Al fin el 29 dio la vela, y tan oportunamente que a las diez de aquella misma noche llegaron los franceses a Sacavém, distante dos leguas de Lisboa. Junot desde su llegada a Abrantes había dado nueva forma a la vanguardia de su desarreglado ejército, y había tratado de superar los obstáculos que con las grandes avenidas retardaban echar un puente para pasar el Cécere. Antes que los ingenieros hubieran podido concluir la emprendida obra, ordenó que en barcas cruzasen el río parte de las fuerzas de su mando, y con diligencia apresuró su marcha. Ahora ofrecía el país más recursos, pero a pesar de la fertilidad de los campos, de los muchos víveres que proporcionó Santarén, y de la mejor disciplina, el número de soldados rezagados era tan considerable, que las deliciosas quintas de las orillas del Tajo, y las solitarias granjas fueron entregadas al saco, y pilladas como lo había sido el país que media entre Abrantes y la frontera española.
30 de noviembre:
entrada de Junot
en Lisboa.
Amaneció el 30 y vio Lisboa entrar por sus muros al invasor extranjero; día de luto y desoladora aflicción: otros años lo había sido de festejos públicos y general regocijo, como víspera del día en que Pinto Ribeiro y sus parciales, arrojando a los españoles, habían aclamado y ensalzado a la casa de Braganza; época sin duda gloriosa para Portugal, sumamente desgraciada para la unión y prosperidad del conjunto de los pueblos peninsulares. Seguía a Junot una tropa flaca y estropeada, molida con las forzadas marchas, sin artillería, y muy desprovista: muestra poco ventajosa de las temidas huestes de Napoleón. Hasta la misma naturaleza pareció tomar parte en suceso tan importante, habiendo aunque ligeramente temblado la tierra. Junot arrebatado por su imaginación, y aprovechándose de este incidente, en tono gentílico y supersticioso daba cuenta de su expedición escribiendo al ministro Clarke: «Los dioses se declaran en nuestro favor: lo vaticina el terremoto que atestiguando su omnipotencia no nos ha causado daño alguno.» Con más razón hubiera podido contemplar aquel fenómeno graduándole de présago anuncio de los males que amenazaban a los autores de la agresión injusta de un estado independiente.
Conservó Junot por entonces la regencia que antes de embarcarse había nombrado el príncipe, pero agregando a ella al francés Hermann. Sin contar mucho con la autoridad nacional resolvió por sí imponer al comercio de Lisboa un empréstito forzoso de dos millones de cruzados, y confiscar todas las mercancías británicas, aun aquellas que eran consideradas como de propiedad portuguesa. El cardenal patriarca de Lisboa, el inquisidor general y otros prelados publicaron y circularon pastorales en favor de la sumisión y obediencia al nuevo gobierno; reprensibles exhortos, aunque hayan sido dados por impulso e insinuaciones de Junot. El pueblo, agitado, dio señales de mucho descontento cuando el 13 vio que en el arsenal se enarbolaba la bandera extranjera en lugar de la portuguesa. Apuró su sufrimiento la pomposa y magnífica revista que hubo dos días después en la plaza del Rossio: allí dio el general en jefe gracias a las tropas en nombre del emperador, y al mismo tiempo se tremoló en el castillo con veinticinco cañonazos repetidos por todos los fuertes la bandera francesa. Universal murmullo respondió a estas demostraciones del extranjero, y hubiérase seguido una terrible explosión, si un hombre audaz hubiera osado acaudillar a la multitud conmovida. La presencia de la fuerza armada contuvo el sentimiento de indignación que aparecía en los semblantes del numeroso concurso; solo en la tarde con motivo de haber preso a un soldado de la policía portuguesa, se alborotó el populacho, quiso sacarle de entre las manos de los franceses, y hubo de una y otra parte muertes y desgracias. El tumulto no se sosegó del todo hasta el día siguiente por la mañana, en que se ocuparon las plazas y puntos importantes con artillería y suficientes tropas.
Al comenzar diciembre, no completa todavía su división, Don Francisco María Solano, marqués del Socorro, Entrada
de los españoles
en Portugal. se apoderó sin oposición de Elvas, después de haber consultado su comandante al gobierno de Lisboa. Antes de entrar en Portugal había recomendado a sus tropas por medio de una proclama la más severa disciplina; conservose en efecto, aunque obligado Socorro a poner en ejecución las órdenes arbitrarias de Junot, causaba a veces mucho disgusto en los habitantes, manifestando sin embargo en todo lo que era compatible con sus instrucciones, desinterés y loable integridad. Al mismo tiempo creyéndose dueño tranquilo del país, empezó a querer transformar a Setúbal en otra Salento, ideando reformas en que generalmente más bien mostraba buen deseo, que profundos conocimientos de administración y de hombre de estado. Sus experiencias no fueron de larga duración.
