Carlos IV no se conformó, como era de esperar, con la contestación del hijo, escribiéndole en respuesta el 2 una carta, en cuyo contenido en medio de algunas severas si bien justas reflexiones se descubre la mano de Napoleón, y hasta expresiones suyas. Sonlo por ejemplo [*] (* Ap. n. [2-23].) «todo debe hacerse para el pueblo, y nada por él... No puedo consentir en ninguna reunión en junta... nueva sugestión de los hombres sin experiencia que os acompañan.» Tal fue la invariable aversión con que Bonaparte miró siempre las asambleas populares, siendo así que sin ellas hubiera perpetuamente quedado oscurecido en el humilde rincón en que la suerte le había colocado.[*] (* Ap. n. [2-24].) Fernando insistió el 4 en su primera respuesta «que el excluir para siempre del trono de España a su dinastía, no podía hacerlo sin el expreso consentimiento de todos los individuos que tenían o podían tener derecho a la corona de España, ni tampoco sin el mismo expreso consentimiento de la nación española, reunida en cortes y en lugar seguro.» Y tanto y tanto reconocía entonces Fernando los sagrados derechos de la nación, reclamándolos y deslindándolos cada vez más y con mayor claridad y conato.
Comparece
por segunda vez
Fernando delante
de su padre.
En este estado andaban las pláticas sobre tan grave negocio cuando el 5 de mayo se recibió en Bayona la noticia de lo acaecido en Madrid el día 2: pasó Napoleón inmediatamente a participárselo a los reyes padres, y después de haber tenido con ellos una muy larga conferencia, se llamó a Fernando para que también concurriese a ella. Eran las cinco de la tarde; todos estaban sentados excepto el príncipe. Su padre le reiteró las anteriores acusaciones; le baldonó acerbamente; le achacó el levantamiento del 2 de mayo; las muertes que se habían seguido, y llamándole pérfido y traidor, le intimó por segunda vez que si no renunciaba la corona, sería sin dilación declarado usurpador, y él y toda su casa conspiradores contra la vida de sus soberanos. Fernando atemorizado [*] (* Ap. n. [2-25].) abdicó el 6 pura y sencillamente en favor de su padre, y en los términos que este le había indicado. No había aguardado Carlos a la renuncia del hijo para concluir con Napoleón un tratado por el que le cedía la corona, Renuncia
Carlos IV
en Napoleón.
(* Ap. n. [2-26].) sin otra especial restricción que la de la integridad de la monarquía y la conservación de la religión católica, excluyendo cualquiera otra. El tratado fue firmado en 5 de mayo por el mariscal Duroc y el príncipe de la Paz,[*] plenipotenciarios nombrados al efecto; con cuya vergonzosa negociación dio el valido español cumplido remate a su pública y lamentable carrera. Ingrato y desconocido puso su firma en un tratado en el que no estipuló sola y precisamente privar de la corona a Fernando su enemigo, sino en general y por inducción a todos los infantes, a toda la dinastía, en fin, de los soberanos sus bienhechores, recayendo la cesión de Carlos en un príncipe extranjero. Pequeño y mezquino hasta en los últimos momentos, Don Manuel Godoy única y porfiadamente altercó sobre el artículo de pensiones. Por lo demás el modo con que Carlos se despojó de la corona, al paso que mancillaba al encargado de autorizarla por medio de un tratado, cubría de oprobio a un padre que de golpe y sin distinción privaba indirectamente a todos sus hijos de suceder en el trono. Acordada la renuncia en tierra extraña, faltábale a los ojos del mundo la indispensable cualidad de haber sido ejecutada libre y espontáneamente, sobre todo cuando la cesión recaía en favor de un soberano dentro de cuyo imperio se había concluido aquella importante estipulación. Era asimismo cosa no vista que un monarca, dueño si se quiere de despojarse a sí mismo de sus propios derechos, no contase para la cesión ni con sus hijos, ni con las otras personas de su dinastía, ni con el libre y amplio consentimiento de la nación española, que era traspasada a ajena dominación como si fuera un campo propio o un rebaño. El derecho público de todos los países se ha opuesto constantemente a tamaño abuso, y en España, en tanto que se respetaron sus franquezas y libertades, hubo siempre en las cortes un firme e invencible valladar contra la arbitraria y antojadiza voluntad de los reyes. Cuando Alfonso el batallador tuvo el singular desacuerdo de dejar por herederos de sus reinos a los caballeros del Temple, lejos de convenir en su loco extravío, nombraron los aragoneses en las cortes de Borja por rey de Aragón a Don Ramiro el monje, y por su parte los navarros para suceder en Navarra a Don García Ramírez. Hubo otros casos no menos señalados en que siempre se pusieron a salvo los fueros y costumbres nacionales. Hasta el mismo imbécil de Carlos II, aunque su disposición testamentaria fue hecha dentro del territorio, y en ella no se infringían tan escandalosamente ni los derechos de la familia real ni los de la nación, creyó necesario por lo menos usar de la fórmula de «que fuera válida aquella su última voluntad, como si se hubiese hecho de acuerdo con las cortes.» Ahora por todo se atropelló, y nadie cuidó de conservar siquiera ciertas apariencias de justicia y legitimidad.
