La junta se componía de personas las más principales del país por su riqueza y por su ilustración. El procurador general Don Álvaro Flórez Estrada, enterado de antemano de la conmoción urdida, la sostuvo vigorosamente, y la junta en cuerpo adoptó con actividad oportunas medidas para armar la provincia y ponerla en estado de defensa. Los carabineros reales llegaron muy luego así como el batallón de Hibernia, y ni unos ni otros pusieron obstáculo al levantamiento. Los primeros pasaron después a Castilla a las órdenes de Don Gregorio de la Cuesta, y se entresacaron del último varios oficiales, sargentos y cabos para cuadros de la fuerza armada que se iba formando. La junta había resuelto poner en pie un cuerpo de 18.000 hombres. Multiplicó para ello inconsideradamente los grados militares, y con razón se le hicieron justos cargos por aquella demasía. Sin embargo disculpola algún tanto la escasez en que se encontraba de oficiales veteranos para llenar plazas que exigía el completo del ejército que se disciplinaba. Echose mano de estudiantes o personas consideradas como más aptas, y en verdad que de los nuevos salieron excelentes oficiales que o se sacrificaron por su patria, o la honraron con su conducta, denuedo y adelantamiento en la ciencia militar. No poco contribuyeron a la presteza de la nueva organización los dones cuantiosos que generosamente se ofrecieron por particulares, y que entraban todos los días en las arcas públicas.

Como en el alzamiento de Asturias habían intervenido las personas de más valía del país, no se había manchado su pureza con ningún exceso de la plebe, y menos con atropellamientos ni asesinatos. Pero transcurridos algunos días estuvo a riesgo de representarse un espectáculo lastimoso y sumamente trágico. Los comisionados de Murat de que arriba hablamos, el conde del Pinar y Don Juan Meléndez Valdés, por su propia seguridad habían sido detenidos a su arribo a Oviedo juntamente con el comandante la Llave, el coronel de Hibernia Fitzgerald y el comandante de carabineros Ladrón de Guevara, que solos se habían separado de la unánime decisión de los oficiales de sus respectivos cuerpos. Desde el principio el marqués de Santa Cruz, pertinaz y de condición dura, no había cesado de pedir que se les formase causa. Halagaba su opinión a la muchedumbre; pero la junta dilataba su determinación esperando que se templase la ira que contra los arrestados había. Acaeció en el intermedio que acudiendo sucesivamente de los puntos más distantes los nuevos alistados, llegaron los de los concejos que median entre el Navia y Eo, y notose que eran más inquietos y turbulentos que los de los otros partidos. Recelosa la junta de algún desmán, resolvió poner a los detenidos fuera de los lindes del principado. Por atolondramiento u oculta malicia de mano desconocida, se trató de sacarlos en medio del día y públicamente, para que en coche emprendiesen su viaje. A su vista gritaron unas mujerzuelas que se marchan los traidores; y juntándose a sus descompasados clamores un tropel de los reclutas mencionados, cogieron en medio a los cinco desventurados y los condujeron al campo de San Francisco extramuros de la ciudad, en donde atándolos a los árboles se dispusieron a arcabucearlos. En tamaño aprieto felizmente se le ocurrió al canónigo Don Alonso Ahumada buscar para la desordenada multitud el freno de la religión, único que ya podía contenerla, y con el sacramento en las manos y ayudado de personas autorizadas salvó de inminente muerte a los atribulados perseguidos, habiéndose mantenido impávido en el horroroso trance el coronel de Hibernia. Con lo que al paso que se preservaron sus vidas, quedó terso y limpio de todo lunar el bello aspecto del levantamiento de Asturias. Raro ejemplo de moderación en tiempos en que desencadenándose el furor popular se da a veces suelta bajo el manto de patriotismo a las enemistades personales.

Misión
de Inglaterra.

Desde el momento en que la junta de Asturias se pronunció y declaró soberana, trató de entablar negociaciones con Inglaterra. Nombró para que con aquel objeto pasasen a Londres a Don Andrés Ángel de la Vega y al vizconde de Matarrosa, autor de esta historia, así entonces llamado por vivir todavía su padre. La misión era importante y de empeño. Pendía en gran parte de su feliz resultado dar fortunada cima a la comenzada empresa. El viaje por sí presentó dificultades, no habiendo en aquel momento crucero inglés en toda la costa asturiana, y era arriesgado para el deseado fin aventurarse en barco de la propia nación. A los tres días de la insurrección y muy al caso apareció sobre el cabo de Peñas un corsario de Jersey, el cual sospechando engaño resistió al principio entrar en tratos; mas con el cebo de una crecida suma convino en tomar a su bordo los diputados nombrados, quienes desde Gijón se hicieron a la vela el 30 de mayo.

