La primera conferencia de Escóiquiz fue desde luego con Napoleón mismo, quien le trató con más dulzura y benignidad que a Cevallos, merced probablemente a los elogios que el canónigo le prodigó con larga mano. La conversación tenida entre ambos nos ha sido conservada por Escóiquiz, y aunque dueño este de modificarla en ventaja suya, lleva visos de verídica y exacta, así por lo que Bonaparte dice, como también por aparecer en ella el bueno de Escóiquiz en su original y perpetua simplicidad. El emperador francés poco atento a floreos y estudiadas frases, insistió con ahínco en la violencia con que a Carlos IV se le había arrancado su renuncia, siendo el punto que principalmente le interesaba. No por eso dejó Escóiquiz de seguir perorando largamente; pero su cicerónica arenga, como por mofa la intitulaba Napoleón, no conmovió el imperial ánimo de este, que terminó la conferencia con autorizar a Escóiquiz para que en nombre suyo ofreciese a Fernando el reino de Etruria en cambio de la corona de España; en cuya propuesta quería dar al príncipe una prueba de su estimación, prometiendo además casarle con una princesa de su familia. Después de lo cual y de tirarle amistosa si bien fuertemente de las orejas, según el propio relato del canónigo, dio fin a la conversación el emperador francés.

Apresuradamente volvió a la posada del rey Fernando Don Juan Escóiquiz, a quien todos aguardaban con ansia. Comunicó la nueva propuesta de Napoleón, y se juntó el consejo de los que acompañaban al rey para discutirla. En él los más de los asistentes, a pesar de los repetidos desengaños, solo veían en las nuevas proposiciones el deseo de pedir mucho para alcanzar algo, y todos a excepción de Escóiquiz votaron por desechar la propuesta del reino de Etruria. Cierto que si por una parte horroriza la pérfida conducta de Napoleón, por otra causa lástima y despecho el constante desvarío de los consejeros de Fernando y aquel continuado esperar en quien solo había dado muestras de mala voluntad. La opinión de Escóiquiz fue aún menos disculpable; la de los otros consejeros se fundaba en un juicio equivocado, pero la del último no solo le deshonraba como español queriendo que se trocase el vasto y poderoso trono de su patria por otro pequeño y limitado, no solo daba indicio de mísera y personal ambición, sino que también probaba de nuevo imprevisión incurable en imaginarse que Bonaparte respetaría más al nuevo rey de Etruria que lo que había respetado al antiguo y a los que eran legítimamente príncipes de España.

Continuaron las conferencias habiendo sustituido a Cevallos Don Pedro Labrador, y entendiéndose con Escóiquiz Mr. de Pradt, obispo de Poitiers. Labrador rompió desde luego sus negociaciones con Mr. de Champagny: los otros prosiguieron sin resultado alguno su recíproco trato y explicaciones. Daba ocasión a muchas de estas conferencias la vacilación misma de Napoleón, quien deseaba que Fernando renunciase sus derechos, sin tener que acudir a una violencia abierta, y también para dar lugar a que Carlos IV y el otro partido de la corte llegasen a Bayona. Así fue que la víspera del día en que se aguardaba a los reyes viejos, anunció Napoleón a Fernando que ya no trataría sino con su padre.

Llegada
de Carlos IV
a Bayona.

Ya hemos visto como el 25 de abril habían salido aquellos del Escorial, ansiosos de abrazar a su amigo Godoy, y persuadidos hasta cierto punto de que Napoleón los repondría en el trono. Pruébanlo las conversaciones que tuvieron en el camino, y señaladamente la que en Villa Real trabó la reina con el duque de Mahón; a quien habiéndole preguntado qué noticias corrían, respondió dicho duque «asegúrase que el emperador de los franceses reúne en Bayona todas las personas de la familia real de España para privarlas del trono.» Parose la reina como sorprendida, y después de haber reflexionado un rato, replicó: «Napoleón siempre ha sido enemigo grande de nuestra familia: sin embargo ha hecho a Carlos reiteradas promesas de protegerle, y no creo que obre ahora con perfidia tan escandalosa.» Arribaron pues a Bayona el 30, siendo desde la frontera cumplimentados y tratados como reyes, y con una distinción muy diversa de aquella con que se había recibido a su hijo. Napoleón los vio el mismo día, y no los convidó a comer sino para el siguiente 1.º de mayo; queriéndoles hacer el obsequio de que descansasen. Desembarazados de las personas que habían ido a darles el parabién de su llegada, entre quienes se contaba a Fernando, mirado con desvío y enojo por su augusto padre, corrieron Carlos y María Luisa a los brazos de su querido Godoy, a quien tiernamente estrecharon en su seno una y repetidas veces con gran clamor y llanto.

