LIBRO TERCERO.


Insurrección
general contra
los franceses.

Encontrados afectos habían agitado durante dos meses a las vastas provincias de España. Tras la alegría y el júbilo, tras las esperanzas tan lisonjeras como rápidas de marzo habían venido las zozobras, las sospechas, los temores de abril. El 2 de mayo había llevado consigo a todas partes el terror y el espanto, y al propagarse la nueva de las renuncias, de las perfidias y torpes hechos de Bayona, un grito de indignación y de guerra lanzándose con admirable esfuerzo de las cabezas de provincia, se repitió y cundió resonando por caserías y aldeas, por villas y ciudades. A porfía las mujeres y los niños, los mozos y los ancianos arrebatados de fuego patrio, llenos de cólera y rabia, clamaron unánime y simultáneamente por pronta, noble y tremenda venganza. Renació España, por decirlo así, fuerte, vigorosa, denodada; renació recordando sus pasadas glorias; y sus provincias conmovidas, alteradas y enfurecidas se representaban a la imaginación como las describía Veleyo Patérculo, tam diffusas, tam frequentes, tam feras. El viajero que un año antes pisando los anchos campos de Castilla hubiese atravesado por medio de la soledad y desamparo de sus pueblos, si de nuevo hubiese ahora vuelto a recorrerlos, viéndolos llenos de gente, de turbación y afanosa diligencia, con razón hubiera podido achacar a mágica transformación mudanza tan extraordinaria y repentina. Aquellos moradores como los de toda España, indiferentes no había mucho a los negocios públicos, salían ansiosamente a informarse de las novedades y ocurrencias del día, y desde el alcalde hasta el último labriego, embravecidos y airados, estremeciéndose con las muertes y tropelías del extranjero, prorrumpían al oírlas en lágrimas de despecho. Tan cierto era que aquellos nobles y elevados sentimientos, que engendraron en el siglo decimosexto tantos portentos de valor y tantas y tan inauditas hazañas, estaban adormecidos, pero no apagados en los pechos españoles, y al dulce nombre de patria, a la voz de su rey cautivo, de su religión amenazada, de sus costumbres holladas y escarnecidas se despertaron ahora con viva y recobrada fuerza. Cuanto mayores e inesperados habían sido los ultrajes, tanto más terrible y asombroso fue el público sacudimiento. La historia no nos ha transmitido ejemplo más grandioso de un alzamiento tan súbito y tan unánime contra una invasión extraña. Como si un premeditado acuerdo, como si una suprema inteligencia hubiera gobernado y dirigido tan gloriosa determinación, las más de las provincias se levantaron espontáneamente casi en un mismo día, sin que tuviesen muchas noticias de la insurrección de las otras, y animadas todas de un mismo espíritu exaltado y heroico. A resolución tan magnánima fue estimulada la nación española por los engaños y alevosías de un falso amigo que, con capa de querer regenerarla desconociendo sus usos y sus leyes, intentó a su antojo dictarle otras nuevas, variar la estirpe de sus reyes, y destruir así su verdadera y bien entendida independencia, sin la que desmoronándose los estados más poderosos, hasta su nombre se acaba y lastimosamente perece.

Este uniforme y profundo sentimiento quiso en Asturias,[*] Levantamiento
de Asturias.
(* Ap. n. [3-1].) primero que en otra parte, manifestarse de un modo más legal y concertado. Contribuyeron a ello diversas y muy principales causas. Juntamente con la opinión que era común a toda España de mirar con desvío y odio la dominación extranjera, aún se conservaba en aquel principado un ilustre recuerdo de haber ofrecido su enmarañado y riscoso suelo seguro abrigo a los venerables restos de los españoles esforzados, que huyendo de la irrupción sarracénica dieron principio a la larga y porfiada lucha que acabó por afianzar la independencia y unión de los pueblos peninsulares. Le inspiraba también confianza su ventajosa y naturalmente resguardada posición. Bañada al norte por las olas del océano, rodeada por otras partes de caminos a veces intransitables, la ceñían al mediodía fragosas y encumbradas montañas. Acertó igualmente a estar entonces congregada la junta general del principado, reliquia dichosamente preservada del casi universal naufragio de nuestros antiguos fueros. Sus facultades, no muy bien deslindadas, se limitaban a asuntos puramente económicos; pero en semejante crisis, compuesta en lo general de individuos nombrados por los concejos, se la consideró como oportuno centro para legitimar y dirigir atinadamente los ímpetus del pueblo. Reuníase cada tres años, y casualmente en aquel cayó el de su convocación, habiendo abierto sus sesiones el 1.º de mayo.

