No fue así en la causa de Don Carlos de Viana: aquel príncipe de edad de cuarenta años, sabio y entendido, amigo de Ausias March, con derecho inconcuso al reino de Navarra, creyó que no se excedía en dar por sí los primeros pasos para buscar la unión con una infanta de Castilla. Bastó tan ligero motivo para que el fiero Don Juan su padre le hiciese en su segunda prisión un cargo gravísimo por su inconsiderada conducta. Probó Don Carlos haber antes declarado que no se casaría sin preceder la aprobación de su padre: ni aun entonces se amansó la orgullosa altivez de Don Juan, que miraba la independencia y derechos de la corona atropellados y ultrajados por los tratos de su hijo.

Ahora en la sometida y acobardada corte del Escorial, al oír que el nombre de Napoleón andaba mezclado en las declaraciones del príncipe, todos se estremecieron y anhelaron poner término a tamaño compromiso: imaginándose que Fernando había obrado de acuerdo con el soberano de Francia, y que había osado con su arrimo meterse en la arriesgada empresa. El poder inmenso de Napoleón, y las tropas que habiendo empezado a entrar en España amenazaban de cerca a los que se opusiesen a sus intentos, arredraron al generalísimo Godoy, y resolvió cortar el comenzado proceso. Más y más debió confirmarle en su propósito un pliego que desde París [*] (* Ap. n. [1-9].) en 11 de noviembre le escribió Izquierdo. En él insertaba este una conferencia que había tenido con Champagny, en la cual el ministro francés exigió de orden del emperador que por ningún motivo ni razón, y bajo ningún pretexto se hablase ni se publicase en este negocio cosa que tuviese alusión al emperador ni a su embajador. Vacilante todavía el ánimo de Napoleón sobre el modo de ejecutar sus planes respecto de España, no quería aparecer a vista de Europa partícipe en los acontecimientos del Escorial.

Antes de recibir el aviso de Izquierdo, le fue bastante al príncipe de la Paz saber las nuevas declaraciones del real preso para pasar al sitio desde Madrid, en donde como amalado había permanecido durante el tiempo de la prisión. Hacía resolución con su viaje de cortar una causa, cuyo giro presentaba un nuevo y desagradable semblante: vio a los reyes, se concertó con ellos, y ofreció arreglar asunto tan espinoso. Yendo pues al cuarto del príncipe se le presentó como mediador, y le propuso que aplacase la cólera de sus augustos padres, pidiéndoles con arrepentimiento contrito el más sumiso perdón: para alcanzarle indicó como oportuno medio el que escribiese dos cartas cuyos borradores llevaba consigo. Fernando copió las cartas. Sus desgracias y el profundo odio que había contra Godoy no dejaron lugar a penosas reflexiones, y aun la disculpa halló cabida en ánimos exclusivamente irritados contra el gobierno y manejos del favorito. Ambas cartas se publicaron con el decreto de 5 de noviembre, y por lo curioso e importante de aquellos documentos merecen que íntegramente aquí se inserten. «La voz de la naturaleza [decía el decreto al consejo] desarma el brazo de la venganza, y cuando la inadvertencia reclama la piedad, no puede negarse a ello un padre amoroso. Mi hijo ha declarado ya los autores del plan horrible que le habían hecho concebir unos malvados: todo lo ha manifestado en forma de derecho, y todo consta con la escrupulosidad que exige la ley en tales pruebas: su arrepentimiento y asombro le han dictado las representaciones que me ha dirigido y siguen:

SEÑOR:

«Papá mío: he delinquido, he faltado a V. M. como rey y como padre; pero me arrepiento, y ofrezco a V. M. la obediencia más humilde. Nada debía hacer sin noticia de V. M.; pero fui sorprendido. He delatado a los culpables, y pido a V. M. me perdone por haberle mentido la otra noche, permitiendo besar sus reales pies a su reconocido hijo. — Fernando. — San Lorenzo 5 de noviembre de 1807.»

SEÑORA:

«Mamá mía: estoy muy arrepentido del grandísimo delito que he cometido contra mis padres y reyes, y así con la mayor humildad le pido a V. M. se digne interceder con papá para que permita ir a besar sus reales pies a su reconocido hijo. — Fernando. — San Lorenzo 5 de noviembre de 1807.»

»En vista de ellos y a ruego de la reina, mi amada esposa, perdono a mi hijo, y le volveré a mi gracia cuando con su conducta me dé pruebas de una verdadera reforma en su frágil manejo; y mando que los mismos jueces que han entendido en la causa desde su principio, la sigan, permitiéndoles asociados si los necesitaren, y que concluida me consulten la sentencia ajustada a la ley, según fuesen la gravedad de delitos y calidad de personas en quienes recaigan; teniendo por principio para la formación de cargos las respuestas dadas por el príncipe a las demandas que se le han hecho; pues todas están rubricadas y firmadas de mi puño, así como los papeles aprehendidos en sus mesas, escritos por su mano; y esta providencia se comunique a mis consejos y tribunales, circulándola a mis pueblos, para que reconozcan en ella mi piedad y justicia, y alivien la aflicción y cuidado en que les puso mi primer decreto; pues en él verán el riesgo de su soberano y padre que como a hijos los ama, y así me corresponden. Tendreislo entendido para su cumplimiento. — San Lorenzo 5 de noviembre de 1807.»

