Se escogió el día de la Ascensión 26 de mayo y hora del anochecer para alborotar a Sevilla. Soldados del regimiento de Olivenza comenzaron el estruendo dirigiéndose al depósito de la real maestranza de artillería y de los almacenes de pólvora. Reunióseles inmenso gentío, y se apoderaron de las armas sin desgracia ni desorden. Adelantose a aquel paraje un escuadron de caballería mandado por Don Adrián Jácome, el cual lejos de impedir la sublevación, más bien la aplaudió y favoreció. Prendiendo con inexplicable celeridad el fuego de la revolución hasta en los más apartados y pacíficos barrios, el ayuntamiento se trasladó al hospital de la Sangre para deliberar más desembarazadamente. Pero en la mañana del 27 el pueblo apoderándose de las casas consistoriales abandonadas, congregó en ellas una junta suprema de personas distinguidas de la ciudad. Tap y Núñez procediendo de buena fe era por su extremada popularidad quien escogía los miembros, siendo otros los que se los apuntaban. Así fue que como forastero obrando a ciegas, nombró a dos que desagradaron por su anterior y desopinada conducta. Se le previno, y quiso borrarlos de la lista. Fueron inútiles sus esfuerzos y aun le acarrearon una larga prisión, mostrándose encarnizados enemigos suyos los que tenía por parciales. Suerte ordinaria de los que entran desinteresadamente e inexpertos en las revoluciones: los hombres pacíficos los miran siempre, aun aplaudiendo a sus intentos, como temibles y peligrosos, y los que desean la bulla y las revueltas para crecer y medrar, ponen su mayor conato en descartarse del único obstáculo a sus pensamientos torcidos.
Instalose pues la junta, y nombró por su presidente a Don Francisco Saavedra, antiguo ministro de hacienda, confinado en Andalucía por la voluntad arbitraria del príncipe de la Paz. De carácter bondadoso y apacible, tenía saber extenso y vario. Las desgracias y persecuciones habían quizá quitado a su alma el temple que reclamaban aquellos tiempos. A instancias suyas fue también elegido individuo de la junta el asistente Don Vicente Hore, a pesar de su amistad con el caído favorito. Entró a formar parte y se señaló por su particular influjo el Padre Manuel Gil, clérigo reglar. La espantadiza desconfianza de Godoy que sin razón le había creído envuelto en la intriga que para derribarle habían urdido en 1795 la marquesa de Matallana y el de Malaespina, le sugirió entonces el encerrarle en el convento de Toribios de Sevilla, en el que se corregían los descarríos ciertos o supuestos de un modo vergonzoso y desusado ya aun para con los niños. Disfrutaba el padre Gil, si bien de edad provecta, de la robustez y calor de los primeros años: con facilidad comunicaba a otros el fuego que sustentaba en su pecho, y en medio de ciertas extravagancias más bien hijas de la descuidada educación del claustro que de extravíos de la mente, lucía por su erudición y la perspicacia de su ingenio.
La nombrada junta intitulose suprema de España e Indias. Desazonó a las otras la presuntuosa denominación; pero ignorando lo que allende ocurría, quizá juzgó prudente ofrecer un centro común, que contrapesando el influjo de la autoridad intrusa y usurpadora de Madrid, le hiciese firme e imperturbable rostro. Fue desacuerdo insistir en su primer título luego que supo la declaración de las otras provincias. Su empeño hubiera podido causar desavenencias que felizmente cortaron la cordura y tino de ilustrados patriotas.
Para la defensa y armamento adoptó la junta medidas activas y acertadas. Sin distinción mandó que se alistasen todos los mozos de dieciséis hasta cuarenta y cinco años. Se erigieron asimismo por orden suya juntas subalternas en las poblaciones de 2000 y más vecinos. La oportuna inversión de los donativos cuantiosos que se recibían, como también el cuidado de todo el ramo económico, se puso a cargo de sujetos de conocida integridad. En ciudades, villas y aldeas se respondió con entrañable placer al llamamiento de la capital, y en Arcos como en Carmona, y en Jerez como en Lebrija y Ronda no se oyeron sino patrióticos y acordes acentos.