No es de más ni obra del amor propio el detenernos en contar algunos pormenores de la mencionada misión, habiendo servido de cimiento a la nueva alianza que se contrajo con la Inglaterra, y la cual dio ocasión a tantos y tan portentosos acontecimientos. En la noche del 6 de junio arribaron los diputados a Falmouth, y acompañados de un oficial de la marina real inglesa se dirigieron en posta y con gran diligencia a Londres. No eran todavía las siete de la mañana cuando pisaron los umbrales del almirantazgo, y su secretario Mr. Wellesly Pool apenas daba crédito a lo que oía, procurando con ansia descubrir en el mapa el casi imperceptible punto que osaba declararse contra Napoleón. Poco después y en hora tan temprana se avistó con los diputados Mr. Canning, ministro entonces de relaciones extranjeras. En vista de las proclamas y del calor y persuasivo entusiasmo que animaba a los enviados asturianos [común entonces a todos los españoles], no dudó un instante el ministro inglés en asegurarles que el gobierno de S. M. B. protegería con el mayor esfuerzo el glorioso alzamiento de la provincia que representaban. Su pronta y viva penetración de la primera vez columbró el espíritu que debía reinar en toda España cuando en Asturias se había levantado el grito de independencia, previendo igualmente las consecuencias que una insurrección peninsular podría tener en la suerte de Europa y aun del mundo.

Ya con fecha de 12 de junio Mr. Canning comunicaba a los diputados de oficio y por escrito: [*] (* Ap. n. [3-2].) «el rey me manda asegurar a VV. SS. que S. M. ve con el más vivo interés la determinación leal y valerosa del principado de Asturias para sostener contra la atroz usurpación de la Francia una contienda en favor de la restauración e independencia de la monarquía española. Asimismo S. M. está dispuesto a conceder todo género de apoyo y de asistencia a un esfuerzo tan magnánimo y digno de alabanza... El rey me manda declarar a VV. SS. que está S. M. pronto a extender su apoyo a todas las demás partes de la monarquía española que se muestren animadas del mismo espíritu que los habitantes de Asturias.»

Siguiose a esta declaración el envío a aquella provincia de víveres, municiones, armas y vestuarios en abundancia: no fue al principio dinero por no haber los diputados creídolo necesario. Fueron nombrados para que pasasen a Asturias dos oficiales y el mayor general sir Thomas Dyer, quien desde entonces fue el protector constante y desinteresado de los desgraciados patriotas españoles.

Era a la sazón primer lord de la tesorería el duque de Portland, y los nombres tan conocidos después de Castlereagh, Liverpool y Canning entraban a formar parte de su ministerio. Tenían por norma de su política las reglas que habían guiado a Mr. Pitt, con quien habían estado estrechamente unidos. Pero en cuanto a la causa española todos los partidos concurrieron en la misma opinión, sin que hubiese la menor diferencia ni disenso. Claramente apareció esta conformidad en la discusión parlamentaria del 15 de junio en la cámara de los comunes. Mr. Sheridan uno de los corifeos de la oposición, célebre como literato, y célebre como orador, decía en aquella sesión:[*] (* Ap. n. [3-3].) «¿El denodado ánimo de los españoles no tomará mayor aliento cuando sepa que su causa no solo ha sido abrazada por los ministros aisladamente, sino también por el parlamento y el pueblo de Inglaterra? Si hay en España una predisposición para sentir los insultos y agravios que sus habitantes han recibido del tirano de la tierra, y que son sobrado enormes para poder expresarlos con palabras, ¿aquella predisposición no se elevará al más sublime punto con la certeza de que sus esfuerzos han de ser cordialmente sostenidos por una grande y poderosa nación? Pienso que se presenta una importante crisis. Jamás hubo cosa tan valiente, tan generosa, tan noble como la conducta de los asturianos.»

Ambos lados de la cámara aplaudieron aquellas elocuentes palabras que expresaban el común sentir de todos sus individuos. Trafalgar y las famosas victorias alcanzadas por la marina inglesa nunca habían excitado ni mayor alegría ni más universal entusiasmo. El interés nacional anduvo unido en esta ocasión con lo que dictaban la justicia y la humanidad, y así las opiniones más divergentes y encontradas en otros asuntos, se juntaron ahora y confundieron para celebrar en común y de un modo inexplicable el alzamiento de España. Bastó solo la noticia del de Asturias para causar efecto tan prodigioso. No les era dado a los diputados moverse ni ir a parte alguna sin que se prorrumpiese enderredor suyo en vítores y aplausos. Detenemos aquí la pluma ciertos de que se achacaría a estudiada exageración el repetir aun compendiosamente lo que en realidad pasó.[*] (* Ap. n. [3-4].) En medio sin embargo de la universal satisfacción estaban los diputados contristados, habiendo transcurrido más de quince días sin que aportase barco ni aviso alguno de las costas de España. No por eso menguó el entusiasmo inglés: más bien, a ser posible, vino a aumentarle y a sacar a todos de dudas y sobresalto la llegada de Don Francisco Sangro enviado por la junta de Galicia, y el cual traía consigo no solamente la noticia del levantamiento de tan importante y populosa provincia, mas también el de toda la península.

Levantamiento
de Galicia.