Hemos referido más arriba que Córdoba y Jaén habían reconocido la supremacía de Sevilla. No fue así en Granada. Asiento de una capitanía general y de una chancillería, no había estado avezada aquella ciudad, así por esto como por su extensión y riqueza a recibir órdenes de otra provincia. Por tanto determinó elegir un gobierno separado, levantar un ejército propio suyo, y concurrir con brillantez y esfuerzo a la común defensa. En los dos últimos meses se habían dejado sentir los mismos síntomas de desasosiego que en las otras partes; pero no adquirió aquel descontento verdadera forma de insurrección hasta el 29 de mayo. A la una de aquel día entró por la ciudad a caballo y con grande estruendo el teniente de artillería Don José Santiago, que traía pliegos de Sevilla. Acompañado de paisanos de las cercanías y de otros curiosos que se agregaron con tanta más facilidad cuanto era domingo, se dirigió a casa del capitán general.
Éralo a la sazón Don Ventura Escalante, hombre pacífico y de escaso talento, quien aturdido con la noticia de Sevilla se quedó sin saber a qué partido ladearse. Por de pronto con evasivas palabras se limitó a mandar al oficial que se retirase, con lo que creció por la noche la agitación, y agriamente se censuró la conducta tímida del general. Ser el día siguiente 30 el de San Fernando, no poco influyó para acalorar más los ánimos. Así fue que por la mañana agolpándose mucha gente a la plaza nueva, en donde está la chancillería, residencia del capitán general, se pidió con ahínco por los que allí se agruparon que se proclamase a Fernando VII. El general, en aquel aprieto, con gran séquito de oficiales, personas de distinción y rodeado de la turba conmovida salió a caballo, llevando por las calles como en triunfo el retrato del deseado rey. Pero viendo el pueblo que las providencias tomadas se habían limitado al vano aunque ostentoso paseo, se indignó de nuevo, e incitado por algunos acudió de tropel y por segunda vez a casa del general, y sin disfraz le requirió que desconfiándose de su conducta era menester que nombrase una junta, la cual encargada que fuese del gobierno, cuidara con particularidad de armar a los habitantes. Cedió el Escalante a la imperiosa insinuación. Parece ser que el principal promovedor de la junta, y el que dio la lista de sus miembros, fue un monje jerónimo llamado el P. Puebla, hombre de vasta capacidad y de carácter firme. Eligiose por presidente al capitán general, y más de cuarenta individuos de todas clases entraron a componer la nueva autoridad. Al instante se pensó en medidas de guerra: el entusiasmo del pueblo no tuvo límites, y se alistó la gente en términos que hubo que despedir gran parte. Llovieron los donativos y las promesas, y bien pronto no se vieron por todos lados sino fábricas de monturas, de uniformes y de composición de armas. Granada puede gloriarse de no haber ido en zaga en patriotismo y heroicos esfuerzos a ninguna otra de las provincias del reino. Y ¡ojalá que en todas hubiera habido tanta actividad y tanto orden en el empleo de sus medios!
Pero, ciudad extendida e indefensa, hubiera sin embargo corrido gran riesgo si alguna fuerza enemiga se hubiera acercado a sus puertas. Se hallaba sin tropas, destinadas a otros puntos las que antes la guarnecían. Un solo batallón suizo que quedaba, por orden de la corte se había ya puesto en marcha para Cádiz. Felizmente no se había alejado todavía, y en obediencia a un parte de la junta retrocedió y sirvió de apoyo a la autoridad.
Declarada con entusiasmo la guerra a Bonaparte, requisito que acompañaba siempre a la insurrección, se llamó de Málaga a Don Teodoro Reding, su gobernador, para darle el mando de la gente que se armase, y tuvo la especial comisión de adiestrarla y disciplinarla el brigadier Don Francisco Abadía, quien la desempeñó con celo y bastante acierto. Todos los pueblos de la provincia imitaron el ejemplo de Granada. En Málaga pereció desgraciadamente el 20 de junio el vicecónsul francés Mr. D’Agaud y Don Juan Croharé, que sacó a la fuerza el populacho del castillo de Gibralfaro en donde estaban detenidos. Pero sus muertes no quedaron impunes, vengándolas el cadalso en la persona de Cristóbal Ávalos y de otros dos, a quienes se consideró como principales culpados.
