Todavía no estaban concluidas las negociaciones con Izquierdo; todavía no se había cerrado tratado alguno, cuando Napoleón impaciente, lleno del encendido deseo de empezar su proyectada empresa, e informado de la partida de los embajadores, 18 de octubre:
cruza el Bidasoa
la primera
división francesa. dio orden a Junot para que entrase en España, y el 18 de octubre cruzó el Bidasoa la primera división francesa a las órdenes del general Delaborde, época memorable, principio del tropel de males y desgracias, de perfidias y heroicos hechos que sucesivamente nos va a desdoblar la historia. Pasada la primera división, la siguieron la segunda y la tercera mandadas por los generales Loison y Travot, con la caballería, cuyo jefe era el general Kellerman. En Irún tuvo orden de recibir y obsequiar a Junot Don Pedro Rodríguez de la Buria, encargo que ya había desempeñado en la otra guerra con Portugal. Las tropas francesas se encaminaron por Burgos y Valladolid hacia Salamanca, a cuya ciudad llegaron veinticinco días después de haber entrado en España. Por todas partes fueron festejadas y bien recibidas, y muy lejos estaban de imaginarse los solícitos moradores del tránsito la ingrata correspondencia con que iba a pagárseles tan esmerada y agasajadora hospitalidad.
Tocaron mientras tanto a su cumplido término las negociaciones que andaban en Francia, 27 de octubre,
tratado de
Fontainebleau.
(* Ap. n. [1-6].) y el 27 de octubre en Fontainebleau se firmó entre Don Eugenio Izquierdo y el general Duroc, gran mariscal de palacio del emperador francés, un tratado [*] compuesto de catorce artículos con una convención anexa comprensiva de otros siete. Por estos conciertos se trataba a Portugal del modo como antes otras potencias habían dispuesto de la Polonia, con la diferencia que entonces fueron iguales y poderosos los gobiernos que entre sí se acordaron, y en Fontainebleau tan desemejantes y desproporcionados, que al llegar al cumplimiento de lo pactado, repitiéndose la conocida fábula del león y sus partijas, dejose a España sin nada, y del todo quiso hacerse dueño su insaciable aliado. Se estipulaba por el tratado que la provincia de Entre-Duero-y-Miño se daría en toda propiedad y soberanía con título de Lusitania septentrional al rey de Etruria y sus descendientes, quien a su vez cedería en los mismos términos dicho reino de Etruria al emperador de los franceses; que los Algarbes y el Alentejo igualmente se entregarían en toda propiedad y soberanía al príncipe de la Paz, con la denominación de príncipe de los Algarbes, y que las provincias de Beira, Tras-os-Montes y Extremadura portuguesa quedarían como en secuestro hasta la paz general, en cuyo tiempo podrían ser cambiadas por Gibraltar, la Trinidad o alguna otra colonia de las conquistadas por los ingleses; que el emperador de los franceses saldría garante a S. M. C. de la posesión de sus estados de Europa al mediodía de los Pirineos, y le reconocería como emperador de ambas Américas a la conclusión de la paz general, o a más tardar dentro de tres años. La convención que acompañaba al tratado circunstanciaba el modo de llevar a efecto lo estipulado en el mismo: 25.000 hombres de infantería francesa y 3000 de caballería habían de entrar en España, y reuniéndose a ellos 8000 infantes españoles y 3000 caballos, marchar en derechura a Lisboa, a las órdenes ambos cuerpos del general francés, exceptuándose solamente el caso en que el rey de España o el príncipe de la Paz fuesen al sitio en que las tropas aliadas se encontrasen, pues entonces a estos se cedería el mando. Las provincias de Beira, Tras-os-Montes y Extremadura portuguesa debían ser administradas, y exigírseles las contribuciones en favor y utilidad de Francia. Y al mismo tiempo que una división de 10.000 hombres de tropas españolas tomase posesión de la provincia de Entre-Duero-y-Miño, con la ciudad de Oporto, otra de 6000 de la misma nación ocuparía el Alentejo y los Algarbes, y así aquella primera provincia como las últimas habían de quedar a cargo para su gobierno y administración de los generales españoles. Las tropas francesas, alimentadas por España durante el tránsito, debían cobrar sus pagas de Francia. Finalmente se convenía en que un cuerpo de 40.000 hombres se reuniese en Bayona el 20 de noviembre, el cual marcharía contra Portugal en caso de necesidad, y precedido el consentimiento de ambas potencias contratantes.