Carlos IV
y María Luisa.
Así terminó Carlos IV su reinado, del que nadie mejor que él mismo nos dará una puntual y verdadera idea. Comía en Bayona con Napoleón cuando se expresó en estos términos: «todos los días invierno y verano iba a caza hasta las doce, comía y al instante volvía al cazadero hasta la caída de la tarde. Manuel me informaba como iban las cosas, y me iba a acostar para comenzar la misma vida al día siguiente, a menos de impedírmelo alguna ceremonia importante.» De este modo gobernó por espacio de veinte años aquel monarca, quien según la pintura que hace de sí propio, merece justamente ser apellidado con el mismo epiteto que lo fueron varios de los reyes de Francia de la estirpe merovingiana. Sin embargo adornaban a Carlos prendas con que hubiera brillado como rey, llenando sus altas obligaciones, si menos perezoso y débil no se hubiese ciegamente entregado al arbitrio y desordenada fantasía de la reina. Tenía comprensión fácil y memoria vasta; amaba la justicia, y si alguna vez se ocupaba en el despacho de los negocios, era expedito y atinado; mas estas calidades desaparecieron al lado de su dejadez y habitual abandono. Con otra esposa que María Luisa su reinado no hubiera desmerecido del de su augusto antecesor; y bien que la situación de Europa fuese muy otra a causa de la revolución francesa, tranquila España en su interior y bien gobernada, quizá hubiera podido sosegadamente progresar en su industria y civilización sin revueltas ni trastornos.
Renuncia
de Fernando
como príncipe
de Asturias.
Formalizadas las renuncias de Fernando en Carlos IV, y de este en Napoleón, faltaba la del primero como príncipe de Asturias, porque si bien había devuelto en 6 de mayo la corona a su padre, no había por aquel acto renunciado a sus derechos en calidad de inmediato sucesor. Parece ser, según Don Pedro Cevallos, que Fernando resistiéndose a acceder a la última cesión, Napoleón le dijo: «no hay medio, príncipe, entre la cesión y la muerte.» Otros han negado la amenaza, y admira en efecto que hubiera que acudir a requerimiento tan riguroso con persona cuya debilidad se había ya mostrado muy a las claras. El mariscal Duroc habló en el mismo sentido que su amo, y los príncipes entonces se determinaron a renunciar. Nombrose a dicho mariscal con Escóiquiz para arreglar el modo,[*] (* Ap. n. [2-27].) y el 10 firmaron ambos un tratado por el que se arreglaron los términos de la cesión del príncipe de Asturias, y se fijó su pensión como la de los infantes con tal que suscribiesen al tratado; lo cual verificaron Don Antonio y Don Carlos por medio de una proclama que en unión con Fernando dieron en Burdeos el [*] (* Ap. n. [2-28].) 12 del mismo mayo. El infante Don Francisco no firmó ninguno de aquellos actos, ya fuera precipitación, o ya por considerarle en su minoridad.
Bien que Escóiquiz hubiese obedecido a las órdenes de Fernando firmando el tratado del 10, no por eso pone en seguro su buen nombre, harto mancillado ya. Y fue singular que los dos hombres, Godoy y Escóiquiz, cuyo desgobierno y errada conducta habían causado los mayores daños a la monarquía, y cuyo respectivo valimiento con los dos reyes padre e hijo les imponía la estrecha obligación de sacrificarse por la conservación de sus derechos, fuesen los mismos que autorizasen los tratados que acababan en España con la estirpe de los Borbones. La proclama de Burdeos dada el 12, y en la que se dice a los españoles, «que se mantengan tranquilos esperando su felicidad de las sabias disposiciones y del poder de Napoleón», fue producción de Escóiquiz, queriendo este persuadir después que con ella había pensado en provocar a los españoles para que sostuviesen la causa de sus príncipes legítimos. Si realmente tal fue su intento, se ve que no estaba dotado de mayor claridad cuando escribía, que de previsión cuando obraba.
La reina
de Etruria.
La reina de Etruria, a pesar de los favores y atentos obsequios que había dispensado a Murat y a los franceses, no fue más dichosa en sus negociaciones que las otras personas de su familia. No se podía cumplir con su hijo el tratado de Fontainebleau, porque el emperador había ofrecido a los diputados portugueses conservar la integridad de Portugal: no podían tampoco concedérsele indemnización en Italia, siendo opuesto a las grandes miras de Napoleón permitir que en parte alguna de aquel país reinase una rama, cualquiera que fuese, de los Borbones; con cuya contestación tuvo la reina que atenerse a la pensión que se le señaló, y seguir la suerte de sus padres.