Al empezar el alboroto había la junta comisionado a Rico para que le enfrenase y estorbara los males que amagaban. Inútiles fueron ofertas, ruegos y amenazas. La voz de su primer caudillo fue tan desoída por los amotinados como cuando mataron a Albalat. Nueva prueba si de ella se necesitase de que «los tribunos del pueblo [según la expresión de Tito Livio] más bien que rigen son regidos casi siempre por la multitud.»[*] (* Ap. n. [3-5].) Calvo ensoberbecido se erigió en señor absoluto, y durante la carnicería de la ciudadela expidió órdenes a todas las autoridades, y todas ellas humildemente se le sometieron empezando por el capitán general. Rico desfallecido temió por su persona y se recogió a un sitio apartado. Sin embargo por la mañana recobrando sus abatidas fuerzas montó a caballo, y confiando en que la multitud con su inconstancia desampararía a su nuevo dueño, pensó en prenderle, y estaba a punto de conseguir contra su rival un seguro triunfo, cuando el coronel Don Mariano Usel propuso en la junta que se nombrase a Calvo individuo suyo. Le apoyaron otros dos, por lo que de resultas hubo quien a estos y al Usel los sospechara de no ignorar del todo el origen de los horrores cometidos.

Calvo en la mañana del 6 todavía empapado en la inocente sangre tomó asiento en la junta. Consternados estaban todos sus miembros, y solo Rico despechado por el suceso de la anterior noche, alzó la voz, dirigió con energía su discurso al mismo Calvo, acriminó con negros colores su conducta, y afirmó que Valencia estaba perdida si al instante no se cortaba la cabeza a aquel malvado. Sorprendiose Calvo, pasmáronse los otros circunstantes, y en esto andaban cuando una parte del populacho destacada por su jefe sediento de sangre, después de haber recorrido las casas en que se guarecían unos pocos franceses y de haberlos muerto, arrastró consigo a la presencia de la misma junta ocho de aquellos desgraciados que quiso inmolar en la sala de las sesiones. El cónsul inglés Tupper que antes había salvado a algunos, intentó inútilmente y con harto riesgo de su persona libertar a estos. Los individuos de aquella corporación amedrentados precipitadamente se dispersaron, salpicándose sus vestidos con la sangre de los ocho infelices franceses, vertida sin piedad por infames matadores. Todo fue entonces terror y espanto. Rico se escondió y aun dos veces mudó de disfraz, temiendo la inevitable venganza de Calvo que triunfante dominaba solo, y se disponía a ejecutar actos de inaudita ferocidad.

Felizmente no todos se descorazonaron: al contrario los hubo que trabajando en silencio por la noche, pudieron congregar la junta en la mañana del 7. Vuelto en sí Rico del susto llevó principalmente la voz, y queriendo los asistentes no ser envueltos en la ruina común que amenazaba, decretaron el arresto de Calvo, y antes de que este pudiera ser avisado diéronse priesa a ejecutar la resolución convenida, sorprendiéronle y sin tardanza le pusieron a bordo de un barco que le trasladó a Mallorca. Allí permaneció hasta últimos de junio, en que preso se le volvió a traer a Valencia para ser juzgado. Grandes y honrosos sucesos acaecieron en el intervalo en aquella ciudad, y con los cuales lavó algún tanto el negro borrón que los asesinatos habían echado sobre su gloria. Ahora aunque anticipemos la serie de los acontecimientos, será bien que concluyamos con los hechos de Calvo y de sus cómplices. Así con el pronto y severo castigo respirará el lector angustiado con la nefanda relación de tantos crímenes.

