Galicia en efecto se había alzado el 30 de mayo, día de San Fernando. La extensión de sus costas, sus muchas rías y abrigados puertos, la desigualdad de su montuoso terreno, su posición lejana y guarecida de angostas y por la mayor parte difíciles entradas, sus arsenales, y en fin sus cuantiosos y variados recursos realzaban la importancia de la declaración de aquel reino.

Además de la inquietud, necesaria y general consecuencia del 2 de mayo, conmovió con particularidad los ánimos en la Coruña la aparición del oficial francés Mongat comisionado para tomar razón de los arsenales de armas y artillería, de la tropa allí existente, y para examinar al mismo tiempo el estado del país. Por ausencia del capitán general Don Antonio Filangieri mandaba el mariscal de campo Don Francisco Biedma, sujeto mirado con desafecto por los militares y vecinos de la ciudad, e inhábil por tanto para calmar la agitación que visiblemente crecía. Aumentola con sus providencias, porque colocando artillería en la plaza de la capitanía general, redoblando su guardia y viviendo siempre en vela, dio a entender que se disponía a ejecutar alguna orden desagradable. El Biedma obraba en este sentido con tanto mayor confianza cuanto quedaban todavía en la Coruña, a pesar de las fuerzas destacadas a Oporto en virtud del tratado de Fontainebleau, el regimiento de infantería de Navarra, los provinciales de Betanzos, Segovia y Compostela, el segundo de voluntarios de Cataluña y el regimiento de artillería del departamento. Para estar más seguro de estos cuerpos pensó también granjearse su voluntad, proponiéndoles conforme a instrucciones de Madrid la etapa de Francia que era más ventajosa. Hubo jefes que aceptaron la oferta, otros la desecharon. Pero este paso fue tan imprudente que despertó en los soldados viva sospecha de que se fraguaba enviarlos del otro lado de los Pirineos, y llenar su hueco con franceses. Sobrecogiose asimismo el paisanaje de temor de la conscripción, en el que le confirmaron vulgares rumores con tanta más prontitud creídos en semejantes casos, cuanto suelen ser más absurdos. Tal fue por ejemplo el de que el francés Mongat había mandado fabricar a la maestranza de artillería miles de esposas destinadas a maniatar hasta la frontera a los mozos que se enganchasen. Por infundada que fuese la voz no era extraño que hallase cabida en los prevenidos ánimos de los gallegos, a cuyos oídos había llegado la noticia de violencias semejantes a las que en la misma Francia se cometían con los conscriptos.

En medio del sobresalto llegó a la Coruña un emisario de Asturias, portador de las nuevas de su primera insurrección, con intento de brindar a las autoridades a imitar la conducta del principado. Se presentó al señor Pagola, regente de la audiencia, quien con la amenaza de castigarle le obligó a retirarse sigilosamente a Mondoñedo. Con todo súpose, y más y más se pronunciaba la opinión sin que hubiera freno que la contuviese. Alcanzaron en tanto a Madrid avisos del estado inquieto de Galicia, y se ordenó pasar allí al capitán general Don Antonio Filangieri, hombre moderado, afable y entendido, hermano del famoso Cayetano, que en su elocuente obra de la legislación había defendido con tanta erudición y celo los derechos de la humanidad. Adorábanle los oficiales, le querían cuantos le trataban; pero la desgracia de haber nacido en Nápoles le privaba del favor de la multitud, tan asombradiza en tiempos turbulentos. Sin embargo habiendo quitado la artillería de delante de sus puertas, y mostrádose suave e indulgente, hubiera quizá parado la revolución si nuevos motivos de desazón y disgusto no hubiesen acelerado su estampido. Primeramente no dejaba de incomodar la arrogancia desdeñosa con que los franceses establecidos en la Coruña miraban a su vecindario desde que el oficial Mongat los alentó con su altivez intolerable, si bien a veces templada por la prudencia de Mr. Fourcroi, cónsul de su nación. Pero más que todo, y ella en verdad decidió el rompimiento, fue la noticia de las renuncias de Bayona, y de la internación en Francia de la familia real, con lo que al paso que el poder de la autoridad se entorpecía y menguaba, creció el ardor popular saltando la valla de la subordinación y obediencia.

