Hasta el día en que Murat se apoderó de la presidencia, hubiera podido atribuirse la debilidad de la junta a circunspección, su imprevisión a prudencia excesiva, y su indolencia a falta de facultades o a temor de comprometer la persona del rey. Mas ahora había mudado el aspecto de las cosas, y así o estaban sus individuos en el caso de poner en ejecución las convenientes medidas para salvar el honor y la independencia nacional, o no lo estaban. Si no, ¿por qué en vez de mancillar su nombre aprobando con su presencia las inicuas decisiones del extranjero, no se retiraron y le dejaron solo? ¿Y si pudieron obrar, por qué no llevaron a efecto los decretos dados por el rey en Bayona a consulta suya? ¿Por qué no permitieron la formación acordada de otra junta, fuera del poder del enemigo? Lejos de seguir esta vereda tomaron la opuesta y fijaron todo su conato en impedir la ejecución de aquellas saludables medidas. Un propio había entregado a Don Miguel José de Azanza en su mano los dos decretos del rey; por uno de los cuales se autorizaba a la junta con poderes ilimitados, y por el otro al consejo para la convocación de cortes. Azanza los comunicó a sus compañeros y todos convinieron en que dados estos decretos el 5 de mayo y el de renuncia de Fernando el 6 del mismo, no debían cumplirse ni obedecerse los primeros; ¡cosa extraña! Decretos arrancados por la violencia, en los que se destruían los legítimos derechos de Fernando y su dinastía, y se hollaban los de la nación, tuvieron a sus ojos más fuerza que los que habiendo sido acordados en secreto y despachados por personas de toda confianza, tenían en sí mismos la doble ventaja de haber sido dictados con entera libertad, y de acomodarse a lo que ordenaba el honor nacional. Pone aún más en descubierto la buena fe y rectitud de intenciones de los que así procedieron, el no haber comunicado al consejo el decreto de convocación de cortes, cuya promulgación y ejecución se encomendaba particularmente a su cuidado, tocando solo a aquel cuerpo examinar las razones de prudencia o conveniencia pública de detenerle o circularle. No contentos con esto los individuos de la junta suprema, y temerosos de que los nombrados para reemplazarla fuera de Madrid en caso necesario ejecutasen lo que se les había mandado, tomaron precauciones para estorbarlo. Al conde de Ezpeleta, a quien se había comunicado por medio de Don José Capeleti la primera determinación de que presidiese la junta cuya instalación debía seguirse a la falta de libertad de la de Madrid, se le dio después expresa contraorden; y apremiado por Gil Taboada para que pasase a Zaragoza en donde aquel aguardaba, le contestó como se le había posteriormente mandado lo contrario.
Por lo tanto la junta suprema de Madrid que con pretexto de carecer de facultades, a pesar de haberlas desde Bayona recibido amplias, anduvo al principio descuidada y poco diligente, ahora que con más claridad y extensión si era posible las recibía, suspendió hacer uso de su poder, alegando ser ya tarde, y recelosa de mayores comprometimientos. Aparece más oscura y dudosa su conducta al considerar que algunos de sus individuos débiles antes, pero resistiendo al extranjero, sumisos después si bien todavía disculpables, acabaron por ser sus firmes apoyos, trabajando con ahínco por ahogar los gloriosos esfuerzos que hizo la nación en defensa de su independencia. Es cierto que en seguida los españoles de Bayona estuvieron igualmente llenos de sobresalto y zozobra con el miedo de que se ejecutasen los dos consabidos decretos. Así lo anunciaba Don Evaristo Pérez de Castro que volvió a Madrid por aquellos días. Todo lo cual prueba que ni entre los españoles que en Bayona influían principalmente en el consejo del rey, ni entre los que en España gobernaban, había ningún hombre asistido de aquella constante decisión e invariable firmeza que piden extraordinarias circunstancias.
Napoleón piensa
dar la corona
de España a José.