Come
con Napoleón.

Pasaron en la tarde señalada a comer con Napoleón, y habiéndosele olvidado a este invitar al favorito español; al ponerse a la mesa, echándole de menos Carlos fuera de sí exclamó: ¿Y Manuel? ¿Dónde está Manuel? Fuele preciso a Napoleón reparar su olvido, o más bien condescender con los deseos del anciano monarca: tan grande era el poderoso influjo que sobre los hábitos y carácter del último había tomado Godoy, quien no parecía sino que con bebedizos le había encantado.

Comparece
Fernando
en presencia
de su padre.

No tardaron mucho unos y otros en ocuparse en el importante y grave negocio que había provocado la reunión en Bayona de tantos ilustres personajes. Muy luego de la llegada de los reyes padres, de acuerdo estos con Napoleón, y siendo Godoy su principal y casi único consejero, se citó a Fernando e intimole Carlos en presencia del soberano extranjero, que en la mañana del día siguiente le devolviese la corona por medio de una cesión pura y sencilla, amenazándole con que «si no él, sus hermanos y todo su séquito serían desde aquel momento tratados como emigrados.» Napoleón apoyó su discurso, y le sostuvo con fuerza; y al querer responder Fernando se lanzó de la silla su augusto padre, y hablándole con dignidad y fiereza quiso maltratarle, acusándole de haber querido quitarle la vida con la corona. La reina hasta entonces silenciosa se puso enfurecida, ultrajando al hijo con injuriosos denuestos, y a tal punto, según Bonaparte, se dejó arrastrar de su arrebatada cólera, que le pidió al mismo hiciese subir a Fernando al cadalso: expresión, si fue pronunciada, espantosa en boca de una madre.Condiciones
de Fernando
para su renuncia.
(* Ap. n. [2-22].) Su hijo enmudeció y envió una renuncia con fecha 1.º de mayo limitada por las condiciones siguientes: «1.ª Que el rey padre volviese a Madrid, hasta donde le acompañaría Fernando, y le serviría como [*] su hijo más respetuoso. 2.ª Que en Madrid se reuniesen las cortes, y pues que S. M. [el rey padre] resistía una congregación tan numerosa, se convocasen todos los tribunales y diputados del reino. 3.ª Que a la vista de aquella asamblea formalizaría su renuncia Fernando, exponiendo los motivos que le conducían a ella. 4.ª Que el rey Carlos no llevase consigo personas que justamente se habían concitado el odio de la nación. 5.ª Que si S. M. no quería reinar ni volver a España, en tal caso Fernando gobernaría en su real nombre, como lugarteniente suyo; no pudiendo ningún otro ser preferido a él.» Son de notar los trámites y formalidades que querían exigirse para hacer la nueva renuncia, siendo así que todo se había olvidado y aun atropellado en la anterior de Carlos. También es digno de particular atención que Fernando y sus consejeros, quienes por la mayor parte odiaron tanto años adelante hasta el nombre de cortes, hayan sido los primeros que provocaron su convocación, insinuando ser necesaria para legitimar la nueva cesión del hijo en favor del padre la aprobación de los representantes de la nación, o por lo menos la de una reunión numerosa en que estuvieran los diputados de los reinos. Así se truecan y trastornan los pareceres de los hombres al son del propio interés, y en menosprecio de la pública utilidad.

No se conforma
el padre.