Arengó brevemente al innumerable auditorio, le indicó la necesidad de una cabeza, y todos le escogieron para que llevase la voz. Excusose Rico, insistió el pueblo, y al cabo cediendo aquel, fue llevado en hombros desde la plazuela de Santo Domingo al sitio en que el real acuerdo celebraba sus sesiones. Hubo entre los individuos de esta corporación y el P. Rico largo coloquio, esquivando aquellos condescender con las peticiones del pueblo, y persistiendo el último tenazmente en su invariable propósito. Acalorándose con la impaciencia los ánimos, asintieron las autoridades a lo que de ellas se exigía, y se nombró por general en jefe del ejército que iba a formarse al conde de Cervellón, grande de España, propietario rico del país, aunque falto de las raras dotes que semejante mando y aquellos tiempos turbulentos imperiosamente reclamaban. Como el de la Conquista y el real acuerdo habían con repugnancia sometídose a tamaña resolución, procuraron escudarse con la violencia dando subrepticiamente parte a Madrid de lo que pasaba, y pidiendo con ahínco un envío de tropas que los protegiese. El pueblo ignorante de la doblez tranquilamente se recogió a sus casas la noche del 23 al 24. En ella había el arzobispo tanteado a Rico, y ofrecídole una cuantiosa suma si quería desamparar a Valencia, cuyo paso habiendo fallado por la honrosa repulsa del solicitado, se despertaron los recelos, y en acecho los principales promovedores del alboroto prepararon otro mayor para la mañana siguiente.

Rico se había albergado aquella noche en el convento del Temple en el cuarto de un amigo. Muy temprano y a la sazón en que el pueblo empezó a conmoverse, fue a visitarle el capitán de Saboya Don Vicente González Moreno con dos oficiales del propio cuerpo. Era de importancia su llegada, porque además de aunarse así las voluntades de militares y paisanos, tenía Moreno amistad con personas de mucho influjo en el pueblo y huerta de Valencia, tales eran Don Manuel y Don Mariano Beltrán de Lis, quienes de antemano juntábanse con otros a deplorar los males que amenazaban a la patria, pagaban gente que estuviese a su favor, y atizaban el fuego encubierto y sagrado de la insurrección. Concordes en sentimientos Moreno y Rico meditaron el modo de apoderarse de la ciudadela.

Un impensado incidente estuvo entre tanto para envolver a Valencia en mil desdichas. La serenidad y valor de una dama lo evitó felizmente. Habíase empeñado el pueblo en que se leyesen las cartas del correo que iba a Madrid, y en vano se cansaron muchos en impedirlo. La valija que las contenía fue trasportada a casa del conde de Cervellón, y a poco de haber comenzado el registro se dio con un pliego que era el duplicado del parte arriba mencionado, y en el que el real acuerdo se disculpaba de lo hecho, y pedía tropas en su auxilio. Viendo la hija del conde, que presenciaba el acto, la importancia del papel, con admirable presencia de ánimo al intentar leerle le cogió, rasgole en menudos pedazos, e imperturbablemente arrostró el furor de la plebe amotinada. Esta, si bien colérica, quedó absorta, y respetó la osadía de aquella señora que preservó de muerte cierta a tantas personas. Acción digna de eterno loor.

En el mismo día 24 y conforme a la conmoción preparada pensaron Rico, Moreno y sus amigos en enseñorearse de la ciudadela. Con pretexto de pedir armas para el pueblo se presentaron en gran número delante del acuerdo, y como este contestase, según era cierto, que no las había, exigieron los amotinados para cerciorarse con sus propios ojos que se les dejase visitar la ciudadela, en donde debían estar depositadas. Se concedió el permiso a Rico con otros ocho; pero llegados que fueron, todos entraron de montón, pasando a su bando el barón de Rus que era gobernador. Gran brío dio este suceso a la revolución, y tanto que sin resistencia de la autoridad se declaró el día 25 la guerra contra los franceses, y se constituyó una junta numerosísima en que andaba mezclada la más elevada nobleza con el más humilde artesano.