Algunos patriotas encendidos del deseo de conservar la independencia y el honor nacional, se juntaban a escondidas con varios oficiales para dar acertado impulso al público descontento. Asistían individuos del regimiento de Navarra, de lo que noticioso el capitán general mandó que aquel cuerpo se trasladase al Ferrol; medida que tal vez influyó en su posterior y lamentable suerte. En lugar de amortiguarse aviváronse con esto los secretos tratos, y ya tocaban al estado de sazón, cuando la víspera de San Fernando entró a caballo por las calles de la Coruña un joven de rostro halagüeño, gallardo en su porte, y tan alborozado que atravesándolas con entusiasmados gritos movió la curiosidad de sus atónitos vecinos. Avistose con el regente de la audiencia, quien cortándole toda comunicación le hizo custodiar en la casa de correos. Allí se agolpó al instante la muchedumbre, y averiguó que el desconocido mozo era un estudiante de la ciudad de León, en donde a imitación de Asturias había la población tratado de levantarse y crear una junta. Con la nueva espuela determinaron los que secretamente y de consuno se entendían, no aguardar más tiempo, y poner cuanto antes el reino de Galicia en abierta insurrección.

El siguiente día 30 ofreciose como el más oportuno impeliendo a su ejecución un impensado incidente. Era costumbre todos los años en dicho día enarbolar la bandera en los baluartes y castillos, y notose que en este se había omitido aquella práctica que solamente se verificaba en conmemoración de Fernando III llamado el Santo, sin atender a que el soberano reinante llevara o no aquel nombre. Mas como ahora desagradaba su sonido al gobierno de Madrid, fuera por su orden o por lisonjearle, se suspendió la antigua ceremonia. El pueblo echando de menos la bandera se mostró airado, y aprovechando entonces los secretos conjurados la oportuna ocasión, enviaron para acaudillarle a Sinforiano López, de oficio sillero, hombre fogoso, y que, dotado de verbosidad popular, era querido de la multitud y a su arbitrio la gobernaba. Luego que se acercó al palacio del capitán general, envió por delante para tantear el ánimo de la tropa algunos niños que con pañuelos fijos en la punta de unos palos, y gritando viva Fernando VII y muera Murat, intentaron meterse por sus filas. Los soldados, en cuyo número se contaban bastantes que estaban de concierto con los atizadores, se reían de los muchachos, y los dejaban pasar y gritar, sin interrumpirlos en su aparente pasatiempo. Alentados los instigadores se atropellaron de golpe hacia el palacio, diputando a unos cuantos para pedir que según costumbre se tremolase la bandera. Aquel edificio está sito dentro de la ciudad antigua; y al ruido de que era acometido, concurrió la multitud de todos los puntos, precipitándose por la puerta Real y la de Aires. Los primeros que en diputación habían penetrado dentro de los umbrales de palacio, alcanzado que hubieron que se enarbolase la bandera, pidieron que volviera a la Coruña el regimiento de Navarra, y como acontece en los bullicios populares, a medida que se condescendía en las peticiones, fuéronse estas multiplicando: por lo que y encrespado el tumulto, Don Antonio Filangieri se desapareció por una puerta excusada y se refugió en el convento de dominicos. No así Don Francisco Biedma y el coronel Fabro, quienes a pesar del odio que contra ambos había como parciales del príncipe de la Paz, osaron salir por la puerta principal. Caro hubo de costarles el temerario arrojo: al Biedma le hirieron de una pedrada, pero levemente; y al Fabro que puesto al frente de los granaderos de Toledo, de cuyo cuerpo era jefe, dio con su espada de plano a uno de los que peroraban a nombre del pueblo, reciamente le apalearon, sin que sus soldados hiciesen ademán siquiera de defenderle: tan aunados estaban militares y paisanos.

