Habían imaginado sondear al embajador de Francia, y de resultas supieron por Don Juan Manuel de Villena, gentil-hombre del príncipe de Asturias, y por Don Pedro Giraldo, brigadier de ingenieros, maestro de matemáticas del príncipe e infantes, y cuyos sujetos estaban en el secreto, hallarse Mr. de Beauharnais pronto a entrar en relaciones con quien S. A. indicase. Secretos manejos
con el partido
del príncipe
de Asturias. Dudose si la propuesta encubría o no engaño; y para asegurarse unos y otros, convínose en una pregunta y seña que recíprocamente se harían en la corte el príncipe y el embajador. Cerciorados de no haber falsedad y escogido Escóiquiz para tratar, presentó a este en casa de dicho embajador el duque del Infantado, con pretexto de regalarle un ejemplar de su poema sobre la conquista de Méjico. Entablado conocimiento entre Mr. de Beauharnais y el maestro del príncipe, avistáronse un día de los de julio y a las dos de la tarde en el Retiro. La hora, el sitio y lo caluroso de la estación les daba seguridad de no ser notados.

Hablaron allí sosegadamente del estado de España y Francia, de la utilidad para ambas naciones de afianzar su alianza en vínculos de familia, y por consiguiente de la conveniencia de enlazar al príncipe Fernando con una princesa de la sangre imperial de Napoleón. El embajador convino con Escóiquiz en los más de los puntos, particularmente en el último, quedando en darle posterior y categórica contestación. Siguiéronse a este paso otros más o menos directos, pero que nada tuvieron de importante hasta que en 30 de setiembre escribió Mr. de Beauharnais una carta a Escóiquiz, en la que rayando las expresiones de que no bastaban cosas vagas, sino que se necesitaba una segura prenda (une garantie), daba por lo mismo a entender que aquellas salían de boca de su amo. Movido de esta insinuación se dirigió el príncipe de Asturias en 11 de octubre al emperador francés, en términos que, según veremos muy luego, hubiera podido resultar grave cargo contra su persona.

Hasta aquí llegaron los tratos del embajador Beauharnais con Don Juan Escóiquiz, cuyo principal objeto se enderezaba a arreglar la unión del príncipe Fernando con una sobrina de la emperatriz, ofrecida después al duque de Aremberg. Todo da indicio de que el embajador obró según instrucciones de su amo; y si bien es verdad que este desconoció como suyos los procedimientos de aquel, no es probable que se hubiera Mr. de Beauharnais expuesto con soberano tan poco sufrido a dar pasos de tamaña importancia sin previa autorización. Pudo quizá excederse; quizá el interés de familia le llevó a proponer para esposa una persona con quien tenía deudo; pero que la negociación tomó origen en París lo acredita el haber después sostenido el emperador a su representante.

Tropas españolas
que van al Norte.

Sin embargo tales pláticas tenían más bien traza de entretenimiento que de seria y deliberada determinación. Íbale mejor al arrebatado temple de Napoleón buscar por violencia o por malos artes el cumplimiento de lo que su política o su ambición le sugería. Así fue que para remover estorbos e irse preparando a la ejecución de sus proyectos, de nuevo pidió al gobierno español auxilio de tropas; y conformándose Carlos IV con la voluntad de su aliado, decidió en marzo de 1807 que una división unida con la que estaba en Toscana, y componiendo juntas un cuerpo de 14.000 hombres, se dirigiese al norte de Europa.[*] (* Ap. n. [1-5].) De este modo menguaban cada día en España los recursos y medios de resistencia.