En la conclusión de este tratado Napoleón, al paso que buscaba el medio de apoderarse de Portugal, nuevamente separaba de España otra parte considerable de tropas, como antes había alejado las que fueron al norte, e introducía sin ruido y solapadamente las fuerzas necesarias a la ejecución de sus ulteriores y todavía ocultos planes, y lisonjeando la inmoderada ambición del privado español, le adormecía y le enredaba en sus lazos, temeroso de que desengañado a tiempo y volviendo de su deslumbrado encanto, quisiera acudir al remedio de la ruina que le amenazaba. Ansioso el príncipe de la Paz de evitar los vaivenes de la fortuna, aprobaba convenios que hasta cierto punto le guarecían de las persecuciones del gobierno español en cualquiera mudanza. Quizá veía también en la compendiosa soberanía de los Algarbes el primer escalón para subir a trono más elevado. Mucho se volvió a hablar en aquel tiempo del criminal proyecto que años atrás se aseguraba haber concebido María Luisa arrastrada de su ciega pasión, contando con el apoyo del favorito. Y no cabe duda que acerca de variar de dinastía se tanteó a varias personas, llegando a punto de buscar amigos y parciales sin disfraz ni rebozo. Entre los solicitados fue uno el coronel de Pavía Don Tomás de Jáuregui, a quien descaradamente tocó tan delicado asunto Don Diego Godoy: no faltaron otros que igualmente le promovieron. Mas los sucesos agolpándose de tropel, convirtieron en humo los ideados e impróvidos intentos de la ciega ambición.
Tal era el deseado remate a que habían llegado las negociaciones de Izquierdo, y tal había sido el principio de la entrada de las tropas francesas en la península, cuando un acontecimiento con señales de suma gravedad fijó en aquellos días la atención de toda España.
Causa
del Escorial
Vivía el príncipe de Asturias alejado de los negocios y solo, sin influjo ni poder alguno, pasaba tristemente los mejores años de su mocedad sujeto a la monótona y severa etiqueta de palacio. Aumentábase su recogimiento por los temores que infundía su persona a los que entonces dirigían la monarquía; se observaba su conducta, y hasta los más inocentes pasos eran atentamente acechados. Prorrumpía el príncipe en amargas quejas, y sus expresiones solían a veces ser algún tanto descompuestas. A ejemplo suyo los criados de su cuarto hablaban con más desenvoltura de lo que era conveniente, y repetidos, aun quizá alterados al pasar de boca en boca, aquellos dichos y conversaciones avivaron más y más el odio de sus irreconciliables enemigos. No bastaba sin embargo tan ligero proceder para empezar una información judicial; solamente dio ocasión a nuevo cuidado y vigilancia. Redoblados uno y otra, al fin se notó que el príncipe secretamente recibía cartas, que muy ocupado en escribir velaba por las noches, y que en su semblante daba indicio de meditar algún importante asunto. Era suficiente cualquiera de aquellas sospechas para despertar el interesado celo de los asalariados que le rodeaban, y una dama de la servidumbre de la reina le dio aviso de la misteriosa y extraña vida que traía su hijo. No tardó el rey en estar advertido, y estimulado por su esposa dispuso que se recogiesen todos los papeles del desprevenido Fernando. Así se ejecutó, y al día siguiente 29 de octubre, a las seis y media de la noche, convocados en el cuarto de S. M. los ministros del despacho y Don Arias Mon, gobernador interino del consejo, compareció el príncipe, se le sometió a un interrogatorio, y se le exigieron explicaciones sobre el contenido de los papeles aprehendidos. En seguida su augusto padre, acompañado de los mismos ministros y gobernador con grande aparato y al frente de su guardia, le llevó a su habitación, en donde después de haberle pedido la espada, le mandó que quedase preso, puestas centinelas para su custodia: su servidumbre fue igualmente arrestada.
Al ver la solemnidad y aun semejanza del acto, hubiera podido imaginarse el atónito espectador que en las lúgubres y suntuosas bóvedas del Escorial iba a renovarse la deplorable y trágica escena que en el alcázar de Madrid había dado al orbe el sombrío Felipe II; pero otros eran los tiempos, otros los actores y muy otra la situación de España.
