El levantamiento de Galicia tuvo como el de toda España su principal origen en el odio a la dominación extranjera, y en la justa indignación provocada por los atroces hechos de Madrid y Bayona. Fueron en aquel reino los militares los primeros motores, sostenidos por la población entera. El clero si bien no dio el impulso, aplaudió y favoreció después la heroica resolución, distinguiéndose más adelante los curas párrocos, quienes fomentaron y mantuvieron la encendida llama del patriotismo. Sin embargo miraron allí con torvo rostro las conmociones populares dos de los más poderosos eclesiásticos, cuales eran Don Rafael Múzquiz, arzobispo de Santiago, y Don Pedro Acuña, ex-ministro de gracia y justicia. Celosos partidarios del príncipe de la Paz asustáronse del advenimiento al trono de Fernando VII, y trabajaron en secreto y con porfiado ahínco por deshacer o embarazar en su curso la comenzada empresa. El de Santiago, portentoso conjunto de corrupción y bajeza, procuraba con aparente fanatismo encubrir su estragada conducta, disfrazar sus vicios y acrecentar el inmenso poderío que le daban sus riquezas y elevada dignidad. Astuto y revolvedor tiró a sembrar la discordia so color de patriotismo. Había entre Santiago, antigua capital de Galicia, y la Coruña que lo era ahora, añejas rivalidades; y para despertarlas ofreció un donativo de tres millones de reales con la condición sediciosa de que la junta soberana fijase su asiento en la primera de aquellas ciudades. Muy bien sabía que no se accedería a su propuesta, y se lisonjeaba de excitar con la negativa reyertas entre ambos pueblos que trabasen las resoluciones de la nueva autoridad. Mas la junta mostró tal firmeza que atemorizado el solapado y viejo cortesano se cobijó bajo la capa pastoral del obispo de Orense para no ser incomodado y perseguido.
A pocos días de la insurrección una voz repentina y general difundida en toda Galicia de que entraban los franceses, dio desgraciadamente ocasión a desórdenes, que si bien momentáneos, no por eso dejaron de ser dolorosos. Así fue que en Orense un hidalgo de Puga mató de un tiro a un regidor a las puertas del ayuntamiento, por habérsele dicho que el tal era afecto a los invasores. Bien es verdad que Galicia dentro de su suelo no tuvo que llorar otra muerte en los primeros tiempos de su levantamiento.
Tuvo sí que afligirse y afligir a España con el asesinato de Don Antonio Filangieri, que saliendo de los lindes gallegos había fijado su cuartel general en Villafranca del Bierzo, y tomado activas providencias para organizar y disciplinar su gente, el cual creyendo oportuno, así para su propósito como para cubrir las avenidas del país de su mando, sacar de la Coruña sus tropas [en gran parte bisoñas y compuestas de gente allegadiza], las situó en la cordillera aledaña del Bierzo, extendiendo las más avanzadas hasta Manzanal, colocado en las gargantas que dan salida al territorio de Astorga. Lo suave de la condición de dicho general y el haberle llamado la junta a la Coruña, alentó a algunos soldados de Navarra, cuyo cuerpo estaba resentido desde la traslación al Ferrol, para acometerle y asesinarle fría y alevosamente el 24 de junio en las calles de Villafranca. Los abanderizó un sargento, y hubo quien buscó más arriba la oculta mano que dirigió el mortal golpe. Atroz y fementido hecho matar a su propio caudillo, respetable varón e inocente víctima de una soldadesca brutal y desmandada. Por largo tiempo quedó impune tan horroroso crimen: al fin y pasados años recibieron los que le perpetraron el merecido castigo. Había sucedido en el mando por aquellos días al desventurado Filangieri Don Joaquín Blake, mayor general del ejército, y antes coronel del regimiento de la Corona. Gozaba del concepto de militar instruido y de profundo táctico. La junta le elevó al grado de teniente general.
De Inglaterra llegaron también a Galicia prontos y cuantiosos auxilios. Su diputado Don Francisco Sangro fue honrado y obsequiado por aquel gobierno, y se remitieron libres a la Coruña los prisioneros españoles que gemían hacía años en los pontones británicos. Arribó al mismo puerto Sir Carlos Stuart, primer diplomático inglés que en calidad de tal pisó el suelo español. La junta se esmeró en agasajarle y darle pruebas de su constante anhelo por estrechar los vínculos de alianza y amistad con S. M. Británica. Las demostraciones de interés que por la causa de España tomaba nación tan poderosa, fortificaron más y más las novedades acaecidas, y hasta los más tímidos cobraron esperanzas.
