Osadía fue sin duda la de esta provincia, pero guarecida detrás de sus montañas no parecía serlo tanto como la de las ciudades y pueblos de la tierra llana de Castilla y León. Sus moradores no atendiendo ni a sus fuerzas ni a su posición, quisieron ciegamente seguir los ímpetus de su patriotismo, y a los pueblos cercanos a tropas francesas salioles caro tan honroso como irreflexionado arrojo. Apenas había alzado Logroño el pendón de la insurrección, cuando pasando desde Vitoria con dos batallones el general Verdier, fácilmente arrolló el 6 de junio a los indisciplinados paisanos, retirándose después de haber arcabuceado a varios de los que se cogieron con las armas en la mano, o a los que se creyeron principales autores de la sublevación. No fue más dichosa en igual tentativa la ciudad de Segovia. Confiando sobradamente en la escuela de artillería establecida en su alcázar, intentó con su ayuda hacer rostro a la fuerza francesa, cerrando los oídos a proposiciones que por medio de dos guardias de Corps le había enviado Murat. En virtud de la repulsa se acercó a la ciudad el 7 de junio el general francés Frère, y los artilleros españoles colocaron las piezas destinadas al ejercicio de los cadetes en las puertas y avenidas. No había para sostenerlas otra tropa que paisanos mal armados, los cuales al empeñarse la refriega se desbandaron dejando abandonadas las piezas. Apoderose de Segovia el enemigo, y el director Don Miguel de Cevallos, los alumnos y casi todos los oficiales se salvaron y acogieron a los ejércitos que se formaban en las otras provincias.

Al mismo tiempo que tales andaban las cosas en puntos aislados de Castilla, tomó cuerpo la insurrección de Valladolid y León, fortificándose con mayores medios y estribando sus providencias en los auxilios que aguardaban de Galicia y Asturias. Desde el momento en que la última de aquellas provincias había en el 23 y 24 de mayo proclamado a Fernando y declarádose contra los franceses, había León imitado su ejemplo. Como a su definitiva determinación hubiesen precedido parciales conmociones, en una de ellas fue enviado a la Coruña el estudiante que tanto tumultuó allí la gente. Mas el estar asentada la ciudad de León en la tierra llana, y el serles a los franceses de fácil empresa apaciguar cualquiera rebelión a sus mandatos, había reprimido el ardor popular. Por fin habiéndose enviado de Asturias 800 hombres para confortar algún tanto a los tímidos, se erigió el 1.º de junio una junta de individuos del ayuntamiento y otras personas, a cuya cabeza estaba como gobernador militar de la provincia D. Manuel Castañón. No eran pasados muchos días cuando se transfirió la presidencia al capitán general bailío Don Antonio Valdés, antiguo ministro de marina, y quien habiendo honrosamente rehusado ir a Bayona, tuvo que huir de Burgos a Palencia y abrigarse al territorio leonés. Fueron de Asturias municiones, fusiles y otros pertrechos, con cuya ayuda se empezó el armamento.

Estaba en Valladolid de capitán general Don Gregorio de la Cuesta militar antiguo y respetable varón, pero de condición duro y caprichudo, y obstinado en sus pareceres. Buen español, acongojábale la intrusión francesa, mas acostumbrado a la ciega subordinación miraba con enojo que el pueblo se entrometiese a deliberar sobre materias que a su juicio no le competían. El distrito de su mando abrazaba los reinos de León y Castilla la Vieja, cuya separación geográfica no ha estorbado que se hubiesen confundido ambos en el lenguaje común y aun en cosas de su gobierno interior. La pesada mano de la autoridad los había molestado en gran manera, y el influjo del capitán general era extremadamente poderoso en las provincias en que aquellos reinos se subdividían. Con todo pudiendo más el actual entusiasmo que el añejo y prolongado hábito de la obediencia, ya hemos visto como en León, sin contar con Don Gregorio de la Cuesta, se había dado el grito del levantamiento. Era la empresa de más dificultoso empeño en Valladolid, así porque dentro residía dicho jefe, como también por el apoyo que le daba la chancillería y sus dependencias. Sin embargo la opinión superó todos los obstáculos.