En la conmoción de la noche del 26 y en la mañana del 27 nadie se había desmandado, ni se habían turbado aquellas primeras horas con muertes ni notables excesos. Estaba reservado para la tarde del mismo 27 que se ensangrentasen los muros de la ciudad con un horrible asesinato. Ya indicamos como el ayuntamiento había trasladado al hospital de la Sangre el sitio de sus sesiones. Dio con este paso lugar a hablillas y rencores. Para calmarlos y obrar de concierto con la junta creada, envió a ella en comisión al conde del Águila procurador mayor en aquel año. A su vista se encolerizó la plebe, y pidió con ciego furor la cabeza del conde. La junta para resguardarle prometió que se le formaría causa, y ordenó que entre tanto fuese enviado en calidad de arrestado a la torre de la puerta de Triana. Atravesó el del Águila a Sevilla entre insultos, pero sin ser herido ni maltratado de obra. Solo al subir a la prisión que le estaba destinada, entrando en su compañía una banda de gente homicida, le intimó que se dispusiese a morir, y atándole a la barandilla del balcón que está sobre la misma puerta de Triana, sordos aquellos asesinos a los ruegos del conde y a las ofertas que les hizo de su hacienda y sus riquezas, bárbaramente le mataron a carabinazos. Fue por muchos llorada la muerte de este inocente caballero, cuya probidad y buen porte eran apreciados en general por todos los sevillanos. Hubo quien achacó imprudencias al conde; otros, y fueron los más, atribuyeron el golpe a enemiga y oculta mano.
Rica y populosa Sevilla, situada ventajosamente para resistir a una invasión francesa, afianzó, declarándose, el levantamiento de España. Mas era menester para poner fuera de todo riesgo su propia resolución contar con San Roque y Cádiz, en donde estaba reunida la fuerza militar de mar y tierra más considerable y mejor disciplinada que había dentro de la nación. Convencida de esta verdad despachó la junta a aquellos puntos dos oficiales de artillería que eran de su confianza. El que fue a San Roque desempeñó su encargo con menos embarazos, hallando dispuesto a Don Francisco Javier Castaños que allí mandaba, a someterse a lo que se le prescribía. Ya de antemano había entablado este general relaciones con Sir Hugo Dalrymple, gobernador de Gibraltar, y lejos de suspender sus tratos por la llegada a su cuartel general del oficial francés Roquiat, de cuya comisión hicimos mención en el anterior libro, las avivó y estrechó más y más. Tampoco se retrajo de continuarlos ni por las ofertas que le hizo otro oficial de la misma nación despachado al efecto, ni con el cebo del virreinato de Méjico que tenían en Madrid como en reserva para halagar con tan elevada dignidad la ambición de los generales, cuya decisión se conceptuaba de mucha importancia. Es de temer no obstante que las pláticas con Dalrymple en nada hubieran terminado, si no hubiese llegado tan a tiempo el expreso de Sevilla. A su recibo se pronunció abiertamente Castaños, y la causa común ganó con su favorable declaración 8941 hombres de tropa reglada que estaban bajo sus órdenes.
