Favorecido por la deplorable situación del gobierno español, fue el francés adelante en su propósito, y confiado en ella aceleró más bien que detuvo la marcha de Junot hacia Portugal. Marcha de Junot
hacia Portugal. Dejamos a aquel general en Salamanca, adonde había llegado en los primeros días de noviembre, recibiendo de allí a poco orden ejecutiva de Napoleón para que no difiriese la continuación de su empresa bajo pretexto alguno ni aun por falta de mantenimientos, pudiendo 20.000 hombres, según decía, vivir por todas partes aun en el desierto. Estimulado Junot con tan premioso mandato, determinó tomar el camino más breve sin reparar en los tropiezos ni obstáculos de un terreno para él del todo desconocido. Salió el 12 de Salamanca, y tomando la vuelta de Ciudad Rodrigo y el puerto de Perales, llegó a Alcántara al cabo de cinco días. Reunido allí con algunas fuerzas españolas a las órdenes del general Don Juan Carrafa, atravesaron los franceses el Erjas, río fronterizo, Entrada
en Portugal:
19 de noviembre
de 1807. y llegaron a Castello-Branco sin habérseles opuesto resistencia. Prosiguieron su marcha por aquel fragoso país, y encontrándose con terreno tan quebrado y de caminos poco trillados, quedaron bien pronto atrás la artillería y los bagajes. Los pueblos del tránsito pobres y desprevenidos no ofrecieron ni recursos ni abrigo a las tropas invasoras, las que acosadas por la necesidad y el hambre cometieron todo linaje de excesos contra moradores desacostumbrados de largo tiempo a las calamidades de la guerra. Desgraciadamente los españoles que iban en su compañía imitaron el mal ejemplo de sus aliados, muy diverso del que les dieron las tropas que penetraron por Badajoz y Galicia, si bien es verdad que asistieron a estas menos motivos de desorden e indisciplina.

Llegada
a Abrantes:
23 de noviembre.

La vanguardia llegó el 23 a Abrantes distante 25 leguas de Lisboa. Hasta entonces no había recibido el gobierno portugués aviso cierto de que los franceses hubieran pasado la frontera: inexplicable descuido, pero propio de la dejadez y abandono con que eran gobernados los pueblos de la península. Antes de esto y verificada la salida de los embajadores, había el gabinete de Lisboa buscado algún medio de acomodamiento, condescendiendo más y más con los deseos que aquellos habían mostrado a nombre de sus cortes: era el encontrarle tanto más difícil, cuanto el mismo ministerio portugués estaba entre sí poco acorde. Dos opiniones políticas le dividían; una de ellas la de contraer amistad y alianza con Francia como medida la más propia para salvar la actual dinastía y aun la independencia nacional; y otra la de estrechar los antiguos vínculos con la Inglaterra, pudiendo así levantar de los mares allá un nuevo Portugal, si el de Europa tenía que someterse a la irresistible fuerza del emperador francés. Seguía la primera opinión el ministro Araujo, y contaba la segunda como principal cabeza al consejero de estado Don Rodrigo de Sousa Coutiño. Se inclinaba muy a las claras a la última el príncipe regente, si a ello no se oponía el bien de sus súbditos y el interés de su familia. Después de larga incertidumbre se convino al fin en adoptar ciertas medidas contemporizadoras, como si con ellas se hubiera podido satisfacer a quien solamente deseaba simulados motivos de usurpación y conquista. Para ponerlas en ejecución sin gran menoscabo de los intereses británicos, se dejó que tranquilamente diese la vela el 18 de octubre la factoría inglesa, la cual llevó a su bordo respetables familias extranjeras con cuantiosos caudales.

Proclama del
príncipe regente
de Portugal:
22 de noviembre.