En los últimos días de mayo el pueblo agavillado quiso exigir del capitán general que se le armase y se hiciese la guerra a Napoleón. Asomado al balcón resistiose Cuesta, y con prudentes razones procuró disuadir a los alborotados de su desaconsejado intento. Insistieron de nuevo estos, y viendo que sus esfuerzos inútilmente se estrellaban contra el duro carácter del capitán general, erigieron el patíbulo vociferando que en él iban a dar el debido pago a tal terquedad, tachada ya de traición por el populacho. Dobló entonces la cerviz Don Gregorio de la Cuesta, prefiriendo a un azaroso fin servir de guía a la insurrección, y sin tardanza congregó una junta a que asistieron con los principales habitantes individuos de todas las corporaciones. El viejo general no permitió que la nueva autoridad ensanchase sus facultades más allá de lo que exigía el armamento y defensa de la provincia; conviniendo tan solo en que a semejanza de Valladolid se instituyese una junta con la misma restricción en cada una de las ciudades en que había intendencia. Así Ávila y Salamanca formaron las suyas, pero la inflexible dureza de Cuesta y el anhelo de estos cuerpos por acrecer su poder, suscitaron choques y reñidas contiendas. Valladolid y las poblaciones libres del yugo francés se apresuraron a alistar y disciplinar su gente, y Zamora y Ciudad Rodrigo suministraron en cuanto pudieron armas y pertrechos militares.

Enlutaron la común alegría algunos excesos de la plebe y de la soldadesca. Murió en Palencia a sus manos un tal Ordóñez que dirigía la fábrica de harinas de Monzón, sujeto apreciable. Don Luis Martínez de Ariza, gobernador de Ciudad Rodrigo, experimentó igual suerte, sirviendo de pretexto su mucha amistad y favor con el príncipe de la Paz. Lo mismo algún otro individuo en dicha plaza; y en la patria del insigne Alonso del Tostado, en Madrigal, fue asesinado el corregidor, y unos alguaciles odiados por su rapaz conducta. Castigó Cuesta con el último suplicio a los matadores; pero una catástrofe no menos triste y dolorosa afeó el levantamiento de Valladolid. Don Miguel de Cevallos, director del colegio de Segovia, a quien hemos visto alejarse de aquella ciudad al ocuparla los franceses, fue detenido a corta distancia en el lugar de Carbonero, achacando infundadamente a traición suya el descalabro padecido. De allí le condujeron preso a Valladolid. Le entraron por la tarde, y fuera malicia o acaso, después de atravesar el portillo de la Merced, torcieron los que le llevaban por el callejón de los toros al campo grande, donde los nuevos alistados hacían el ejercicio. A las voces de que se aproximaba levantose general gritería. Iba a caballo y detrás su familia en coche. Llovieron muy luego pedradas sobre su persona, y a pesar de querer guarecerle los paisanos que le escoltaban, desgraciadamente de una cayó en tierra, y entonces por todas partes le acometieron y maltrataron. En balde un clérigo de nombre Prieto buscó para salvarle el religioso pretexto de la confesión: solo consiguió momentáneamente meterle en el portal de una casa, dentro del cual un soldado portugués de los que habían venido con el marqués de Alorna le traspasó de un bayonetazo. Con aquello enfureciose de nuevo el populacho, arrastró por la ciudad al desventurado Cevallos, y al fin le arrojó al río. Partían el alma los agudos acentos de la atribulada esposa, que desde su coche ponía en el cielo sus quejas y lamentos, al paso que empedernidas mujeres se encarnizaban en la despedazada víctima. Espanta que un sexo tan tierno, delicado y bello por naturaleza, se convierta a veces y en medio de tales horrores en inhumana fiera. Mas apartando la vista de objeto tan melancólico, continuemos bosquejando el magnífico cuadro de la insurrección, cuyo fondo, aunque salpicado de algunas oscuras manchas, no por eso deja de aparecer grandioso y admirable.

Levantamiento
de Sevilla.