La junta de Granada no contenta con los auxilios propios y con las armas que aguardaba de Sevilla, envió a Gibraltar en comisión a Don Francisco Martínez de la Rosa, quien a pesar de su edad temprana era ya catedrático en aquella universidad, y mereció por sus aventajadas partes ser honrado con encargo de tanta confianza. No dejó en su viaje de encontrar con embarazos, recelosos los pueblos de cualquiera pasajero que por ellos transitaba. Siendo el segundo español que en comisión fue a Gibraltar para anunciar la insurrección de las provincias andaluzas, le acogieron los moradores con júbilo y aplauso. No tanto el gobernador Sir Hugo Dalrymple. Prevenido en favor de un enviado de Sevilla que era el que le había precedido, temía el inglés una fatal desunión si todos no se sometían a un centro común de autoridad. Al fin condescendió en suministrar al comisionado de Granada fusiles y otros pertrechos de guerra, con lo que, y otros recursos que le facilitaron en Algeciras, cumplió satisfactoriamente con su encargo. A la llegada de tan oportunos auxilios se avivó el armamento, y en breve pudo Granada reunir una división considerable de sus fuerzas a las demás de Andalucía, capitaneándolas el mencionado Don Teodoro Reding, de quien era mayor general Don Francisco Abadía, y teniendo por intendente a Don Carlos Veramendi, sujetos todos tres muy adecuados para sus respectivos empleos.
Deslustrose el limpio brillo de la revolución granadina con dos deplorables acontecimientos. Don Pedro Trujillo, antiguo gobernador de Málaga, residía en Granada, y mirábasele con particular encono por su anterior proceder y violentas exacciones, sin recomendarle tampoco a las pasiones del día su enlace con Doña Micaela Tudó, hermana de la amiga del príncipe de la Paz. Hiciéronse mil conjeturas acerca de su mansión, e imputábasele tener algún encargo de Murat. Para protegerle y calmar la agitación pública, se le arrestó en la Alhambra. Determinaron después bajarle a la cárcel de corte, contigua a la chancillería, y esta fue su perdición, porque al atravesar la plaza nueva se amontonó gente dando gritos siniestros, y al entrar en la prisión se echaron sobre él a la misma puerta y le asesinaron. Lleno de heridas arrastraron como furiosos su cadáver. Achacose entre otros a tres negros el homicidio, y sumariamente fueron condenados, ejecutados en la cárcel, y ya difuntos puestos en la horca una mañana. Al asesinato de Trujillo siguiéronse otros dos, el del corregidor de Velez-Málaga y el de Don Bernabé Portillo, sujeto dado a la economía política, y digno de aprecio por haber introducido en la abrigada costa de Granada el cultivo del algodón. Su indiscreción contribuyó a acarrearle su pérdida. Ambos habían sido presos y puestos en la cartuja extramuros para que estuviesen más fuera del alcance de insultos populares. El 23 de junio, día de la octava del Corpus, había en aquel monasterio una procesión. Despachábase por los monjes con motivo de la fiesta mucho vino de su cosecha, y un lego era el encargado de la venta. Viendo este a los concurrentes alegres y enardecidos con el mucho beber, díjoles: «más valía no dejar impunes a los dos traidores que tenemos adentro.» No fue necesario repetir la aleve insinuación a hombres ebrios y casi fuera de sentido. Entraron pues en el monasterio, sacaron a los dos infelices y los apuñalaron en el Triunfo. Sañudo el pueblo parecía inclinarse a ejecutar nuevos horrores, maliciosamente incitado por un fraile de nombre Roldán. Doloroso es en verdad que ministros de un Dios de paz embozados con la capa del patriotismo se convirtiesen en crueles carniceros. Por dicha el síndico del común llamado Garcilaso distrajo la atención de los sediciosos, y los persuadió a que no procediesen contra otros sin suficientes y justificativas pruebas. La autoridad no desperdició la noche que sobrevino: prendió a varios, y de ellos hizo ahorcar a nueve, que cubiertas las cabezas con un velo, se suspendieron en el patíbulo, enviando después a presidio al fraile Roldán. Aunque el castigo era desusado en su manera, y recordaba el misterioso secreto de Venecia, mantuvo el orden y volvió a los que gobernaban su vigoroso influjo. Desde entonces no se perturbó la tranquilidad de Granada, y pudieron sus jefes con más sosiego ocuparse en las medidas que exigía su noble resolución.
Levantamiento
de Extremadura.