Entretanto Napoleón habiendo continuado con feliz progreso la campaña emprendida contra las armas combinadas de Prusia y Rusia, había en 8 de julio siguiente concluido la paz en Tilsit. Paz de Tilsit. Algunos se han figurado que se concertaron allí ambos emperadores ruso y francés acerca de asuntos secretos y arduos, siendo uno entre ellos el de dejar a la libre facultad del último la suerte de España. Hemos consultado en materia tan grave respetables personajes, y que tuvieron principal parte en aquellas conferencias y tratos. Sin interés en ocultar la verdad, y lejos ya del tiempo en que ocurrieron, han respondido a nuestras preguntas que no se había entonces hablado sino vagamente de asuntos de España; y que tan solo Napoleón quejándose con acrimonia de la proclama del príncipe de la Paz, añadía a veces que los españoles luego que le veían ocupado en otra parte, mudaban de lenguaje y le inquietaban.

Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que con la paz asegurado Napoleón de la Rusia a lo menos por de pronto, pudo con más desahogo volver hacia el mediodía los inquietos ojos de su desapoderada ambición. Pensó desde luego disfrazar sus intentos con la necesidad de extender a todas partes el sistema continental [cuyas bases había echado en su decreto de Berlín de febrero del mismo año], y de arrancar a Inglaterra a su antiguo y fiel aliado el rey de Portugal. Era en efecto muy importante para cualquiera tentativa o plan contra la península someter a su dominio a Lisboa, alejar a los ingleses de los puertos de aquella costa, y tener un pretexto al parecer plausible con que poder internar en el corazón de España numerosas fuerzas.

Para dar principio a su empresa promovió muy particularmente las negociaciones entabladas con Izquierdo, y a la sombra de aquellas y del tratado que se discutía, Tropas francesas
que se juntan
en Bayona empezó en agosto de 1807 a juntar en Bayona un ejército de 25.000 hombres con el título de cuerpo de observación de la Gironda, nombre con que cautelosamente embozaba el gobierno francés sus hostiles miras contra la península española. Diose el mando de aquella fuerza a Junot, quien embajador en Portugal en 1805 había desamparado la pacífica misión para acompañar a su caudillo en atrevidas y militares empresas. Ahora se preparaba a dar la vuelta a Lisboa, no ya para ocupar su antiguo puesto, sino más bien para arrojar del trono a una familia augusta que le había honrado con las insignias de la orden de Cristo.

Portugal.

Aunque no sea de nuestro propósito entrar en una relación circunstanciada de los graves acontecimientos que van a ocurrir en Portugal, no podemos menos de darles aquí algún lugar como tan unidos y conexos con los de España. En París se examinaba con Izquierdo el modo de partir y distribuirse aquel reino, y para que todo estuviese pronto el día de la conclusión del tratado, además de la reunión de tropas a la falda del Pirineo, se dispuso que negociaciones seguidas en Lisboa abriesen el camino a la ejecución de los planes en que conviniesen ambas potencias contratantes. Notas de los
representantes de
España y Francia
en Lisboa. Comenzose la urdida trama por notas que en 12 de agosto pasaron el encargado de negocios francés Mr. de Rayneval y el embajador de España conde de Campo-Alange. Decían en ellas que tenían la orden de pedir sus pasaportes y declarar la guerra a Portugal si para el 1.º de setiembre próximo el príncipe regente no hubiese manifestado la resolución de romper con la Inglaterra, y de unir sus escuadras con las otras del continente para que juntas obrasen contra el común enemigo: se exigía además la confiscación de todas las mercancías procedentes de origen británico, y la detención como rehenes de los súbditos de aquella nación. El príncipe regente de acuerdo con Inglaterra respondió que estaba pronto a cerrar los puertos a los ingleses, y a interrumpir toda correspondencia con su antiguo aliado; mas que en medio de la paz confiscar todas las mercancías británicas, y prender a extranjeros tranquilos, eran providencias opuestas a los principios de justicia y moderación que le habían siempre dirigido. Se retiran
de aquella corte. Los representantes de España y Francia no habiendo alcanzado lo que pedían [resultado conforme a las verdaderas intenciones de sus respectivas cortes], partieron de Lisboa antes de comenzarse octubre, y su salida fue el preludio de la invasión.