Se componían los papeles hasta entonces aprehendidos al príncipe [*] (* Ap. n. [1-7].) de un cuadernillo escrito de su puño de algo más de doce hojas, de otro de cinco y media, de una carta de letra disfrazada y sin firma fecha en Talavera a 18 de marzo, y reconocida después por de Escóiquiz, de cifra y clave para la correspondencia entre ambos, y de medio pliego de números, cifras y nombres que en otro tiempo habían servido para la comunicación secreta de la difunta princesa de Asturias con la reina de Nápoles su madre. Era el cuadernillo de las doce hojas una exposición al rey, en la que después de trazar con colores vivos la vida y principales hechos del príncipe de la Paz, se le acusaba de graves delitos, sospechándole del horrendo intento de querer subir al trono y de acabar con el rey y toda la real familia. También hablaba Fernando de sus persecuciones personales, mencionando entre otras cosas el haberle alejado del lado del rey, sin permitirle ir con él a caza, ni asistir al despacho. Se proponían como medios de evitar el cumplimiento de los criminales proyectos del favorito, dar al príncipe heredero facultad para arreglarlo todo, a fin de prender al acusado y confinarle en un castillo. Igualmente se pedía el embargo de parte de sus bienes, la prisión de sus criados, de Doña Josefa Tudó y otros, según se dispusiese en decretos que el mismo príncipe presentaría a la aprobación de su padre. Indicábase como medida previa, y para que el rey Carlos examinase la justicia de las quejas, una batida en el Pardo o Casa de Campo, en que acudiese el príncipe, y en donde se oirían los informes de las personas que nombrase S. M., con tal que no estuviesen presentes la reina ni Godoy: asimismo se suplicaba que llegado el momento de la prisión del valido, no se separase el padre del lado de su hijo, para que los primeros ímpetus del sentimiento de la reina no alterasen la determinación de S. M.; concluyendo con rogarle encarecidamente que en caso de no acceder a su petición, le guardase secreto, pudiendo su vida si se descubriese el paso que había dado, correr inminente riesgo. El papel de cinco hojas y la carta eran como la anterior obra de Escóiquiz; se insistía en los mismos negocios, y tratando de oponerse al enlace antes propuesto con la hermana de la princesa de la Paz, se insinuaba el modo de llevar a cabo el deseado casamiento con una parienta del emperador de los franceses. Se usaban nombres fingidos, y suponiéndose ser consejos de un fraile, no era extraño que mezclando lo sagrado con lo profano se recomendase ante todo como así se hacía, implorar la divina asistencia de la Virgen. En aquellas instrucciones también se trataba de que el príncipe se dirigiese a su madre interesándola como reina y como mujer, cuyo amor propio se hallaba ofendido con los ingratos desvíos de su predilecto favorito. En el concebir de tan desvariada intriga ya despunta aquella sencilla credulidad y ambicioso desasosiego, de que nos dará desgraciadamente en el curso de esta historia sobradas pruebas el canónigo Escóiquiz. En efecto admira como pensó que un príncipe mozo e inexperto había de tener más cabida en el pecho de su augusto padre que una esposa y un valido, dueños absolutos por hábito y afición del perezoso ánimo de tan débil monarca. Mas de los papeles cogidos al príncipe, si bien se advertía al examinarlos grande anhelo por alcanzar el mando y por intervenir en los negocios del gobierno, no resultaba proyecto alguno formal de destronar al rey, ni menos el atroz crimen de un hijo que intenta quitar la vida a su padre. A pesar de eso fueron causa de que se publicase el famoso decreto de 30 de octubre, que como importante lo insertaremos a la letra. Decía pues: «Dios que vela sobre las criaturas no permite la ejecución de hechos atroces cuando las víctimas son inocentes. Así me ha librado su omnipotencia de la más inaudita catástrofe. Mi pueblo, mis vasallos todos conocen muy bien mi cristiandad y mis costumbres arregladas; todos me aman y de todos recibo pruebas de veneración, cual exige el respeto de un padre amante de sus hijos. Vivía yo persuadido de esta verdad, cuando una mano desconocida me enseña y descubre el más enorme y el más inaudito plan que se trazaba en mi mismo palacio contra mi persona. La vida mía que tantas veces ha estado en riesgo, era ya una carga para mi sucesor que preocupado, obcecado y enajenado de todos los principios de cristiandad que le enseñó mi paternal cuidado y amor, había admitido un plan para destronarme. Entonces yo quise indagar por mí la verdad del hecho, y sorprendiéndole en su mismo cuarto hallé en su poder la cifra de inteligencia e instrucciones que recibía de los malvados. Convoqué al examen a mi gobernador interino del consejo, para que asociado con otros ministros practicasen las diligencias de indagación. Todo se hizo, y de ella resultan varios reos cuya prisión he decretado, así como el arresto de mi hijo en su habitación. Esta pena quedaba a las muchas que me afligen; pero así como es la más dolorosa, es también la más importante de purgar, e ínterin mando publicar el resultado, no quiero dejar de manifestar a mis vasallos mi disgusto, que será menor con las muestras de su lealtad. Tendreislo entendido para que se circule en la forma conveniente. En San Lorenzo a 30 de octubre de 1807. — Al gobernador interino del consejo.» Este decreto se aseguró después que era de puño del príncipe de la Paz: así lo atestiguaron cuatro secretarios del rey, mas no obra original en el proceso.