Como era día festivo y también por avisos circulados a las aldeas había acudido a la ciudad mucha gente de los contornos, y todos juntos los de dentro y los de fuera asaltaron el parque de armas, y le despojaron de más de 40.000 fusiles. En la acometida corrió gran peligro el comisario de la maestranza de artillería Don Juan Varela, a quien falsamente se atribuía el tener escondidas las esposas que habían de atraillar a los que se llevasen a Francia. Muy al caso le ocurrió a Sinforiano López sacar en procesión el retrato de Fernando VII, con cuya artimaña atrayendo hacia sí a la multitud, salvó a Varela del fatal aprieto.

En fin por la tarde se formó una junta, y a su cabeza se puso el capitán general; entrando en ella las principales autoridades y representantes de las diferentes clases y corporaciones ya civiles ya eclesiásticas. Por indisposición de Filangieri presidió los primeros días la junta el mariscal de campo Don Antonio Alcedo, hombre muy cabal y prudente, y permitió en el naciente fervor que cualquiera ciudadano entrase a proponer en la sala de sesiones lo que juzgase conveniente a la causa pública. Púsose luego coto a una concesión que en otros tiempos hubiera sido indebida y peligrosa.

La junta anduvo en lo general atinada, y tomó disposiciones prontas y vigorosas. Dio igualmente desde el principio una señalada prueba de su desprendimiento en convocar otra junta, que elegida libre y tranquilamente por las ciudades de Galicia, no tuviese la tacha de ser fruto de un alboroto, y de solo representar en ella una pequeña parte de su territorio. Para alcanzar tan laudable objeto se prefirió a cualquiera otro medio el más antiguo y conocido. Cada seis años se congregaba en la Coruña una diputación de todo el reino de Galicia, compuesta de siete individuos escogidos por los diversos ayuntamientos de las siete provincias en que está dividido. Celebrábase esta reunión para conceder la contribución llamada de millones, y elegir un diputado que en unión con los de las otras ciudades de voto en cortes concurriese a formar la diputación de los reinos, que constando de siete individuos, y removiéndose de seis en seis años residía en Madrid, más bien para presenciar festejos públicos y obtener individuales favores que para defender los intereses de sus comitentes. Conforme a su digna resolución expidió la junta sus convocatorias, y envió a todas partes comisionados que pusiesen en ejecución las medidas que había decretado de armamento y defensa. Siendo idéntica la opinión de todos los pueblos, fueron aquellos a doquiera que llegaban recibidos con aplauso y sumisamente acatados. En algunos parajes habían precedido alborotos a la noticia del de la Coruña, y en todos ellos se respetaron y obedecieron las providencias de la junta, corriendo la juventud a alistarse con el mayor entusiasmo. Solamente en el Ferrol hubiera podido desconocerse la autoridad del nuevo gobierno por la oposición que mostraban el conde de Cartaojal, comandante de la división de Ares, y el jefe de escuadra Obregón, que mandaba los arsenales; pero los demás oficiales y soldados conformes con el pueblo en sus sentimientos, y pronunciándose altamente, desbarataron los intentos de sus superiores.

Conmovido así todo el reino de Galicia se aceleró la formación y organización de su ejército. Se incorporaron los reclutas en los regimientos veteranos, y se crearon otros nuevos, entre los que merece particular distinción el batallón llamado literario, compuesto de estudiantes de la universidad de Santiago, tan bien dispuestos y animados como todos los de España en favor de la causa sagrada de la patria. La reunión de estas fuerzas con las que posteriormente se agregaron de Oporto, ascendía en su totalidad a unos 40.000 hombres.

No tardaron mucho en pasar a la Coruña los regidores nombrados por los ayuntamientos de las siete capitales de provincia en representación de su potestad suprema; instalándose con el nombre de junta soberana de Galicia. Asociaron a su seno al obispo de Orense que entonces gozaba de justa popularidad, al de Tuy y a Don Andrés García, confesor de la difunta princesa de Asturias, en obsequio a su memoria. Se mandó asimismo que asistiesen a las comisiones administrativas, en que se distribuyesen los diversos trabajos, personas inteligentes en cada ramo.