Por Tomar y Coimbra se dirigieron a Oporto algunos cuerpos de la división de Carrafa, los que sirvieron para completar la del general Don Francisco Taranco, quien por aquellos primeros días de diciembre cruzó el Miño con solos 6000 hombres, en lugar de los 10.000 que era el contingente pedido: modelo de prudencia y cordura, mereció Taranco el agradecimiento y los elogios de los habitantes de aquella provincia. El portugués Accursio das Neves alaba en su historia la severa disciplina del ejército, la moderación y prudencia del general Taranco, y añade: «el nombre de este general será pronunciado con eterno agradecimiento por los naturales, testigos de su dulzura e integridad; tan sincero en sus promesas como Junot pérfido y falaz en las suyas.» Agrada oír el testimonio honroso que por boca imparcial ha sido dado a un jefe bizarro, amante de la justicia y de la disciplina militar, al tiempo que muy diversas escenas se representaban lastimosamente en Lisboa.
16 de noviembre:
viaje de Napoleón
a Italia.
Así iban las cosas de Portugal, entretanto que Bonaparte después de haberse detenido unos días por las ocurrencias del Escorial, salió al fin para Italia el 16 de noviembre. Era uno de los objetos de su viaje poner en ejecución el artículo del tratado de Fontainebleau, por el que la Etruria o Toscana era agregada al imperio de Francia. Gobernaba aquel reino como regenta desde la muerte de su esposo la infanta Doña María Luisa, quien ignoraba el traspaso hecho sin su anuencia de los estados de su hijo. Y no habiendo precedido aviso alguno ni confidencial de sus mismos padres los reyes de España, la Regenta se halló sorprendida el 23 de noviembre con haberla comunicado el ministro francés D’Aubusson que era necesario se preparase a dejar sus dominios, estando para ocuparlos las tropas de su amo el emperador, en virtud de cesión que le había hecho España. Reina de Etruria. Aturdida la reina con la singularidad e importancia de tal nueva, apenas daba crédito a lo que veía y oía, y por de pronto se resistió al cumplimiento de la desusada intimación; pero insistiendo con más fuerza el ministro de Francia, y propasándose a amenazarla, se vio obligada la reina a someterse a su dura suerte; y con su familia salió de Florencia el 1.º de diciembre. Al paso por Milán tuvo vistas con Napoleón: alegrábase del feliz encuentro confiando hallar alivio a sus penas, mas en vez de consuelos solo recibió nuevos desengaños. Y como si no bastase para oprimirla de dolor el impensado despojo del reino de su hijo, acrecentó Napoleón los disgustos de la desvalida reina, achacando la culpa del estipulado cambio al gobierno de España. Es también de advertir que después de abultarle sobremanera lo acaecido en el Escorial, le aconsejó que suspendiese su viaje, y aguardase en Turín o Niza el fin de aquellas disensiones; indicio claro de que ya entonces no pensaba cumplir en nada lo que dos meses antes había pactado en Fontainebleau. Siguió sin embargo la familia de Parma, desposeída del trono de Etruria, su viaje a España, a donde iba a ser testigo y partícipe de nuevas desgracias y trastornos. Así en dos puntos opuestos, y al mismo tiempo, fueron despojadas de sus tronos dos esclarecidas estirpes: una quizá para siempre, otra para recobrarle con mayor brillo y gloria.
Carta
de Carlos IV
a Napoleón.
Aún estaba en Milán Napoleón cuando contestó a una carta de Carlos IV recibida poco antes, en la que le proponía este monarca enlazar a su hijo Fernando con una princesa de la familia imperial. Asustado como hemos dicho el príncipe de la Paz con ver complicado el nombre francés en la causa del Escorial, pareciole oportuno mover al rey a dar un paso que suavizara la temida indignación del emperador de los franceses. Incierto este en aquel tiempo sobre el modo de enseñorearse de España, no desechó la propuesta, antes bien la aceptó afirmando en su contestación no haber nunca recibido carta alguna del príncipe de Asturias; disimulo en la ocasión lícito y aun atento. Dudas
de Napoleón
sobre su conducta
respecto
de España. Debió sin duda inclinarse entonces Bonaparte al indicado casamiento, habiéndosele formalmente propuesto en Mantua a su hermano Luciano, a quien también ofreció allí el trono de Portugal, olvidándose o más bien burlándose de lo que poco antes había solemnemente pactado, como varias veces nos lo ha dado ya a entender con su conducta. Luciano o por desvío, o por no confiar en las palabras de Napoleón, no admitió el ofrecido cetro, mas no desdeñó el enlace de su hija con el heredero de la corona de España, enlace que a pesar de la repugnancia de la futura esposa, hubiera tenido cumplido efecto si el emperador francés no hubiera alterado o mudado su primitivo plan.