Las provincias meridionales de España no se mantuvieron más tranquilas ni perezosas que las que acabamos de recorrer. Movidos sus habitantes de iguales afectos no se desviaron de la gloriosa senda que a todos había trazado el sentimiento de la honra e independencia nacional. Siendo idénticas las causas, unos mismos fueron en su resultado los efectos. Solamente los incidentes que sirvieron de inmediato estímulo variaron a veces. Uno de estos notable e inesperado influyó con particularidad en los levantamientos de Andalucía y Extremadura. Por entonces residía casualmente en Móstoles, distante de Madrid tres leguas, Don Juan Pérez Villamil secretario del almirantazgo. Acaeció en la capital el suceso del 2 de mayo, y personas que en lo recio de la pelea se habían escapado y refugiado en Móstoles, contaron lo que allí pasaba con los abultados colores del miedo reciente. Sin tardanza incitó Villamil al alcalde para que escribiendo al del cercano pueblo pudiese la noticia circular de uno en otro con rapidez. Así cundió creciendo de boca en boca, y en tanto grado exagerada que cuando alcanzó a Talavera pintábase a Madrid ardiendo por todos sus puntos y confundido en muertes y destrozos. Expidiéronse por aquel administrador de correos avisos con la mayor diligencia, y en breve Sevilla y otras ciudades fueron sabedoras del infausto acontecimiento.

Dispuestos como estaban los ánimos, no se necesitaba sino de un levísimo motivo para encenderlos a lo sumo y provocar una insurrección general. El aviso de Móstoles estuvo para realizarla en el mediodía. En Sevilla el ayuntamiento pensó seriamente en armar la provincia, y tratose de planes de armamento y defensa. Órdenes posteriores de Madrid contuvieron el primer amago; pero conmovido el pueblo se alentaron algunos particulares a dar determinado rumbo al descontento universal. Fue en aquella ciudad uno de los principales conmovedores el conde de Tilly, de casa ilustre de Extremadura, hombre inquieto, revoltoso y tachado bastantemente en su conducta privada. Aunque dispuesto para alborotos, e igualmente amigo de novedades que su hermano Guzmán, tan famoso en la revolución francesa, nunca hubiera conseguido el anhelado objeto, si la causa que ahora abrazaba no hubiese sido tan santa, y si por lo mismo no se le hubiesen agregado otras personas respetables de la ciudad.

Juntábanse todos en un sitio llamado el Blanquillo hacia la puerta de la Barqueta, y en sus reuniones debatían el modo de comenzar su empresa. Apareciose al propio tiempo en Sevilla un tal Nicolás Tap y Núñez, hombre poco conocido y que había venido allí con propósito de conmover por sí solo la ciudad. Ardiente y despejado peroraba por calles y plazas, y llevaba y traía a su antojo al pueblo sevillano, subiendo a punto su descaro de pedir al cabildo eclesiástico doce mil duros para hacer el alzamiento contra los franceses; petición a que se negó aquel cuerpo. Se ejercitaba antes en el comercio clandestino, y con el título intruso de corredor tenía mucha amistad con las gentes que se ocupaban en el contrabando con Gibraltar y la costa, a cuyo punto hacía frecuentes viajes. Callaban las autoridades temerosas de mayor mal, y los que con Tilly maquinaban procuraron granjearse la voluntad de quien en pocos días había adquirido más nombre y popularidad que ningún otro. Buscáronle y fácilmente se concertaron.

No transcurría día sin que nuevos motivos de disgusto viniesen a confirmarlos en su pensamiento, y a perturbar a los tranquilos ciudadanos. En este caso estuvieron varios papeles publicados contra la familia de Borbón en el Diario de Madrid que se imprimía desde el 10 de mayo bajo la inspección del francés Esménard. Disonaron sus frases a los oídos españoles no acostumbrados a aquel lenguaje, y unos papeles destinados a rectificar la opinión en favor de las mudanzas acordadas en Bayona, la alejaron para siempre de asentir a ellas y aprobarlas. Gradualmente subía de punto la indignación, cuando de oficio se recibió la noticia de las renuncias de la familia real de España en la persona de Napoleón. Parecioles a Tilly, Tap y consortes que no convenía desaprovechar la ocasión, y se prepararon al rompimiento.