Por el mismo tiempo escribió Carlos IV al emperador Napoleón dándole parte del acontecimiento del Escorial. En la carta después de indicarle cuán particularmente se ocupaba en los medios de cooperar a la destrucción del común enemigo [así llamaba a los ingleses], y después de participarle cuán persuadido había estado hasta entonces de que todas las intrigas de la reina de Nápoles [expresiones notables] se habían sepultado con su hija, entraba a anunciarle la terrible novedad del día. No solo le comunicaba el designio que suponía a su hijo de querer destronarle, sino que añadía el nuevo y horrendo de haber maquinado contra la vida de su madre, por cuyos enormes crímenes manifestaba el rey Carlos que debía el príncipe heredero ser castigado y revocada la ley que le llamaba a suceder en el trono, poniendo en su lugar a uno de sus hermanos; y por último concluía aquel monarca pidiendo la asistencia y consejos de S. M. I. La indicación estampada en esta carta de privar a Fernando del derecho de sucesión, tal vez encubría miras ulteriores del partido de Godoy y la reina; desbaratadas, si las hubo, por obstáculos imprevistos entre los cuales puede contarse una ocurrencia que debiendo agravar la suerte del príncipe y sus amigos, si la recta imparcialidad hubiera gobernado en la materia, fue la que salvó a todos ellos de un funesto desenlace. Dieron ocasión a ella los temores del real preso y el abatimiento en que le sumió su arresto.
El día 30 a la una de la tarde, luego que el rey había salido a caza pasó el príncipe un recado a la reina para que se dignase ir a su cuarto, o le permitiera que en el suyo le expusiese cosa del mayor interés: la reina se negó a uno y a otro, pero envió al marqués Caballero, ministro de Gracia y Justicia. Entonces bajo su firma declaró el príncipe haber dirigido con fecha de 11 de octubre una carta [la misma de que hemos hablado] al emperador de los franceses, y haber expedido en favor del duque del Infantado un decreto todo de su puño con fecha en blanco y sello negro, autorizándole para que tomase el mando de Castilla la Nueva luego que falleciese su padre: declaró además ser Escóiquiz el autor del papel copiado por S. A., y los medios de que se habían valido para su correspondencia: hubo de resultas varios arrestos. En la carta reservada a Napoleón le manifestaba el príncipe [*] (* Ap. n. [1-8].) «el aprecio y respeto que siempre había tenido por su persona, le apellidaba héroe mayor que cuantos le habían precedido; le pintaba la opresión en que le habían puesto; el abuso que se hacía del corazón recto y generoso de su padre; le pedía para esposa una princesa de su familia, rogándole que allanase las dificultades que se ofrecieran; y concluía con afirmarle que no accedería, antes bien se opondría con invencible constancia a cualquiera casamiento, siempre que no precediese el consentimiento y aprobación positiva de S. M. I. y R.» Estas declaraciones espontáneas en que tan gravemente comprometía el príncipe a sus amigos y parciales, perjudicáronle en el concepto de algunos; su edad pasaba de los veintitrés años; y ya entonces mayor firmeza fuera de desear en quien había de ceñirse las sienes con corona de reinos tan dilatados. El decreto expedido a favor del Infantado hubiera por sí solo acarreado en otros tiempos la perdición de todos los comprometidos en la causa; por nulas se hubieran dado las disculpas alegadas, y el temor de la próxima muerte de Carlos IV y los recelos de las ambiciosas miras del valido, antes bien se hubieran tenido como agravantes indicios que admitídose como descargos de la acusación. Semejantes precauciones de dudosa interpretación aun entre particulares, en los palacios son crímenes de estado cuando no llegan a cumplida ejecución y acabamiento. Con más razón se hubiera dado por tal la carta escrita a Napoleón; pero esta carta en que un príncipe, un español a escondidas de su padre y soberano legítimo se dirige a otro extranjero, le pide su apoyo, la mano de una señora de su familia, y se obliga a no casarse en tiempo alguno sin su anuencia; esta carta salvó a Fernando y a sus amigos.