La situación empero de Valencia hubiera sido muy peligrosa, si Cartagena no la hubiese socorrido con armas y pertrechos de guerra. Estaba en esta parte tan exhausta de recursos que aun de plomo carecía; pero para suplir tan notable falta empezó igualmente la fortuna a soplar con próspero viento. Por singular dicha arribó al Grao una fragata francesa cargada con 4000 quintales de aquel metal, la cual sin noticia del levantamiento vino a ponerse a la sombra de las baterías del puerto, dándole caza un corsario inglés. A la entrada fue sorprendida y apresada, y se envió a su contrario, que bordeaba a la banda de afuera, un parlamento para comunicarle las grandes novedades del día, y confiarle pliegos dirigidos a Gibraltar. En esta doble y feliz casualidad vio el pueblo la mano de la providencia, y se ensanchó su ánimo alborozado.

Hasta ahora en medio del conflicto que había habido entre las autoridades y los amotinados no se había cometido exceso alguno. Sospechas nacidas del acaso empezaron a empañar la revolución valenciana, y acabaron al fin por ensangrentarla horrorosamente.

Don Miguel de Saavedra, barón de Albalat, había sido uno de los primeros nombrados de la junta para representar en ella a la nobleza. Mas reparándose que no asistía, se susurró haber pasado a Madrid para dar en persona cuenta a Murat de las ruidosas asonadas: rumor falso e infundado. Solamente había de cierto que el barón, odiado por el pueblo desde años atrás en que como coronel de milicias decíase haber mandado hacer fuego contra la multitud opuesta a la introducción y establecimiento de aquel cuerpo, creyó prudente alejarse de Valencia mientras durase el huracán que la azotaba, y se retiró a Buñol siete leguas distante. Su ausencia renovó la antigua llaga todavía no bien cerrada, y el espíritu público se encarnizó contra su persona. Para aplacarle ordenó la junta que pues había el barón rehusado acudir a sus sesiones, se presentase arrestado en la ciudadela. Obedeció, y al tiempo que el 29 de mayo regresaba a Valencia, se encontró a tres leguas, en el Mas del Poyo, con el pueblo, que impaciente había salido a aguardar el correo que venía de Madrid. Por una aciaga coincidencia el de Albalat y el correo llegaron juntos, con lo cual tomaron cuerpo las sospechas. Entonces a pesar de sus vivas reclamaciones cogiéronle y le llevaron preso. A media legua de la ciudad se adelantó a protegerle una partida de tropa al mando de Don José Ordóñez, quien a ruegos del barón en vez de conducirle directamente a la ciudadela, torció a casa de Cervellón, extravío que en parte coadyuvó a la posterior catástrofe, extendiéndose la voz de su vuelta, y dando lugar a que se atizase el encono público y aun el privado. Entró en aquellos umbrales amagado ya por los puñales de la plebe: aceleró hacia allí sus pasos el P. Rico, y vio al barón tendido sobre un sofá pálido y descaecido. El infeliz se arrojó a los brazos de quien podía ampararle en su desconsuelo, y con trémulo y penetrante acento le dijo: «Padre, salve usted a un caballero que no ha cometido otro delito que obedecer a la orden de que regresase a Valencia.» Rico se lo prometió, y contando para ello con la ayuda de Cervellón fue en su busca; pero este no menos atemorizado que el perseguido se había metido en la cama con el simulado motivo de estar enfermo, y se negó a verle, y a favorecer a un desgraciado con quien le enlazaba antigua amistad y deudo. Ruin villanía y notable contraposición con el valor e intrepidez que en el asunto de las cartas había mostrado su hija.

Entonces el P. Rico, pidiendo el pueblo desaforadamente la cabeza del barón, determinó con intento de salvarle que se le trasladase a la ciudadela, metiéndole en medio de un cuadro de tropa mandado por Moreno. Sin que fuese roto por los remolinos y oleadas de la turba, consiguieron llegar al pedestal del obelisco de la plaza. Allí al fin forzó el pueblo el cuadro, penetró por todos lados, y sordo a las súplicas y exhortaciones de Rico dieron de puñaladas en sus propios brazos al desventurado barón, cuya cabeza cortada y clavada en una pica la pasearon por la ciudad. Difundiose en toda ella un terror súbito, y la nobleza para apartar toda sospecha aumentó sus ofrecimientos y formó un regimiento de caballería de individuos suyos, que no deslucieron el esplendor de su cuna en empeñadas acciones.

