Entristeció sin embargo a los cuerdos el absoluto poder que por pocos días ejerció el capitán Don Ramón Gavilanes, despachado de Sevilla para anunciar su pronunciamiento. Al principio con nueva tan halagüeña colmó su llegada de júbilo y satisfacción. Acibarose luego al ver que por la flaqueza de Don José Galluzo procedió el Gavilanes a manera de dictador de índole singular, repartiendo gracias y honores, y aun inventando oficios y empleos antes desconocidos. La junta sucumbió a su influjo, y confirmó casi todos los nombramientos; mas volviendo en sí puso término a las demasías del intruso capitán, procurando que se olvidase su propia debilidad y condescendencia con las medidas enérgicas que adoptó. Después ella misma legitimó la autoridad provincial convocando una junta a que fueron llamados representantes de la capital, de los otros partidos, de los gremios y principales corporaciones.

Casi desmantelada la plaza de Badajoz y desprovistos sus habitantes de lo más preciso para su defensa, fue su resolución harto osada, estando el enemigo no lejos de sus puertas. Ocupaba a Elvas el general Kellerman, y para disfrazar el estado de la ciudad alzada, se emplearon mil estratagemas que estorbasen un impensado ataque. La guarnición estaba reducida a 500 hombres. La milicia urbana cubría a veces el servicio ordinario. Uno de los dos regimientos provinciales estaba fuera de Extremadura, el otro permanecía desarmado. Las demás plazas de la frontera, débiles de suyo, ahora lo estaban aún más, arruinándose cada día las fortificaciones que las circuían. Todo al fin fue remediándose con la actividad y celo que se desplegó. Al acabar junio contó ya el ejército extremeño 20.000 hombres. Sirvieron mucho para su formación los españoles que a bandadas se escapaban de Portugal a pesar de la estrecha vigilancia de Junot: y de los pasados portugueses y del propio ejército francés pudo levantarse un cuerpo de extranjeros. Importantísimo fue para España y particularmente para Sevilla el que se hubiera alzado Extremadura. Con su ayuda se interrumpieron las comunicaciones directas de los franceses del Alentejo y de la Mancha, y no pudieron estos ni combinar sus operaciones, ni darse la mano para apagar la hoguera de insurrección encendida en la principal cabeza de las Andalucías.

Conmociones en
Castilla la Nueva.

Ocupadas u observadas de cerca por el ejército francés las cinco provincias en que se divide Castilla la Nueva, no pudieron en lo general sus habitantes formar juntas ni constituirse en un gobierno estable y regular. Procuraron con todo en muchas partes cooperar a la defensa común, ya enviando mozos y auxilios a las que se hallaban libres, ya provocando y favoreciendo la deserción de los regimientos españoles que estaban dentro de su territorio, y ya también hostigando al enemigo e interceptando sus correos y comunicaciones. El ardor de Castilla por la causa de la patria caminaba al par del de las otras provincias del reino, y a veces raros ejemplos de valor y bizarría ennoblecieron e ilustraron a sus naturales. Más adelante veremos los servicios que allí se hicieron, sobre todo en la desprevenida y abierta Mancha. Ya desde el principio se difundieron proclamas para excitar a la guerra, y aun hubo parajes en que hombres atrevidos dieron acertado impulso a los esfuerzos individuales.

Penetradas de iguales sentimientos y alentadas por la protección que las circunstancias les ofrecían, lícito les fue a las tropas que tenían sus acantonamientos en los pueblos castellanos, desampararlos e ir a incorporarse con los ejércitos que por todas partes se levantaban. Entre las acciones que brillaron con más pureza en estos días de entusiasmo y patriotismo, asombrosa fue y digna de mucha loa la resolución de Don José Veguer, comandante de zapadores y minadores, quien desde Alcalá de Henares y a tan corta distancia de Madrid partió en los últimos días de mayo con 110 hombres, la caja, las armas, banderas, pertrechos y tambores, y desoyendo las promesas que en su marcha recibió de un emisario de Murat, en medio de fatigas y peligros, amparado por los habitantes, y atravesando por la sierra de Cuenca, tomó la vuelta de Valencia, a cuya junta se ofreció con su gente. Al amor de la insurrección que cundía, buscaron los otros soldados el honroso sendero ya trillado por los zapadores. Así se apresuraron en la Mancha a imitar su glorioso ejemplo los carabineros reales, y en Talavera sucedió otro tanto con los voluntarios de Aragón y un batallón de Saboya que iban con destino a domeñar la Extremadura. ¿Qué más? De Madrid mismo desertaban oficiales y soldados sueltos de todos los cuerpos y partidas enteras, como se verificó con una de dragones de Lusitania y otra del regimiento de España, la cual salió por sus mismas puertas sin estorbo ni demora. Fácil es figurarse cuál sería la sorpresa y aturdimiento de los franceses al ver el desorden y la agitación que reinaban en las poblaciones mismas de que eran dueños, y la desconfianza y desmayo que debían sembrarse en sus propias filas. Por momentos se acrecentaban sus zozobras, pues cada día recibían la nueva de alguna provincia levantada, y no poco los desconcertó el correo portador de lo que pasaba en la parte oriental de España que vamos a recorrer.

Levantamiento
de Cartagena
y Murcia.