Habiendo vuelto Calvo a Valencia, alegó conforme a la doctrina de su escuela en una defensa que extendió por escrito, que si había obrado mal había sido por hacer el bien, debiendo la intención ponerle a salvo de toda inculpación. Aquí tenemos renovada la regla invariable de los sectarios de Loyola, a quienes todo les era lícito, con tal que, como dice Pascal,[*] (* Ap. n. [3-6].) supiesen dirigir la intención. No le sirvió de descargo a Calvo, porque condenado a la pena de garrote fue ajusticiado en la cárcel a las doce de la noche del 3 de julio, y expuesto su cadáver al público en la mañana del 4. Hubo en la formación y sentencia de la causa algunas irregularidades, que a pesar de la atrocidad de los crímenes del reo hubiera convenido evitar. Achacose también a Calvo haber procedido en virtud de comisión de Murat. Careció de verosimilitud y de fundamento tan extraña acusación. Se inventó para hacerle odioso a los ojos de la muchedumbre, y poder más fácilmente atajarle en su desenfreno. Fue hombre fanático y ambicioso, que mezclando y confundiendo erróneos principios con sus feroces pasiones, no reparó en los medios de llevar a cabo un proyecto que le facilitase obtener el principal y quizá exclusivo influjo en los negocios del día.

La junta pensó además en hacer un escarmiento en los otros delincuentes. Creó con este objeto un tribunal de seguridad pública, compuesto de tres magistrados de la audiencia D. José Manescau, y los señores Villafañe y Fuster. Había la previsión del primero preparado una manera fácil de descubrir a los matadores, y la cual en parte la debió a la casualidad. En la mañana que siguió a la cruel carnicería quince o veinte de los asesinos con las manos aún teñidas en sangre, creyendo haber procedido según los deseos de la junta, se presentaron para entregar los relojes y alhajas de que habían despojado a los franceses muertos, y pidieron en retribución del acto patriótico que habían ejecutado alguna recompensa. El advertido Manescau condescendió en dar a cada uno treinta reales, pero con la precaución al escribano de que les tomase los nombres bajo pretexto que era preciso aquella formalidad para justificar que habían cobrado el dinero. Partiendo de este antecedente pudo probarse quiénes eran los reos, y en el espacio de dos meses se ahorcó públicamente y se dio garrote en secreto a más de doscientos individuos. Severidad que a algunos pareció áspera, pero sin ella la anarquía a duras penas se hubiera reprimido en Valencia y en otros pueblos de su reino, entre los que Castellón de la Plana y Ayora habían visto también perecer a su gobernador y alcalde mayor. Con el ejemplo dado la autoridad recobró la conveniente fuerza.

Luego que la junta se vio desembarazada de Calvo y de sus infernales maquinaciones, se ocupó con más desahogo en el alistamiento y organización de su ejército. El tiempo urgía, repetidos avisos anunciaban que los franceses disponían una expedición contra aquella provincia, y era preciso no desaprovechar tan preciosos momentos. Cartagena suministró inmediatos recursos, y con ellos y los que pudieron sacarse del propio suelo se puso la ciudad de Valencia en estado de defensa. Al mismo tiempo se dirigió sobre Almansa un cuerpo de 15.000 hombres al mando del conde de Cervellón, a quien se juntó de Murcia Don Pedro González de Llamas, y otro de 8000 bajo las de Don Pedro Adorno se situó en las Cabrillas. Tal estaba el reino de Valencia antes de ser atacado por el mariscal Moncey, de cuya campaña nos ocuparemos después.

