contribución extraordinaria de guerra de cien millones de francos, como redención, decía, de todas las propiedades pertenecientes a particulares; se secuestraban también todos los bienes y heredamientos de la familia real, y de los hidalgos que habían seguido su suerte. Con estas arbitrarias disposiciones trataba a Portugal, que no había hecho insulto ni resistencia alguna, como país conquistado, y le trataba con dureza digna de la edad media. Gravar extraordinariamente con cien millones de francos a un reino de la extensión y riqueza de Portugal, al paso que con la adopción del sistema continental se le privaba de sus principales recursos, era lo mismo que decretar su completa ruina y aniquilamiento. No ascendía probablemente a tanto la moneda que era necesaria para los cambios y diaria circulación, y hubiera sido materialmente imposible realizar su pago si Junot convencido de las insuperables dificultades que se ofrecían para su pronta e inmediata exacción, no hubiera fijado plazos, y acordado ciertas e indispensables limitaciones. De ofensa más bien que de suave consuelo pudiera graduarse el haber trazado al margen de destructoras medidas un cuadro lisonjero de la futura felicidad de Portugal, con la no menos halagüeña esperanza de que nuevos Camoens nacerían para ilustrar el parnaso lusitano. A poder reanimarse las muertas cenizas del cantor de Gama, solo hubieran tomado vida para alentar a sus compatriotas contra el opresor extranjero, y para excitarlos vigorosamente a que no empañasen con su sumisión las inmortales glorias adquiridas por sus antepasados hasta en las regiones más apartadas del mundo.
Todavía no había llegado el oportuno momento de que el noble orgullo de aquella nación abiertamente se declarase; pero queriendo con el silencio expresar de un modo significativo los sentimientos que abrigaba en su generoso pecho, tres fueron los solos habitantes de Lisboa que iluminaron sus casas en celebridad de la mudanza acaecida.
Envía a Francia
una división
portuguesa.
Los temores que a Junot infundía la injusticia de sus procedimientos, le dictaron acelerar la salida de las pocas y antiguas tropas portuguesas que aún existían, y formando de ellas una corta división de apenas 10.000 hombres, dio el mando al marqués de Alorna, y no se había pasado un mes cuando tomaron el camino de Valladolid. Gran número desertó antes de llegar a su destino.
Clara ya y del todo descubierta la política de Napoleón respecto de Portugal, disponían en tanto los fingidos aliados de España dar al mundo una señalada prueba de alevosía. Por las estrechuras de Roncesvalles se encaminó hacia Pamplona el general D’Armagnac con tres batallones, y presentándose repentinamente delante de aquella plaza, se le permitió sin obstáculo alojar dentro sus tropas: no contento el francés con esta demostración de amistad y confianza, solicitó del virrey marqués de Vallesantoro meter en la ciudadela dos batallones de suizos, socolor de tener recelos de su fidelidad. Negose a ello el virrey alegando que no le era lícito acceder a tan grave propuesta sin autoridad de la corte: adecuada contestación y digna del debido elogio, si la vigilancia hubiera correspondido a lo que requería la crítica situación de la plaza. Pero tal era el descuido, tal el incomprensible abandono, que hasta dentro de la misma ciudadela iban todos los días los soldados franceses a buscar sus raciones, sin que se tomasen ni las comunes precauciones de tiempo de paz. No así desprevenido el general D’Armagnac se había de antemano hospedado en casa del marqués de Besolla, porque situado aquel edificio al remate de la explanada y en frente de la puerta principal de la ciudadela, podía desde allí con más facilidad acechar el oportuno momento para la ejecución de su alevoso designio. Viendo frustrado su primer intento con la repulsa del virrey, ideó el francés recurrir a un vergonzoso ardid. 16 de febrero:
toma
de la ciudadela
de Pamplona. Uno a uno y con estudiada disimulación mandó que en la noche del 15 al 16 de febrero pasasen con armas a su posada cierto número de granaderos, al paso que en la mañana siguiente soldados escogidos, guiados bajo disfraz por el jefe de batallón Robert, acudieron a la ciudadela a tomar los víveres de costumbre. Nevaba, y bajo pretexto de aguardar a su jefe empezaron los últimos a divertirse tirándose unos a otros pellas de nieve: distrajeron con el entretenimiento la atención de los soldados españoles, y corriendo y jugando de aquella manera se pusieron algunos sobre el puente levadizo para impedir que le alzasen. A poco y a una señal convenida se abalanzaron los restantes al cuerpo de guardia, desarmaron a los descuidados centinelas, y apoderándose de los fusiles del resto de la tropa colocados en el armero, franquearon la entrada a los granaderos ocultos en casa de D’Armagnac, a los que de cerca siguieron todos los demás. La traición se ejecutó con tanta celeridad que apenas había recibido la primera noticia el desavisado virrey, cuando ya los franceses se habían del todo posesionado de la ciudadela. D’Armagnac le escribió entonces, a manera de satisfacción, un oficio en que al paso que se disculpaba con la necesidad, lisonjeábase de que en nada se alteraría la buena armonía propia de dos fieles aliados: género de mofa con que hacía resaltar su fementida conducta.