Fue allí Cartagena la primera que dio la señal, compeliendo a levantar el estandarte de independencia a Murcia y pueblos de su comarca. Plaza de armas y departamento de marina reunía Cartagena un cúmulo de ventajas que fomentaban el deseo de resistencia que la dominaba. Se esparció el 22 de mayo que el general Don José Justo Salcedo pasaba a Mahón para encargarse de nuevo del mando de la escuadra allí fondeada y conducirla a Toulon. Interesaba esta providencia a un departamento de cuya bahía aquella escuadra había levado el ancla, y en donde se albergaban muchas personas conexionadas con las tripulaciones de su bordo. Por acaso en el mismo día vinieron las renuncias de Bayona, vehemente incitativo al levantamiento de toda España, y con ellas otras noticias tristes y desconsoladoras. Amontonándose a la vez novedades tan extraordinarias causaron una tremenda explosión. El cónsul de Francia se refugió a un buque dinamarqués. Reemplazó a Don Francisco de Borja, capitán general del departamento, Don Baltasar Hidalgo de Cisneros, siendo después el 10 de junio inmediato asesinado el primero de resultas de un alboroto a que dio ocasión un artículo imprudente de la Gaceta de Valencia. Escogieron por gobernador al marqués de Camarena la Real, coronel del regimiento de Valencia, y se formó en fin una junta de personas distinguidas del pueblo, en cuyo número brillaba el sabio oficial de marina Don Gabriel Ciscar. Cartagena declarada era un fuerte estribo en que se podían apoyar confiadamente la provincia de Murcia y toda la costa. Abiertos sus arsenales y depósitos de armas, era natural que proveyesen en abundancia, como así lo hicieron, de pertrechos militares a todos los que se agregasen para sostener la misma causa. Nada se omitió por la ciudad después de su insurrección para aguijar a las otras. Y fue una de sus oportunas y primeras medidas poner en cobro la escuadra de Mahón, a cuyo puerto y con aquel objeto fue despachado el teniente de navío Don José Duelo, quien llegando a tiempo impidió que se hiciese a la vela como iba Salcedo a verificarlo conformándose con una orden de Murat recibida por la vía de Barcelona.

De los emisarios que Cartagena había enviado a otras partes penetraron en Murcia a las siete de la mañana del 24 de mayo cuatro oficiales aclamando a voces a Fernando VII. Se conmovió el pueblo a tan desusado rumor, y los estudiantes de San Fulgencio, colegio insigne por los claros varones que ha producido, se señalaron en ser de los primeros a abrazar la causa nacional. Acrecentándose el tumulto, los regidores con el cabildo eclesiástico y la nobleza tuvieron ayuntamiento, y acordaron la proclamación solemne de Fernando, ejecutándose en medio de universales vivas. No hubo desgracias en aquella ciudad, y solo por precaución arrestaron a algunos mirados con malos ojos por el pueblo y al que hacía de cónsul francés. En la de Villena pereció su corregidor y algún dependiente suyo, hombres antes odiados. Se eligió una junta de dieciséis personas entre las de más monta, resaltando en la lista el nombre del conde de Floridablanca, con quien a pesar de su avanzada edad todavía nos encontraremos. El mando de las tropas se confió a Don Pedro González de Llamas, antiguo coronel de milicias, y comenzaron a adoptarse medidas de armamento y defensa. Como esta provincia por lo que respecta a lo militar dependía del capitán general de Valencia, sus tropas obraron casi siempre y de consuno, por lo menos en un principio, con las restantes de aquel distrito.

Pero entre las provincias bañadas por el Mediterráneo llamó la atención sobre todas la de Valencia. Levantamiento
de Valencia. Indispensable era que así fuese al ver sus heroicos esfuerzos, sus sacrificios y desgraciadamente hasta sus mismos y lamentables excesos. Tributáronse a unos los merecidos elogios, y arrancaron los otros justos y acerbos vituperios. Los naturales de Valencia activos e industriosos, pero propensos al desasosiego y a la insubordinación, no era de esperar que se mantuviesen impasibles y tranquilos, ahora que la desobediencia a la autoridad intrusa era un título de verdadera e inmarcesible gloria. Sin embargo ni los trastornos de marzo ni los pasmosos acontecimientos que desde entonces se agolparon unos en pos de otros, habían suscitado sino hablillas y corrillos hasta el 23 de mayo. En la madrugada de aquel día se recibió la Gaceta de Madrid del 20, en la que se habían insertado las renuncias de la familia real en la persona del emperador de los franceses. Solían por entonces gentes del pueblo juntarse a leer dicho papel en un puesto de la plazuela de las Pasas, encargándose uno de satisfacer en voz alta la curiosidad de los demás concurrentes. Tocó en el 23 el desempeño de la agradable tarea a un hombre fogoso y atrevido, quien al relatar el artículo de las citadas renuncias rasgó la Gaceta y lanzó el primer grito de viva Fernando VII y mueran los franceses. Respondieron a su voz los numerosos oyentes, y corriendo con la velocidad del rayo se repitió el mismo grito hasta en los más apartados lugares de la ciudad. Se aumentó el clamoreo agrupándose miles de personas, y de tropel acudieron a la casa del capitán general, que lo era el conde de la Conquista. En vano intentó este apaciguarlos con muchas y atentas razones. El tumulto arreció, y en la plazuela de Santo Domingo mostráronse sobre todo los amotinados muy apiñados y furiosos.

Faltábales caudillo, y allí por primera vez se les presentó el P. Juan Rico, religioso franciscano, el cual resuelto, fervoroso, perito en la popular elocuencia y resguardado con el hábito que le santificaba a los ojos de la muchedumbre, unía en su persona poderosos alicientes para arrastrar tras sí a la plebe, dominarla e impedir que enervase esta su fuerza con el propio desorden.