Difícil sería calcular ahora con puntualidad la pérdida que hubo por ambas partes. El consejo interesado en disminuirla la rebajó a unos 200 hombres del pueblo. Murat aumentando la de los españoles redujo la suya acortándola el Monitor a unos 80 entre muertos y heridos. Las dos relaciones debieron ser inexactas por la sazón en que se hicieron y el diverso interés que a todos ellos movía. Según lo que vimos y atendiendo a lo que hemos consultado después y al número de heridos que entraron en los hospitales, creemos que aproximadamente puede computarse la pérdida de unos y otros en 1200 hombres.
Calificaron los españoles el acontecimiento del 2 de mayo de trama urdida por los franceses, y no faltaron algunos de estos que se imaginaron haber sido una conspiración preparada de antemano por aquellos: suposiciones falsas y desnudas ambas de sólido fundamento. Mas, desechando los rumores de entonces, nos inclinamos sí a que Murat celebró la ocasión que se le presentaba y no la desaprovechó, jactándose como después lo hizo de haber humillado con un recio escarmiento la fiereza castellana. Bien pronto vio cuán equivocado era su precipitado juicio. Aquel día fue el origen del levantamiento de España contra los franceses, contribuyendo a ello en gran manera el concurso de forasteros que había en la capital con motivo del advenimiento al trono de Fernando VII. Asustados estos y horrorizados, volvieron a sus casas difundiendo por todas las provincias la infausta nueva y excitando el odio y la abominación contra el cruel y fementido extranjero.
Día 3.
Profunda tristeza y abatimiento señalaron el día 3. Las tiendas y las casas cerradas, las calles solitarias y recorridas solamente por patrullas francesas ofrecían el aspecto de una ciudad desierta y abandonada. Murat mandó fijar en las esquinas una proclama [*] (* Ap. n. [2-20].) digna de Atila, respirando sangre y amenazas, con lo que la indignación, si bien reconcentrada entonces, tomó cada vez mayor incremento y braveza.
Salida
de los infantes
para Francia
el 3 y el 4.
Aterrado así el pueblo de Madrid, se fue adelante en el propósito de trasladar a Francia toda la real familia, y el mismo día 3 salió para Bayona el infante Don Francisco. No se había pasado aquella noche sin que el conde de Laforest y Mr. Freville indicasen en una conferencia secreta al infante Don Antonio la conveniencia y necesidad de que fuese a reunirse con los demás individuos de su familia, para que en presencia de todos se tomasen de acuerdo con el emperador las medidas convenientes al arreglo de los negocios de España. Condescendió el infante consternado con los sucesos precedentes, y señaló para su partida la madrugada del 4, habiéndose tomado un coche de viaje de la duquesa viuda de Osuna, a fin de que caminase más disimuladamente. Dirigió antes de su salida un papel o decreto [no sabemos qué nombre darle] a Don Francisco Gil y Lemus como vocal más antiguo de la junta y persona de su particular confianza. Aunque temamos faltar a la gravedad de la historia, lo curioso del papel así en la sustancia como en la forma exige que le insertemos aquí literalmente. «Al señor Gil. — A la junta para su gobierno la pongo en su noticia como me he marchado a Bayona de orden del rey, y digo a dicha junta que ella sigue en los mismos términos como si yo estuviese en ella. — Dios nos la dé buena. — A Dios, señores, hasta el valle de Josafat. — Antonio Pascual.» Basta esta carta del buen infante Don Antonio Pascual para conjeturar cuán superior era a sus fuerzas la pesada carga que le había encomendado su sobrino. Había sido siempre reputado por hombre de partes poco aventajadas, y en los breves días de su presidencia no ganó ni en concepto ni en estimación. La reina María Luisa le graduaba en sus cartas de hombre de muy poco talento y luces, agregábale además la calidad de cruel. El juicio de la reina en su primera parte era conforme a la opinión general; pero en lo de cruel, a haberse entonces sabido, se hubiera atribuido a injusta calificación de enemistad personal. Por desgracia la saña con que aquel infante se expresó el año de 1814 contra todos los perseguidos y proscritos, confirmó triste y sobradamente la justicia e imparcialidad con que la reina había bosquejado su carácter. Aquí acabó por decirlo así la primera época de la junta de gobierno, hasta cuyo tiempo si bien se echa de menos energía y la conveniente previsión, falta disculpable en tan delicada crisis, no se nota en su conducta connivencia ni reprensibles tratos con el invasor extranjero. En adelante su modo de proceder fue variando y enturbiándose más y más. Pero ya es tiempo de que volvamos los ojos a las escenas no menos lamentables que al mismo tiempo se representaban en Bayona.