La justa indignación abrigada en todos los pechos bullía con acelerados latidos en el de los moradores del antiguo asiento de las franquezas y libertades españolas, en la inmortal Zaragoza. Levantamiento
de Aragón. Gloria duradera le estaba reservada, y la patria de Lanuza renovó en nuestros días las proezas que solemos colocar entre las fábulas de la historia. Su levantamiento sin embargo nada ofreció de nuevo ni singular, caminando por los mismos pasos por donde habían ido algunas de las otras provincias. Con mayo empezaron los corrillos y las conversaciones populares, y al recibirse el correo de Madrid agrupábanse las gentes a saber las novedades que traía. Siendo por momentos más tristes y adversas, aguardaban todos que la inquieta curiosidad finalizaría por una estrepitosa explosión. Repartieron en efecto el 24 las cartas llegadas por la mañana, y de boca en boca cundió velozmente cómo Napoleón se erigía en dueño de la monarquía española de resultas de haber renunciado la corona en favor suyo la familia de Borbón. Instantáneamente se armó gran bulla; y hombres, mujeres y niños se precipitaron a casa del capitán general Don Jorge Juan de Guillelmi. Los vecinos de las parroquias de la Magdalena y San Pablo concurrieron en gran número capitaneados por varios de los suyos y entre ellos el tío Jorge, que era del arrabal. Descolló el último sobre todos, y la energía de su porte, el sano juicio que le distinguía, lo recto de su intención y el varonil denuedo con que a cada paso expuso después su vida, le hacen acreedor a una honrosa y particular mención. Hombre sin letras y desnudo de educación culta, halló en la nobleza de su corazón y como por instinto los elevados sentimientos que han ilustrado a los varones esclarecidos. Su nombre aunque humilde, escrito al lado de ellos, resplandecerá sin deslucirlos.

La muchedumbre pidió al capitán general que hiciera dimisión del mando. Costó mucho que se resolviese al sacrificio, mas forzado a ello y conducido preso a la Aljafería, fue interinamente sustituido por su segundo el general Mori. Al anochecer se embraveció el tumulto, y desconfiándose del nuevo jefe por ser italiano de nación, se convidó con el mando a Don Antonio Cornel, antiguo ministro de la guerra, quien rehusó aceptarle.

Mori el 25 congregó una junta, la cual tímida como su presidente buscaba paliativos que sin desdoro ni peligro sacasen a sus miembros del atascadero en que estaban hundidos: inútiles y menguados medios en violentas crisis. Enfadose el pueblo con la tardanza, volviendo sus inquietas miradas hacia Don José Palafox y Melci. Recordará el lector que este militar a últimos de abril, en comisión de su jefe el marqués de Castelar, había ido a Bayona para informar al rey de lo ocurrido en la soltura y entrega del príncipe de la Paz. Continuó allí hasta los primeros días de mayo, en que se asegura regresó a España con encargo parecido al que por el propio tiempo se dio a la junta suprema de Madrid para resistir abiertamente a los franceses. Penetró Palafox por Guipúzcoa, de donde se trasladó a la Torre de Alfranca, casa de campo de su familia cerca de Zaragoza. Permaneciendo misteriosamente en su retiro, movió a sospecha al general Guillelmi, quien le intimó la orden de salir del reino de Aragón. Tenemos entendido que Palafox incomodado entonces, se arrimó a los que anhelaban por un rompimiento, y que no sin noticia suya estalló la revolución zaragozana. Por fin al oscurecer del 25, depuesto ya Guillelmi y quejoso el pueblo de Mori, se despacharon a Alfranca 50 paisanos para traer a la ciudad a Palafox. Al principio se negó a ir aparentando disculpas, y solo cedió al expreso mandato que le fue enviado por el interino capitán general.

Al entrar en Zaragoza pidió que se juntase el acuerdo en la mañana del 26 con intento de comunicarle cosas del mayor interés. En la sesión celebrada aquel día hizo uso de las insinuaciones que se le habían hecho en Bayona para resistir a los franceses, y sobre las cuales a causa de estar S. M. en manos de su enemigo se guardó profundo silencio. Rogó después que se le desembarazase de la importunidad del pueblo que se manifestaba deseoso de nombrarle por caudillo, añadiendo no obstante que su vida y haberes los inmolaría con gusto en el altar de la patria. Enmudecieron todos, y vislumbraron que no desagradaban a los oídos de Palafox los clamores prorrumpidos por el pueblo en alabanza suya. Aguardaba la multitud impaciente a las puertas del edificio, e insistiendo por dos veces en que se eligiese capitán general a su favorecido, alcanzó la demanda cediendo Mori el puesto que ocupaba.