Napoleón por su parte considerándose ya dueño de la corona de España en virtud de las renuncias hechas en favor suyo, había resuelto colocarla en las sienes de su hermano mayor José rey de Nápoles, y continuando siempre por la senda del engaño quiso dar a su cesión visos de generosa condescendencia con los deseos de los españoles. Así fue que en 8 de mayo dirigió al gran duque sus instrucciones para que la junta suprema y el consejo de Castilla le indicasen en cuál de las personas de su familia les sería más grato que recayese el trono de España. En 12 respondió acertadamente el consejo que siendo nulas las cesiones hechas por la familia de Borbón, no le tocaba ni podía contestar a lo que se le preguntaba. Mas convocado al siguiente día a palacio por la tarde y sin ceremonia, y bien recibido y tratado por Murat, y habiendo fácilmente convenido este en la cortapisa que el consejo quería poner a su exposición de que «no por eso se entendiese que se mezclaba en la aprobación o desaprobación de los tratados de renuncia, ni que los derechos del rey Carlos y su hijo y demás sucesores a la corona, según las leyes del reino, quedasen perjudicados por la designación que se le pedía;» cedió entonces y acordó en consulta del 13 dirigida al gran duque, que bajo las propuestas insinuadas «le parecía que en ejecución de lo resuelto por el emperador podía recaer la elección en su hermano mayor el rey de Nápoles.» Llevaba trazas de juego y de mutua inteligencia el modo de preguntar y de responder. A Murat le importaban muy poco aquellas secretas protestas, con tal que tuviese un documento público de las principales autoridades del reino que presentar a los gobiernos europeos, pudiendo con él Napoleón dar a entender que había seguido la voluntad de los españoles más bien que la suya propia. El consejo empezando desde entonces aquel sistema medio y artificioso que le guió después, más propio de un subalterno de la curia que de un cuerpo custodio de las leyes, se avino muy bien con lo que se le propuso, imaginando así poner en cobro hasta cierto punto su comprometida existencia, ya que se afirmase la dominación de Napoleón, ya que fuese destruida. Conducta no atinada en tiempos de grandes tribulaciones y vaivenes, y con la que perdió su crédito e influjo entre nacionales y extranjeros. Escribió también el mismo consejo una carta al emperador, y a ruego de Murat nombró para presentarla en Bayona a los ministros Don José Colón y Don Manuel de Lardizábal. La junta suprema y la villa de Madrid practicaron por su parte iguales diligencias, pidiendo que José Bonaparte fuese escogido para rey de España.
No satisfecho Napoleón con las cesiones de los príncipes, ni con la sumisión y petición de las supremas autoridades, pensó en congregar una diputación de españoles, Diputación
de Bayona. que con simulacro de cortes diesen en Bayona una especie de aprobación nacional a todo lo anteriormente actuado. Ya dijimos que a mediados de abril había intentado Murat llevar a efecto aquel pensamiento; mas hasta ahora en mayo no se puso en perfecta y cumplida ejecución. La convocatoria [*] (* Ap. n. [2-31].) se dio a luz en la Gaceta de Madrid de 24 del mismo mes, con la singularidad de no llevar fecha. Estaba extendida a nombre del gran duque de Berg y de la junta suprema de gobierno, y se reducía en sustancia a que siendo el deseo de S. M. I. y R. juntar en Bayona una diputación general de 150 individuos para el 15 de junio siguiente, a fin de tratar en ella de la felicidad de España, indicando todos los males que el antiguo sistema había ocasionado, y proponiendo las reformas y remedios para destruirlos, la junta suprema había nombrado varios sujetos que allí se expresaban, reservando a algunas corporaciones, a las ciudades de voto en cortes y otras sus respectivas elecciones. Según el decreto debían también asistir grandes, títulos, obispos, generales de las órdenes religiosas, individuos del comercio, de las universidades, de la milicia, de la marina, de los consejos y de la Inquisición misma. Se escogieron igualmente seis individuos que representasen la América. Azanza que en 23 de mayo había ido a Bayona para dar cuenta al emperador del estado de la hacienda de España, se quedó por orden suya a presidir la junta o diputación general próxima a reunirse. Más adelante examinaremos la índole y los trabajos de esta junta, y hablaremos del solemne reconocimiento que ella y los españoles allí presentes hicieron del intruso José.
Medidas
de precaución
de Murat.
Murat luego que estuvo al frente del gobierno de España, recelando en vista del general desasosiego que hubiese sublevaciones más o menos parciales, adoptó varios medios para prevenirlas. Agregó a la división o cuerpo de Dupont dos regimientos suizos españoles, y puso a la disposición del mariscal Moncey cuatro batallones de guardias españolas y valonas y los guardias de Corps. Pasó órdenes para enviar 3000 hombres de Galicia a Buenos Aires, y en 19 de mayo dio el mando de la escuadra de Mahón al general Salcedo con encargo de hacerse a la vela para Toulon; lo cual afortunadamente no pudo cumplirse por los acontecimientos que muy luego sobrevinieron. Se ordenó a la división española acantonada en Extremadura pasase a San Roque, y a Solano que hasta entonces había sido su jefe se le previno que regresase a Cádiz para tomar de nuevo el mando de Andalucía, yendo a explorar sus intenciones el oficial de ingenieros francés Constantin. Con el mismo objeto y con pretexto de examinar la plaza de Gibraltar se envió cerca del general Don Francisco Javier Castaños, que mandaba en el campo de San Roque, al jefe de batallón de ingenieros Rogniat: otros comisionados fueron enviados a Ceuta. El Buen Retiro se empezó a fortificar, encerrando dentro de su recinto abundantes provisiones de boca y guerra, habiéndose los franceses apoderado por todas partes de cuantos almacenes y depósitos de municiones y armas estuvieron a su alcance. Cortas precauciones para reprimir el universal descontento.
Pero ahora que ya tenemos a Napoleón imaginándose poder enajenar a su antojo la corona de España; ahora que ya está internada en Francia la familia real; Murat mandando en Madrid; sometidos la junta suprema y los consejos, y convocada a Bayona una diputación de españoles, será bien que desviando nuestra vista de tantas escenas de perfidia y abatimiento, de imprevisión y flaqueza, nos volvamos a contemplar un sublime y grandioso espectáculo.
RESUMEN