Alzado a la dignidad suprema de la provincia Don José Palafox y Melci fue obedecido en toda ella, y a su voz se sometieron con gusto los aragoneses de acá y allá del Ebro. Admiró su elevación, y aún más que en sus procedimientos no desmereciese de la confianza que en él tenía el pueblo. Todavía mancebo, pues apenas frisaba con los veintiocho años, bello y agraciado de rostro y de persona, con traeres apuestos y cumplidos, cautivaba Palafox la afición de cuantos le veían y trataban. Pero si la naturaleza con larga mano le había prodigado las perfecciones del cuerpo, no se creía hasta entonces que hubiese andado tan generosa en punto a las dotes del entendimiento. Buscado y requerido por las damas de la corrompida corte de Carlos IV, se nos ha asegurado que con porfiado empeño desdeñó el rendimiento obsequioso de la que entre todas era, si no la más hermosa, por lo menos la más elevada. Esta tenacidad fue una de las principales calidades de su alma, y la empleó más oportuna y dignamente en la memorable defensa de Zaragoza. Sin práctica ni conocimiento de la milicia ni de los negocios públicos, tuvo el suficiente tino para rodearse de personas que por su enérgica decisión, o su saber y experiencia le sostuviesen en los apurados trances, o le ayudasen con sus consejos. Tales fueron el padre Don Basilio Bogiero, de la Escuela pía, su antiguo maestro; Don Lorenzo Calvo de Rozas, que habiendo llegado de Madrid el 28 de mayo fue nombrado corregidor e intendente, y el oficial de artillería Don Ignacio López, a quien se debió en el primer sitio la dirección de importantes operaciones.
Para legitimar solemnemente el levantamiento convocó Palafox a cortes el reino de Aragón. Acudieron los diputados a Zaragoza, y el día 9 de junio abrieron sus sesiones [*] (* Ap. n. [3-6 bis].) en la casa de la ciudad, asistiendo 34 individuos que representaban los cuatro brazos, en cuyo número se comprendía el de las ocho ciudades de voto en cortes. Aprobaron estas todo lo actuado antes de su reunión, y después de nombrar a Don José Rebolledo de Palafox y Melci capitán general, juzgaron prudente separarse, formando una junta de 6 individuos que de acuerdo con el jefe militar atendiese a la defensa común. La autoridad y poder de este nuevo cuerpo fueron más limitados que el de las juntas de las otras provincias, siendo Palafox la verdadera, y por decirlo así, la única cabeza del gobierno. Dependió no poco esta diferencia de la particular situación en que se halló Zaragoza, la cual temiendo ser prontamente acometida por los franceses, necesitaba de un brazo vigoroso que la guiase y protegiese. Era esto tanto más urgente cuanto la ciudad estaba del todo desabastecida. No llegaba a 2000 hombres el número de tropas que la guarnecían, inclusos los miñones y partidas sueltas de bandera. De doce cañones se componía toda la artillería, y esta no gruesa, escaseando en mayor proporción los otros pertrechos. En vista de tamaña miseria apresuráronse Palafox y sus consejeros a reunir la gente que de todas partes acudía, y a organizarla, empleando para ello a los oficiales retirados y a los que de Pamplona, San Sebastián, Madrid, Alcalá y otros puntos sucesivamente se escapaban. Restableció en la formación de los nuevos cuerpos el ya desusado nombre de tercios, bajo el que la antigua infantería española había alcanzado tantos laureles, distinguiéndose más que todos el de los estudiantes de la universidad, disciplinado por el barón de Versages. Se recogieron fusiles, escopetas y otras armas, se montaron algunas piezas arrinconadas o viejas, y la fábrica de pólvora de Villafeliche suministró municiones. Escasos recursos si a todo no hubiera suplido el valor y la constancia aragonesa.
El levantamiento se ejecutó en Zaragoza sin que felizmente se hubiese derramado sangre. Solamente se arrestaron las personas que causaban sombra al pueblo.
Enérgico como los demás, fue en especial notable su primer manifiesto por dos de los artículos que comprendía. «1.º Que el emperador, todos los individuos de su familia, y finalmente todo general francés, eran personalmente responsables de la seguridad del rey y de su hermano y tío. 2.º Que en caso de un atentando contra vidas tan preciosas, para que la España no careciese de su monarca usaría la nación de su derecho electivo a favor del archiduque Carlos, como nieto de Carlos III, siempre que el príncipe de Sicilia y el infante Don Pedro y demás herederos no pudieran concurrir.» Échase de ver en la cláusula notada con bastardilla que al paso que los aragoneses estaban firmemente adictos a la forma monárquica de su gobierno, no se habían borrado de su memoria aquellos antiguos fueros que en la junta de Caspe les habían dado derecho a elegir un rey, conforme a la justicia y pública conveniencia.
Levantamiento
de Cataluña.
«Cataluña, como dice Melo, una de las provincias de más primor, reputación y estima que se halla en la grande congregación de estados y reinos, de que se formó la nación española» levantó erguida su cerviz humillada por los que con fementido engaño habían ocupado sus principales fortalezas. Mas desprovistos los habitantes de este apoyo, sobre todo del de Barcelona, grande e importante por el armamento, vestuario, tropa, oficialidad y abundantes recursos que en su recinto se encerraban, faltoles un centro de donde emanasen con uniforme impulso las providencias dirigidas a conmover las ciudades y pueblos de su territorio. No por eso dejaron de ser portentosos sus esfuerzos, y si cabe en ellos y en admirable constancia sobrepujó a todas la belicosa Cataluña. Solamente obstruida y cortada por el ejército enemigo, tuvo al pronto que levantarse desunida y en separadas porciones, tardando algún tiempo en constituirse una junta única y general para toda la provincia.
Las conmociones empezaron a últimos de mayo y al entrar junio. Dentro del mismo Barcelona se desgarraron el 31 de aquel mes los carteles que proclamaban la nueva dinastía. Hubo tumultuosas reuniones, andúvose a veces a las manos, y resultaron muertes y otros disgustos. Los franceses se inquietaron bastantemente, ya por lo populoso de la ciudad, y ya también porque el vecindario amotinado hubiera podido ser sostenido por 3500 hombres de buena tropa española, que todavía permanecían dentro de la plaza, y cuyo espíritu era del todo contrario a los invasores. