A la mañana inmediata 29 de mayo celebró Solano la ofrecida junta de generales, y todos condescendieron con la petición del pueblo. Antes había ya habido algunos de ellos que en vista del mal efecto causado por la publicación del bando, procuraron descargar sobre el capitán general la propia responsabilidad, achacando la resolución a su particular conato: indigna flaqueza que no poco contribuyó a indisponer más y más los ánimos contra Solano. Ayudó también a ello la frialdad e indiferencia que este dejaba ver en medio de su carácter naturalmente fogoso. No descuidaron la malevolencia y la enemistad emplear contra su persona las apariencias que le eran adversas, y ambas pasiones traidoramente atizaron las otras y más nobles que en el día reinaban.

Por la tarde se presentó en la plaza de S. Antonio el ayudante Don José Luquey anunciando al numeroso concurso allí reunido que según una junta celebrada por oficiales de marina, no se podía atacar la escuadra francesa sin destrozar la española todavía interpolada con ella. Se irritaron los oyentes y serían las cuatro de la tarde cuando en seguida se dirigieron a casa del general. Permitiose subir a tres de ellos, entre los que había uno que de lejos se parecía a Solano. El gentío era inmenso y tal el bullicio y la algazara que nadie se entendía. En tanto el joven que tenía alguna semejanza con el general se asomó al balcón. La multitud aturdida tomole por el mismo Solano, y las señas que hacía para ser oído, por una negativa dada a la petición de atacar a la escuadra francesa. Entonces unos sesenta que estaban armados hicieron fuego contra la casa, y la guardia mandada por el oficial San Martín, después caudillo célebre del Perú, se metió dentro y atrancó la puerta. Creció la saña, trajeron del parque cinco piezas y apuntaron contra la fachada, separada de la muralla por una calle baja, un cañón de a veinticuatro de los que coronaban aquella. Rompieron las puertas, huyó Solano, y encaramándose por la azotea se acogió a casa de su vecino y amigo el irlandés Strange. Al llegarse encontró con Don Pedro Olaechea, hombre oscuro, y que habiendo sido novicio en la Cartuja de Jerez, se le contaba entre los principales alborotadores de aquellos días. Presumiendo este que el perseguido general se habría ocultado allí, habíasele adelantado entrando por la puerta principal. Sorprendiose Solano con el inesperado encuentro, mas ayudado del comandante del regimiento de Zaragoza Creach que casualmente entraba a visitar a la señora de Strange, juntos encerraron al ex-cartujo en un pasadizo, de donde queriendo el tal por una claraboya escaparse se precipitó a un patio, de cuyas resultas murió a pocos días. Pero Solano no pudiendo evadirse por parte alguna, se escondió en un hueco oculto que le ofrecía un gabinete alhajado a la turca, donde la multitud corriendo en su busca desgraciadamente le descubrió. Pugnó valerosa, pero inútilmente, por salvarle la esposa del señor Strange Doña María Tuker; hiriéronla en un brazo, y al fin sacaron por violencia de su casa a la víctima que defendía. Arremolinándose la gente colocaron en medio al marqués y se le llevaron por la muralla adelante con propósito de suspenderle en la horca. Iba sereno y con brío, no apareciendo en su semblante decaimiento ni desmayo. Maltratado y ofendido por el paisanaje y soldadesca, recibió al llegar a la plaza de San Juan de Dios una herida que puso término a sus días y a su tormento. Revelaríamos para execración de la posteridad el nombre del asesino, si con certeza hubiéramos podido averiguarlo. Bien sabemos a quién y cómo se ha inculpado, pero en la duda nos abstenemos de repetir vagas acusaciones.

Reemplazó al muerto capitán general D. Tomás de Morla, gobernador de Cádiz. Aprobó la junta de Sevilla el nombramiento, y envió para asistirle y quizá para vigilarle al general Don Eusebio Antonio Herrera, individuo suyo. Se hizo marchar inmediatamente hacia lo interior parte de las tropas que había en Cádiz y sus contornos, no contándose en la plaza otra guarnición que los regimientos provinciales de Córdoba, Écija, Ronda y Jerez, y los dos de línea de Burgos y Órdenes militares, que casi se hallaban en cuadro. El 31 se juró solemnemente a Fernando VII y se estableció una junta dependiente de la suprema de Sevilla. En la misma mañana parlamentaron con los ingleses el jefe de escuadra Don Enrique Macdonnell y el oidor Don Pedro Creux. Conformáronse aquellos con las disposiciones de la junta sevillana, reconocieron su autoridad y ofrecieron 5000 hombres que a las órdenes del general Spencer iban destinados a Gibraltar.

Cobrando cada vez más aliento la junta suprema de Sevilla hizo el 6 de junio una declaración solemne de guerra contra Francia, afirmando «que no dejaría las armas de la mano hasta que el emperador Napoleón restituyese a España al rey Fernando VII y a las demás personas reales, y respetase los derechos sagrados de la nación que había violado, y su libertad, integridad e independencia.» Publicó por el mismo tiempo que esta declaración otros papeles de grande importancia, señalándose entre todos el conocido con el nombre de Prevenciones. En él se daban acomodadas reglas para la guerra de partidas, única que convenía adoptar; se recomendaba el evitar las acciones generales, y se concluía con el siguiente artículo, digno de que a la letra se reproduzca en este lugar: «se cuidará de hacer entender y persuadir a la nación que libres, como esperamos, de esta cruel guerra a que nos han forzado los franceses, y puestos en tranquilidad y restituido al trono nuestro rey y señor Fernando VII, bajo él y por él se convocarán cortes, se reformarán los abusos y se establecerán las leyes que el tiempo y la experiencia dicten para el público bien y felicidad; cosas que sabemos hacer los españoles, que las hemos hecho con otros pueblos sin necesidad de que vengan los... franceses a enseñárnoslo...» Dedúzcase de aquí si fue un fanatismo ciego y brutal el verdadero móvil de la gloriosa insurrección de España, como han querido persuadirlo extranjeros interesados o indignos hijos de su propio suelo.

Jaén y Córdoba se sublevaron a la noticia de la declaración de Sevilla, y se sometieron a su junta, creando otras para su gobierno particular, en que entraron personas de todas clases. En Jaén desconfiándose del corregidor Don Antonio María de Lomas, le trasladaron preso a pocos días a Valdepeñas de la Sierra, en donde el pueblo alborotado le mató a fusilazos. Córdoba se apresuró a formar su alistamiento, dirigió gran muchedumbre de paisanos a ocupar el puente de Alcolea, dándose el mando de aquella fuerza armada, llamada vanguardia de Andalucía, a Don Pedro Agustín de Echevarri. Aprobó la junta de Sevilla dicho nombramiento; la que por su parte no cesaba de activar y promover las medidas de defensa. Confió el mando de todo el ejército a Don Francisco Javier Castaños, recompensa debida a su leal conducta, y el 9 de junio salió este general a desempeñar su honorífico encargo.

Rendición
de la escuadra
francesa surta
en Cádiz.

Entre tanto quedaba por terminar un asunto que al paso que era grave interesaba a la quietud y aun a la gloria de Cádiz. La escuadra francesa surta en el puerto todavía tremolaba a su bordo el pabellón de su nación, y el pueblo se dolía de ver izada tan cerca de sus muros y en la misma bahía una bandera tenida ya por enemiga. Era además muy de temer, abierta la comunicación con los ingleses, que no consintiesen estos tener largo tiempo casi al costado de sus propias naves y en perfecta seguridad una escuadra de su aborrecido adversario. Instó por consiguiente el pueblo en que prontamente se intimase la rendición al almirante francés Rossilly. El nuevo general Morla, fuera prudencia para evitar efusión de sangre, o fuera que anduviese aún dudoso en el partido que le convenía abrazar [sospecha a que da lugar su posterior conducta], procuraba diferir las hostilidades divirtiendo la atención pública con mañosas palabras y dilaciones. El almirante francés con la esperanza de que avanzasen a Cádiz tropas de su nación, pedía que no se hiciese novedad alguna hasta que el emperador contestase a la demanda hecha en proclamas y declaraciones de que se entregase a Fernando VII: estratagema que ya no podía engañar ni sorprender a la honradez española. Aprovechándose de la tardanza mejoraron los franceses su posición, metiéndose en el canal del arsenal de la Carraca, y colocándose de suerte que no pudieran ofenderles los fuegos de los castillos ni de la escuadra española. Constaba la francesa de cinco navíos y una fragata: su almirante Mr. de Rossilly hizo después una nueva proposición, y fue que para tranquilizar los ánimos saldría de bahía si se alcanzaba del británico, anclado a la boca, el permiso de hacerse a la vela sin ser molestado; y si no, que desembarcaría sus cañones, conservaría a bordo las tripulaciones y arriaría la bandera, dándose mutuamente rehenes, y con el seguro de ser respetado por los ingleses. Morla rehusó dar oídos a proposición alguna que no fuese la pura y simple entrega.

Hasta el 9 de junio se habían prolongado estas pláticas, en cuyo día temiéndose el enojo público se rompió el fuego. El almirante inglés Collingwood que de Toulon había venido a suceder a Purvis, ofreció su asistencia, pero no juzgándola precisa fue desechada amistosamente. Empezó el cañón del Trocadero a batir a los enemigos, sosteniendo sus fuegos las fuerzas sutiles del arsenal y las del apostadero de Cádiz que fondearon frente de Fort-Luis. El navío francés Algeciras incomodado por la batería de morteros de la cantera, la desmontó: también fue a pique una cañonera mandada por el alférez Valdés y el místico de Escalera, pero sin desgracia. La pérdida de ambas partes fue muy corta. Continuó el fuego el 10, en cuyo día a las tres de la tarde el navío Héroe francés que montaba el almirante Rossilly, puso bandera española en el trinquete, y afirmó la de parlamento el navío Príncipe, en el que estaba Don Juan Ruiz de Apodaca comandante de nuestra escuadra. Abriéronse nuevas conferencias que duraron hasta la noche del 13, y en ella se intimó a Rossilly que a no rendirse romperían fuego destructor dos baterías levantadas junto al puente de la nueva población. El 14 a las siete de la mañana izó el navío Príncipe la bandera de fuego, y entonces se entregaron los franceses a merced del vencedor. Regocijó este triunfo, si bien no costoso ni difícil, porque con eso quedaba libre y del todo desembarazado el puerto de Cádiz, sin haber habido que recurrir a las fuerzas marítimas de los nuevos aliados.

En tanto Sevilla, acelerando el armamento y la organización militar, envió a todas partes avisos y comisionados; y Canarias y las provincias de América no fueron descuidadas en su solícita diligencia. Quiso igualmente asentar con el gobierno inglés directas relaciones de amistad y alianza, no bastándole las que interinamente se habían entablado con sus almirantes y generales: a cuyo fin diputó con plenos poderes a los generales D. Adrián Jácome y D. Juan Ruiz de Apodaca, que después veremos en Inglaterra. Ahora conviene seguir narrando la insurrección de las otras provincias.

Levantamiento
de Granada.