Levantamiento
de Santander.
Santander agitado y conmovido ponía en sumo cuidado a los franceses, estando casi situado a la retaguardia de una parte considerable de sus tropas, y pudiendo con su insurrección impedir fácilmente que entre sí se comunicasen. También temían que la llama una vez prendida se propagase a las provincias vascongadas, y los envolviese a favor del escabroso terreno, en medio de poblaciones enemigas, fatigándolos y hostigándolos continuadamente. Así fue que el mariscal Bessières no tardó desde Burgos en despachar a aquel punto a su ayudante general Mr. de Rigny, que, después se ha ilustrado más dignamente con los laureles de Navarino. Iba con pliegos para el cónsul francés Mr. de Ranchoup, por los que se amonestaba al ayuntamiento, que en caso de no mantenerse la tranquilidad pasaría una división a castigar con el mayor rigor el más leve exceso. Semejantes amenazas lejos de apaciguar acrecentaron el disgusto y la fermentación. Estaba en su colmo, cuando una leve disputa entre Mr. Pablo Carreyron, francés avecindado, y el padre de un niño a quien aquel había reprendido, atrajo gente, y de unas en otras se enardeció el pueblo clamoreando que se prendiese a los franceses.
Tocaron entonces a rebato las campanas de la catedral y los tambores la generala, resonando por las calles los gritos de viva Fernando VII y muera Napoleón y el ayudante de Bessières. Armado como por encanto el vecindario, arrestó a los franceses, pero con el mayor orden; y conducidos al castillo cuartel de San Felipe, se pusieron guardias a las puertas de las respectivas casas de los presos para que no recibiesen menoscabo en sus propiedades. Era aquel día el 26 de mayo, y como de la Ascensión festivo; por lo que arremolinándose numerosa plebe cerca de la casa del cónsul francés, se desató en palabras y amenazas contra su persona y la de Mr. de Rigny. Sus vidas hubieran peligrado si los oficiales del provincial de Laredo que guarnecían a Santander, no las hubieran puesto en salvo exponiendo las suyas propias. Los sacaron de la casa consular a las once de la noche, y colocándolos en el centro de un círculo que formaron con sus cuerpos, los llevaron al ya mencionado cuartel de San Felipe, dejándolos bajo la custodia de los milicianos que le ocupaban.
Al día inmediato 27 se compuso una junta de los individuos del ayuntamiento y varias personas notables del pueblo, las que eligieron por su presidente al obispo de la diócesis Don Rafael Menéndez de Luarca. Hallábase este ausente en su quinta de Liaño a dos leguas de la ciudad, no pudiendo por tanto haber tomado parte en los acontecimientos ocurridos. El gobierno francés que con estudiado intento no veía entonces en el alzamiento de España sino la obra de los clérigos y los frailes, achacó al reverendo obispo de Santander la insurrección de la provincia cantábrica. Mas fue tan al contrario que en un principio aquel prelado se resistió obstinadamente a admitir la presidencia que le ofreció la junta, y solo a fuerza de reiteradas instancias condescendió con sus ruegos. Era el de Santander eclesiástico austero en sus costumbres, y acatábale el vulgo como si fuera un santo: estaba ciertamente dotado de recomendables prendas, pero las deslucía con terco fanatismo y desbarros que tocaban casi en locura. Dio luego señales de su descompuesto temple, autorizándose con el título de regente soberano de Cantabria a nombre de Fernando VII y con el aditamento de alteza.
A poco se supo la insurrección de Asturias con lo que tomó vuelo el levantamiento de toda la montaña de Santander, y aun los tibios ensancharon sus corazones. Inmediatamente se procedió a un alistamiento general, y sin más dilación y faltos de disciplina salieron los nuevos cuerpos a los confines y puertos secos de la provincia. Mandaba como militar Don Juan Manuel de Velarde, que de coronel fue promovido a capitán general, y el cual se apostó en Reinosa con artillería y 5000 hombres, los más paisanos mezclados con milicianos de Laredo. Su hijo Don Emeterio, muerto después gloriosamente en la batalla de la Albuera, ocupó el Escudo con 2500 hombres, igualmente paisanos. Otros 1000 recogidos de partidas sueltas de Santoña, Laredo y demás puertecillos se colocaron en los Tornos. Por aquí vemos como Santander a pesar de su mayor proximidad a los franceses se arriesgó a contrarrestar sus injustos actos y a emplear contra ellos los escasos recursos que su situación le prestaba.
Levantamiento
de León y
Castilla la Vieja.