Tropezó en Cádiz con mayores obstáculos el conde de Teba, que fue el oficial enviado de Sevilla. Habitualmente residía en aquella plaza el capitán general de Andalucía, siéndolo a la sazón Don Francisco Solano, marqués del Socorro y de la Solana. No hacía mucho tiempo que había regresado a su puesto desde Extremadura y de vuelta de la expedición de Portugal, en donde le vimos soñar mejoras para el país puesto a su cuidado. Después del 2 de mayo solicitado y lisonjeado por los franceses, y sobre todo vencido por los consejos de españoles antiguos amigos suyos, con indiscreción se mostraba secuaz de los invasores, graduando de frenesí cualquiera resistencia que se intentase. Ya antes de mediados de mayo corrió peligro en Badajoz por la poca cautela conque se expresaba. No anduvo más prudente en todo su camino. Al cruzar por Sevilla se avistaron con él los que trabajaban para que aquella ciudad definitivamente se alzase. Esquivó todo compromiso, mas molestado por sus instancias pidió tiempo para reflexionar, y se apresuró a meterse en Cádiz. No satisfechos de su indecisión, luego que tuvo lugar el levantamiento del 27, siendo ya algunos de los conspiradores individuos de la nueva junta, impelieron a esta para que el 28 enviase a aquella plaza al mencionado conde de Teba, quien con gran ruido y estrépito penetró por los muros gaditanos. Era allí muy amado el general Solano: debíalo a su anterior conducta en el gobierno del distrito, en el que se había desvelado por hacerse grato a la guarnición y al vecindario. En idolatría se hubiera convertido la afición primera, si se hubiese francamente declarado por la causa de la nación. Continuó vacilante e incierto, y el titubear de ahora en un hombre antes presto y arrojado en sus determinaciones, fue calificado de premeditada traición. Creemos ciertamente que las esperanzas y promesas con que de una parte le habían traído entretenido, y los peligros que advertía de la otra examinando militarmente la situación de España, le privaron de la libre facultad de abrazar el honroso partido a que era llamado de Sevilla. Así fue que al recibir sus pliegos ideó tomar un sesgo con que pudiera cubrirse.
Convocó a este propósito una reunión de generales, en la que se decidiese lo conveniente acerca del oficio traído por el conde de Teba. Largamente se discurrió en su seno la materia, y prevaleciendo como era natural el parecer de Solano, se acordó la publicación de un bando cuyo estilo descubría la mano de quien le había escrito. Dábanse en él las razones militares que asistían para considerar como temeraria la resistencia a los franceses, y después de varias inoportunas reflexiones se concluía con afirmar que puesto que el pueblo la deseaba, no obstante las poderosas razones alegadas, se formaría un alistamiento y se enviarían personas a Sevilla y otros puntos, estando todos los once, que suscribían al bando, prontos a someterse a la voluntad expresada. Contento Solano con lo que se había determinado le faltó tiempo para publicarlo, y de noche con hachas encendidas y grande aparato mandó pregonar bando por las calles, como si no bastase el solo acuerdo para dar suficiente pábulo a la inquietud del pueblo.
La desusada ceremonia atrajo a muchos curiosos, y luego que oyeron lo que de oficio se anunciaba, irritáronse sobremanera los circunstantes, y con el bullicio y el numeroso concurso pensaron los más atrevidos en aprovecharse de la ocasión que se les ofrecía, y de montón acudieron todos a casa del capitán general. Allí un joven llamado Don Manuel Larrús, subiendo en hombros de otro, tomó la palabra y respondiendo una tras de otra a las razones del bando, terminó con pedir a nombre de la ciudad que se declarase la guerra a los franceses, y se intimase la rendición a su escuadra fondeada en el puerto. Abatiose el altivo Solano a la voz del mozo, y quien para dicha suya y de su patria hubiera podido, acaudillándolas, ser árbitro y dueño de las voluntades gaditanas, tuvo que arrastrarse en pos de un desconocido. Convino pues en juntar al día siguiente los generales, y ofreció que en todo se cumpliría lo que demandaba el pueblo.
La algazara promovida por la publicación del bando siguió hasta rayar la aurora, y la muchedumbre cercó y allanó en uno de sus paseos la casa del cónsul francés Mr. Le Roi, cuyo lenguaje soberbio y descomedido le había atraído la aversión aun de los vecinos más tranquilos. Refugiose el cónsul en el convento de S. Agustín y de allí fue a bordo de su escuadra. Acompañó a este desmán el de soltar a algunos presos, pero no pasó más allá el desorden. Los amotinados se aproximaron después al parque de artillería para apoderarse de las armas, y los soldados en vez de oponerse los excitaron y ayudaron.