Triste y doloroso como fue el asesinato del barón de Albalat, desaparece a la vista de la horrorosa matanza que a pocos días tuvo que llorar Valencia, y a cuyo recuerdo la pluma se cae de la mano. En 1.º de junio se presentó en aquella ciudad Don Baltasar Calvo, canónigo de San Isidro de Madrid, hombre travieso, de amaño, fanático y arrebatado, con entendimiento bastantemente claro. Entre los dos bandos que anteriormente habían dividido a los prebendados de su iglesia de jansenistas y jesuitas, se había distinguido como cabeza de los últimos, y ensañádose en perseguir a la parcialidad contraria. Ahora tratando de amoldar a su ambición las doctrinas que tenazmente había siempre sostenido, notó muy luego que el padre Rico con su influjo pudiera en gran manera servirle, e hizo resolución de trabar con él amistad; pero ya fuesen celos, o ya que en uno hubiera mejor fe que en otro, no pudieron entenderse ni concordarse. El astuto Calvo procuró entonces urdir con otros la espantosa trama que meditaba. Para encubrir sus torcidos manejos distraía con apariencias de santidad la atención del pueblo, tardando mucho en decir misa, y permaneciendo arrodillado en los templos cuatro o cinco horas en acto de contrita y fervorosa oración. Quería ser dominador de Valencia, y creyó que con la hipocresía y con poner en práctica la infernal maquinación de matar a los franceses, cautivaría el ánimo del pueblo que tanto los odiaba. Para alcanzar su intento era necesario comenzar por apoderarse de la ciudadela, en cuyo recinto había ordenado la junta que aquellos se recogiesen, precaviéndolos de todo daño y respetando religiosamente sus propiedades y haberes. No era difícil la empresa, porque solo habían quedado allí de guarnición unos cuantos inválidos, habiéndose ausentado con su gente para formar una división en Castellón de la Plana Don Vicente Moreno, nombrado antes por la junta gobernador de dicha ciudadela. Calvo conoció bien que dueño de este punto tenía en sus manos una prenda muy importante, y que podría a mansalva cometer la proyectada carnicería.

Él y sus cómplices fijaron el 5 de junio para la ejecución de su espantoso plan, y repentinamente al anochecer, levantando gran gritería y alboroto, sin obstáculo penetraron dentro de los muros de la ciudadela y la dominaron. Fue Calvo de los primeros que entraron, y apresurándose a poner en obra su proyecto se complació en unir a la crueldad la más insigne perfidia. Porque presentándose a los franceses detenidos, con aire de compunción les dijo: «que intentando el populacho matarlos, movido de piedad y caridad cristiana se había anticipado a preservarlos, disponiendo él a escondidas que se evadiesen por el postigo que daba al campo, y partiesen al Grao, en donde encontrarían barcos listos para transportarlos a Francia.» Al propio tiempo que de aquel modo con ellos se expresaba, había preparado para determinarlos y azorar aún más sus caídos ánimos que se diesen por los agavillados gritos amenazadores de traición y venganza. Con semejante amago cedieron los presos a las insinuaciones del fingido amigo, y trataron de salir por el postigo indicado. Al ir a ejecutarlo corrió la voz de que se salvaban los franceses, y hombres ciegos y rabiosos se atropellaron hacia su estancia. Dentro comenzó el horrible estrago: presidíale el feroz clérigo. Hubo tan solo un intermedio en que se llamaron confesores para asistir en su última hora a las infelices víctimas. Aprovechándose de aquellos breves instantes algunas personas humanas volaron a su socorro, acompañadas de imágenes y reliquias veneradas por los valencianos. Su presencia y las enternecidas súplicas de los respetables confesores a veces apiadaban a los verdugos; pero el furibundo Calvo, convertido en carnívora fiera, acallaba con el terror las lágrimas y los quejidos de los que intercedían en favor de tantos inocentes, y estimulaba a sus sicarios añadiendo a las esperanzas de un asalariado cebo la blasfemia de que nada era más grato a los ojos de la divinidad que el matar a los franceses. Quedaban vivos setenta de estos desgraciados, y menos bárbaros los ejecutores que su sanguinario jefe, suspendieron la matanza, y pidieron que se les hiciese gracia. Fingió Calvo acceder a su ruego seguro de que en vano hubiera insistido en que se continuase el destrozo, y mandó que los sacasen por fuera del muro a la torre de Cuarte. Mas, ¡quién creyera tamaña ferocidad! Aquel tigre había a prevención apostado una cuadrilla de bandidos cerca de la plaza de toros, y al emparejar con ella los que ya se juzgaban libres, se vieron acometidos por los encubiertos asesinos, quienes fría y traidoramente los traspasaron con sus espadas y puñales. Perecieron en la noche 330 franceses: pensose que con la oscuridad se pondría término a tan bárbaro furor, pero el de Calvo no estaba todavía satisfecho.