A pocos días, el 22 del mismo mes, se publicó una proclama prohibiendo todo comercio y relación con la Gran Bretaña, y declarando que S. M. F. accedía a la causa general del Continente. Cuando se creía satisfacer algún tanto con esta manifestación al gabinete de Francia, llegó a Lisboa apresuradamente el embajador portugués en París, y dio aviso de cómo había encontrado en España el ejército imperial, dirigiéndose a precipitadas marchas hacia la embocadura del Tajo. Azorados con la nueva los ministros portugueses, vieron que nada podía ya bastar a conjurar la espantosa y amenazadora nube, sino la admisión pura y sencilla de lo que España y Francia habían pedido en agosto. Se mandaron pues secuestrar todas las mercancías inglesas, y se pusieron bajo la vigilancia pública los súbditos de aquella nación residentes en Portugal. La orden se ejecutó lentamente y sin gran rigor, mas obligó al embajador inglés Lord Strangford a irse a bordo de la escuadra que cruzaba a la entrada del puerto a las órdenes de Sir Sidney Smith. Muy duro fue al príncipe regente tener que tomar aquellas medidas: virtuoso y timorato las creía contrarias a la debida protección, dispensada por anteriores tratados a laboriosos y tranquilos extranjeros: la cruel necesidad pudo solo forzarle a desviarse de sus ajustados y severos principios. Aumentáronse los recelos y las zozobras con la repentina arribada a las riberas del Tajo de una escuadra rusa, la cual de vuelta del Archipiélago fondeó en Lisboa, no habiendo permitido los ingleses al almirante Siniavin que la mandaba, entrar a invernar en Cádiz: lo que fue obra del acaso, se atribuyó a plan premeditado, y a conciertos entre Napoleón y el gabinete de San Petersburgo.

Para dar mayor valor a lo acordado, el gobierno portugués despachó a París en calidad de embajador extraordinario al marqués de Marialva, con el objeto también de proponer el casamiento del príncipe de Beira con una hija del gran duque de Berg. Inútiles precauciones: los sucesos se precipitaron de manera que Marialva no llegó ni a pisar la tierra de Francia.

Instancia de Lord
Strangford para
que se embarque.

Noticioso Lord Strangford de la entrada en Abrantes del ejército francés, volvió a desembarcar, y reiterando al príncipe regente los ofrecimientos más amistosos de parte de su antiguo aliado, le aconsejó que sin tardanza se retirase al Brasil, en cuyos vastos dominios adquiriría nuevo lustre la esclarecida casa de Braganza. Don Rodrigo de Sousa Coutiño apoyó el prudente dictamen del embajador, y el 26 de noviembre se anunció al pueblo de Lisboa la resolución que la corte había tomado de trasladar su residencia a Río de Janeiro hasta la conclusión de la paz general. Sir Sidney Smith, célebre por su resistencia en San Juan de Acre, quería poner a Lisboa en estado de defensa; pero este arranque digno del elevado pecho de un marino intrépido, si bien hubiera podido retardar la marcha de Junot, y aun destruir su fatigado ejército, al fin hubiera inútilmente causado la ruina de Lisboa, atendiendo a la profunda tranquilidad que todavía reinaba en derredor por todas partes.

El príncipe Don Juan nombró antes de su partida un consejo de regencia compuesto de cinco personas, a cuyo frente estaba el marqués de Abrantes, con encargo de no dar al ejército francés ocasión de queja, ni fundado motivo de que se alterase la buena armonía entre ambas naciones. Se dispuso el embarco para el 27, y S. A. el príncipe regente traspasado de dolor salió del palacio de Ajuda conmovido, trémulo y bañado en lágrimas su demudado rostro: el pueblo colmándole de bendiciones le acompañaba en su justa y profunda aflicción. La princesa su esposa, quien en los preparativos del viaje mostró aquel carácter y varonil energía que en otras ocasiones menos plausibles ha mostrado en lo sucesivo, iba en un coche con sus tiernos hijos, y dio órdenes para pasarlos a bordo, y tomar otras convenientes disposiciones con presencia de ánimo admirable. Al cabo de 16 años de retiro y demencia apareció en público la reina madre, y en medio del insensible desvarío de su locura quiso algunos instantes como volver a recobrar la razón perdida. Molesto y lamentable espectáculo con que quedaron rendidos a profunda tristeza los fieles moradores de Lisboa: dudosos del porvenir olvidaban en parte la suerte que les aguardaba, dirigiendo al cielo fervorosas plegarias por la salud y feliz viaje de la real familia. La inquietud y el desasosiego creció de punto al ver que por vientos contrarios la escuadra no salía del puerto.

29 de noviembre:
da la vela
la familia real
portuguesa.