Presentar a Fernando ante la Europa entera como príncipe débil y culpado; desacreditarle en la opinión nacional, y perderle en el ánimo de sus parciales; poner a salvo al embajador francés, y separar de todos los incidentes de la causa a su gobierno, fue el principal intento que llevó Godoy y su partido en la singular reconciliación de padre e hijo. Alcanzó hasta cierto punto su objeto; mas el público aunque no enterado a fondo echaba a mala parte la solícita mediación del privado, y el odio hacia su persona en vez de mitigarse tomó nuevo incremento.

Para la prosecución de la causa contra los demás procesados nombró el rey en el día 6 una junta compuesta de Don Arias Mon, Don Sebastián de Torres y Don Domingo Campomanes, del consejo real, y señaló como secretario a Don Benito Arias Prada, alcalde de corte. El marqués Caballero, que en un principio se mostró riguroso, y tanto que habiendo manifestado delante de los reyes ser el príncipe por siete capítulos reo de pena capital, obligó a la ofendida reina a suplicarle que se acordase que el acusado era su hijo; el mismo Caballero arregló el modo de seguir la causa, y descartar de ella todo lo que pudiera comprometer al príncipe y embajador francés; rasgo propio de su ruin condición. Formada la sumaria fue elegido para fiscal de la causa Don Simón de Viegas, y se agregaron a los referidos jueces para dar la sentencia otros ocho consejeros. El fiscal Viegas pidió que se impusiese la pena de traidores señalada por la ley de partida a Don Juan Escóiquiz y al duque del Infantado, y otras extraordinarias por infidelidad en el ejercicio de sus empleos al conde de Orgaz, marqués de Ayerbe, y otras personas de la servidumbre del príncipe de Asturias. Continuó el proceso hasta enero de 1808, en cuyo día 25 los jueces no conformándose con la acusación fiscal, absolvieron completamente y declararon libres de todo cargo a los perseguidos como reos. Sin embargo el rey por sí y gubernativamente confinó y envió a conventos, fortalezas o destierros a Escóiquiz y a los duques del Infantado y de San Carlos y a otros varios de los complicados en la causa: triste privilegio de toda potestad suprema que no halla en las leyes justo límite a sus desafueros.

Tal fue el término del ruidoso y escandaloso proceso del Escorial. Con dificultad se resguardarán de la severa censura de la posteridad los que en él tomaron parte, los que le promovieron, los que le fallaron; en una palabra, los acusados, los acusadores y los mismos jueces. Vemos a un rey precipitarse a acusar en público a su hijo del horrendo crimen de querer destronarle sin pruebas, y antes de que un detenido juicio hubiese sellado con su fallo tamaña acusación. Y para colmo de baldón en medio de tanta flaqueza y aceleramiento se nos presenta como ángel de paz y mediador para la concordia el malhadado favorito, principal origen de todos los males y desavenencias: consejero y autor del decreto de 30 de octubre comprometió con suma ligereza la alta dignidad del rey: promovedor de la concordia y del perdón pedido y alcanzado, quiso desconceptuar al hijo sin dar realce ni brillo a los sentimientos generosos de un apiadado padre. Fue también desusado, y podemos decir ilegal el modo de proceder en la causa. Según la sentencia que con una relación preliminar se publicó al subir Fernando al trono, no se hizo mérito en su formación ni de algunas de las declaraciones espontáneas del príncipe, ni de su carta a Napoleón, ni de las conferencias con el embajador francés; a lo menos así se infiere del definitivo fallo dado por el tribunal. Difícil sería acertar con el motivo de tan extraño silencio, si no nos lo hubieran ya explicado los temores que entonces infundía el nombre de Napoleón. Mas si la política descubre la causa del extraordinario modo de proceder, no por eso queda intacta y pura la austera imparcialidad de los magistrados: un proceso después de comenzado no puede amoldarse al antojo de un tribunal, ni descartarse a su arbitrio los documentos o pruebas más importantes. Entre los jueces había respetables varones cuya integridad había permanecido sin mancilla en el largo espacio de una honrosa carrera, si bien hasta entonces negocios de tal cuantía no se habían puesto en el crisol de su severa equidad. Fuese equivocación en su juicio, o fuese más bien por razón de estado, lo cierto es que en la prosecución y término de la causa se apartaron de las reglas de la justicia legal, y la ofrecieron al público manca y no cumplidamente formada ni llevada a cabo. Se contaban también en el número de jueces algunos amigos y favorecidos del privado, como lo era el fiscal Viegas. Al ver que se separaron en su voto de la opinión de este, aunque ya circunscrita a ciertas personas, hubo quien creyera que el nombre de Napoleón y los temores de la nube que se levantaba en el Pirineo, pesaron más en la flexible balanza de su justicia que los empeños de la antigua amistad. Es de temer que su conciencia perpleja con lo escabroso del asunto y lo arduo de las circunstancias no se haya visto bastantemente desembarazada, y cual convenía, de aquel sobresalto que ya antes se había apoderado del blando y asustadizo ánimo de los cortesanos.

Esta discordia en la familia real, esta división en los que gobernaban siempre perjudicial y dolorosa, lo era mucho más ahora en que una perfecta unión debiera haber estrechado a todos para desconcertar las siniestras miras del gabinete de Francia, y para imponerle con la íntima concordia el debido respeto. Ciegos unos y otros buscaron en él amistad y arrimo; y desconociendo el peligro común, le animaron con sus disensiones a la prosecución de falaces intentos: alucinamiento general a los partidos que no aspiran sino a cebar momentáneamente su saña, olvidándose de que a veces con la ruina de su contrario el mismo vencedor facilita y labra la suya propia.