A pocos días con la aciaga nueva del 2 en Madrid llegó a Oviedo la orden para que el coronel comandante de armas Don Nicolás de Llano Ponte publicase el sanguinario bando que el 3 había Murat promulgado en la capital del reino. Los moradores de Asturias conmovidos y desasosegados al par de los demás de España, habían ya en 29 de abril apedreado en Gijón la casa del cónsul francés, de resultas de haber este osado arrojar desde sus ventanas varios impresos contra la familia de Borbón. En tal situación y esparciéndose la voz de que iban a cumplirse instrucciones rigurosas remitidas de Madrid por el desacato cometido contra el cónsul, se encendieron más y más los ánimos en gran manera estimulados por las patrióticas exhortaciones del marqués de Santa Cruz de Marcenado, de su pariente Don Manuel de Miranda y de Don Ramón de Llano Ponte, canónigo de aquella iglesia, quien habiendo servido antes en el cuerpo de guardias estaba adornado de hidalgas y distinguidísimas prendas.

Decidida pues la audiencia territorial de acuerdo con el jefe militar a publicar el 9 el bando que de Madrid se había enviado, empezaron a recorrer juntos las calles, cuando a poco tiempo agolpándose y saliéndoles al encuentro gran muchedumbre a los gritos de viva Fernando VII y muera Murat, los obligaron a retroceder y desistir de su intento. Agavillándose entonces con mayor aliento los alborotados, entre los que se señalaron los estudiantes de la universidad, reunidos todos enderezaron sus pasos a la sala de sesiones de la junta general del principado. Hallaron allí firme apoyo en varios de los vocales. Don José del Busto, juez primero de la ciudad, y en secreto de inteligencia con los amotinados, arengó en favor de su noble resolución; sostuviéronle el conde Marcel de Peñalva y el de Toreno [padre del autor de esta historia], y sin excepción acordaron sus miembros desobedecer las órdenes de Murat, y tomar medidas correspondientes a su atrevida determinación. La audiencia en tanto desamada del pueblo, ya por estar formando causa a los que habían apedreado la casa del cónsul francés, y ya también porque compuesta en su mayor parte de agraciados y partidarios del gobierno de Godoy, miraba al soslayo unos movimientos que al cabo habían de redundar en daño suyo, procuró por todos medios apaciguar aquella primera conmoción, influyendo con particulares y con militares y estudiantes, y dando sigilosamente cuenta a la superioridad de lo acaecido. Consiguió también que en la junta el diputado por Oviedo Don Francisco Velasco, apoyado por el de Grado, Don Ignacio Flórez, discurriese largamente en el día 13 acerca de los peligros a que se exponía la provincia por los inconsiderados acuerdos del 9, y no menos la misma junta habiéndose excedido de sus facultades. El Velasco gozando de concepto por su práctica y conocida experiencia, alcanzó que se suspendiese la ejecución de las medidas resueltas, y solo el marqués de Santa Cruz de Marcenado que presidía, se opuso con fortaleza admirable, diciendo que «protestaba solemnemente, y que en cualquiera punto en que se levantase un hombre contra Napoleón tomaría un fusil y se pondría a su lado.» Palabras tanto más memorables cuanto salían de la boca de un hombre que rayaba en los sesenta años, propietario rico y acaudalado, y de las más ilustres familias de aquel país: digno nieto del célebre marqués del mismo nombre, distinguido escritor militar y hábil diplomático, que en el primer tercio del siglo último, arrastrado de su pundonor, había perecido gloriosa pero desgraciadamente en los campos de Orán.