La provincia de Extremadura había empezado a desasosegarse desde el famoso aviso del alcalde de Móstoles, que ya alcanzó a Badajoz en 4 de mayo. Era gobernador y comandante general el conde de la Torre del Fresno, quien en su apuro se asesoró con el marqués del Socorro general en jefe de las tropas que habían vuelto de Portugal. Ambos convocaron a junta militar, y de sus resultas se dio el 5 una proclama contra los franceses, la primera quizá que en este sentido se publicó en España, enviando además a Lisboa, Madrid y Sevilla varios oficiales con comisiones al caso e importantes. Obraron de buena fe Torre del Fresno y Socorro en paso tan arriesgado; pero recibiendo nuevos avisos de estar restablecida la tranquilidad en la capital, así uno como otro mudaron de lenguaje y sostuvieron con empeño el gobierno de Madrid. Habían alucinado a Socorro cartas de antiguos amigos suyos, y halagádole la resolución de Murat de que volviese a su capitanía general de Andalucía para donde en breve partió. Su ejemplo y sus consejos arrastraron a Torre del Fresno que carecía de prendas que le realzasen: general cortesano y protegido como paisano suyo por el príncipe de la Paz, aplacíale más la vida floja y holgada que las graves ocupaciones de su destino. Sin la necesaria fortaleza aun para tiempos tranquilos, mal podía contrarrestar el torrente que amenazaba. La fermentación crecía, menguaba la confianza hacia su persona, y avivando las pasiones los impresos de Madrid que tanto las despertaron en Sevilla, trataron entonces algunas personas de promover el levantamiento general. Se contaban en su número y eran los más señalados Don José María Calatrava, después ilustre diputado de cortes, el teniente rey Mancio y el tesorero Don Félix Ovalle, quienes se juntaban en casa de Don Alonso Calderón. Concertose en las diversas reuniones un vasto plan que el 3 o 4 de junio debía ejecutarse al mismo tiempo en Badajoz y cabezas de partido. En el ardor que abrigaban los pechos españoles no era dado calcular friamente el momento de la explosión como en las comunes conjuraciones. Ahora todos conspiraban, y conspiraban en calles y plazas. Ciertos individuos formaban a veces propósito de enseñorearse de esta disposición general y dirigirla; pero un incidente prevenía casi siempre sus laudables intentos.
Así fue en Badajoz, en donde un caso parecido al de la Coruña anticipó el estampido. Había ordenado el gobernador que el 30, día de San Fernando, no se hiciese la salva, ni se enarbolase la bandera. Notose la falta, se apiñó la gente en la muralla, y una mujer atrevida después de reprender a los artilleros cogió la mecha y prendió fuego a un cañón. Al instante dispararon los otros, y a su sonido levantose en toda la ciudad el universal grito de viva Fernando VII y mueran los franceses. Cuadrillas de gente recorrieron las calles con banderolas, panderos y sonajas, sin cometer exceso alguno. Se encaminaron a casa del gobernador, cuya voz se empleó exclusivamente en predicar la quietud. Impacientáronse con sus palabras los numerosos espectadores, y ultrajáronle con el denuesto de traidor. Mientras tanto y azarosamente llegó un postillón con pliegos, y se susurró ser correspondencia sospechosa y de un general francés. Ciegos de ira y sordos a las persuasiones de los prudentes, enfureciéronse los más y treparon sin demora hasta entrarse por los balcones. Acobardado Torre del Fresno se evadió por una puerta falsa, y en compañía de dos personas aceleró sus pasos hacia la puerta de la ciudad que da al Guadiana. Advirtiendo su ausencia siguieron la huella, le encontraron, y rodeado de gran gentío se metió en el cuerpo de guardia sin haber quien le obedeciese. Cundió que se fugaba, y en medio de la pendencia que suscitó el quererle defender unos y acometerle otros, le hirió un artillero, y lastimado de otros golpes de paisanos y soldados fue derribado sin vida. Arrastraron después el cadáver hasta la puerta de su casa, en cuyos umbrales le dejaron abandonado. Víctima inocente de su imprudencia, nunca mereció el injurioso epiteto de traidor con que amargaron sus últimos suspiros.
El brigadier de artillería Don José Galluzo fue elevado al mando supremo, y al gobierno de la plaza el teniente rey Don Juan Gregorio Mancio. Interinamente se congregó una junta de unas veinte personas escogidas entre las primeras autoridades y hombres de cuenta. Los partidos constituyeron del mismo modo otras en sus respectivas comarcas, y unidos obedecieron las órdenes de la capital. Hubo por todas partes el mejor orden, a excepción de la ciudad de Plasencia y de la villa de los Santos, en donde se ensangrentó el alzamiento con la muerte de dos personas. Las clases sin distinción se esmeraron en ofrecer el sacrificio de su persona y de sus bienes, y los mozos acudieron a enregimentarse como si fuesen a una festiva romería.