Llega Napoleón
a Bayona.
Napoleón al día siguiente de su llegada el 16 de abril, dio audiencia en aquella ciudad a una diputación de portugueses enviada para cumplimentarle, y les ofreció conservar su independencia, no desmembrando parte alguna de su territorio ni agregándolos tampoco a España. No pudo verle el infante Don Carlos por hallarse indispuesto; mas Napoleón pasó a visitar en persona a Fernando una hora después de su arribo, el que se verificó como hemos dicho el día 20. El recién llegado bajó a recibirle a la puerta de la calle, en donde habiéndose estrechamente abrazado estuvieron juntos corto rato, y solamente se tocaron en la conversación puntos indiferentes. Fernando fue convidado a comer para aquella misma tarde con el emperador, y a la hora señalada yendo en carruajes imperiales con su comitiva, fue conducido al palacio de Marracq donde Napoleón residía. Saliole este a recibir hasta el estribo del coche, etiqueta solo usada con las testas coronadas. En la mesa evitó tratarle como príncipe o como rey. Acabada la comida permanecieron poco tiempo juntos, y se despidieron quedando los españoles muy contentos del agasajo con que habían sido tratados, y renaciendo en ellos la esperanza de que todo iba a componerse bien y satisfactoriamente. Vuelto Fernando a su posada entró en ella muy luego el general Savary con el inesperado mensaje de que el emperador había resuelto irrevocablemente derribar del trono la estirpe de los Borbones, sustituyendo la suya, Se anuncia
a Fernando
que renuncie. y que por consiguiente S. M. I. exigía que el rey en su nombre y en el de toda su familia renunciase la corona de España e Indias en favor de la dinastía de Bonaparte. No se sabe si debe sorprender más la resolución en sí misma y el tiempo y ocasión de anunciarla, o la serenidad del mensajero encargado de dar la noticia. No habían transcurrido aun cinco días desde que el general Savary había respondido con su cabeza de que el emperador reconocería al príncipe de Asturias por rey si hiciese la demostración amistosa de pasar a Bayona; y el mismo general encargábase ahora no ya de poner dudas o condiciones a aquel reconocimiento, sino de intimar al príncipe y a su familia el despojo absoluto del trono heredado de sus abuelos. ¡Inaudita audacia! Aguardar también para notificar la terrible decisión de Napoleón el momento en que acababa de darse a los príncipes de España pruebas de un bueno y amistoso hospedaje, fue verdaderamente rasgo de inútil y exquisita inhumanidad, apenas creíble a no habérnoslo trasmitido testigos oculares. Los héroes del político florentino César Borja y Oliveretto di Fermo en sus crueldades y excesos parecidos en gran manera a este de Napoleón, hallaban por lo menos cierta disculpa en su propia debilidad y en ser aquella la senda por donde caminaban los príncipes y estados de su tiempo. Mas el hombre colocado al frente de una nación grande y poderosa, y en un siglo de costumbres más suaves nunca podrá justificar o paliar siquiera ni su aleve resolución, ni el modo odioso e inoportuno de comunicarla.
Conferencias
de Escóiquiz
y Cevallos.
Después del intempestivo y desconsolador anuncio, tuvieron acerca del asunto Don Pedro Cevallos y Don Juan Escóiquiz importantes conferencias. Comenzó la de Cevallos con el ministro Champagny, y cuando sostenía aquel con tesón y dignidad los derechos de su príncipe, en medio de la discusión presentose el emperador, y mandó a ambos entrar en su despacho, en donde enojado con lo que a Cevallos le había oído, pues detrás de una puerta había estado escuchando, le apellidó traidor, por desempeñar cerca de Fernando el mismo destino de que había disfrutado bajo Carlos IV. Añadidos otros denuestos, se serenó al fin y concluyó con decir que «tenía una política peculiar suya; que debía [Cevallos] adoptar ideas más francas, ser menos delicado sobre el pundonor y no sacrificar la prosperidad de España al interés de la familia de Borbón.»