Noticiosos Murat y la junta suprema de Madrid de lo que pasaba en Asturias procuraron con diligencia apagar aquella centella, llenos del recelo de que saltando a otros puntos no acabase por excitar una general conflagración. Dieron por tanto órdenes duras a la audiencia, y enviaron en comisión al conde del Pinar, magistrado conocido por su cruel severidad, y a Don Juan Meléndez Valdés, más propio para cantar con acordada lira los triunfos de quien venciese que para acallar los ruidos populares. Se mandó al propio tiempo al apocado Don Crisóstomo de la Llave, comandante general de la costa cantábrica, que pasase a Oviedo para tomar el mando de la provincia, disponiendo que concurriesen allí a sus órdenes un batallón de Hibernia procedente de Santander, y un escuadron de carabineros que estaba en Castilla.

Mas estas providencias en vez de aquietar los ánimos solo sirvieron para irritarlos. Los complicados en los acontecimientos del 9 vieron en ellas la suerte que se les preparaba, y persistieron en su primer intento. Vinieron en su ayuda los avisos de Bayona que provocaban cada día más a la alteración y al enojo, y la relación que del sanguinario día 2 de mayo hacían los testigos oculares que sucesivamente llegaban escapados de Madrid. Redoblaron pues su celo los de la asonada del 9, y pensaron en ejecutar su suspendida pero no abandonada empresa. Citábanse en casa de Don Ramón de Llano Ponte, y con tan poco recato que de distintas y muchas partes se acercaba a aquel foco de insurrección gente desconocida con todo linaje de ofrecimientos. Asistimos recién llegados de la corte a las secretas reuniones, y pasmábanos el continuo acudir de paisanos y personas de todas clases que con noble desprendimiento empeñaban y comprometían su hacienda y sus personas para la defensa de sus hogares. Se renovaban las asonadas todas las noches, habiendo sido bastantemente estrepitosas las del 22 y 23; pero se difirió hasta el 24 el final rompimiento por esperarse en aquel día al nuevo comandante la Llave, enviado por Murat. Para su ejecución se previno a los paisanos de los contornos que se metiesen en Oviedo al toque de oraciones, circulando al efecto Don José del Busto esquelas a los alcaldes de su jurisdicción. Se tomaron además otras convenientes prevenciones, y se cometió el encargo de acaudillar a la multitud a los Señores Don Ramón de Llano Ponte y Don Manuel de Miranda. Antes de que llegase la Llave, con gran priesa se le había anticipado un ayudante del mariscal Bessières, napolitano de nación, quien estuvo muy inquieto hasta que vio que el comandante se acercaba a las puertas de la ciudad. Entró por ellas el 24 acompañado de algunas personas sabedoras de la trama dispuesta para aquella noche. Se había convenido en que el alboroto comenzaría a las once de la misma, tocando a rebato las campanas de las iglesias de la ciudad y de las aldeas de alrededor. Por equivocación habiéndose retardado una hora el toque se angustiaron sobremanera los patriotas conjurados, mas un repique general a las doce en punto los sacó de pena.

Fue su primer paso apoderarse de la casa de armas, en donde había un depósito de 100.000 fusiles, no solamente fabricados en Oviedo y sus cercanías, sino también trasportados allí por anteriores órdenes del príncipe de la Paz. Favorecieron la acometida los mismos oficiales de artillería partícipes del secreto, señalándose con singular esmero Don Joaquín Escario. Entretanto se encaminaron otros a casa del comandante la Llave, y de puerta en puerta llamando a los individuos de la junta del principado, se formó esta en hora tan avanzada de la noche agregándosele extraordinariamente vocales de afuera. Entonces reasumiendo la potestad suprema afirmó la revolución, nombró por presidente suyo al marqués de Santa Cruz, y le confió el mando de las armas. Al día siguiente 25 se declaró solemnemente la guerra a Napoleón, y no hubo sino un grito de indecible entusiasmo. ¡Cosa maravillosa que desde un rincón de España hubiera habido quien osase retar al desmedido poder ante el cual se postraban los mayores potentados del continente europeo! A frenesí pudiera atribuirse, si una resolución tan noble y fundada en el deseo de conservar el honor y la independencia nacional no mereciese más respeto.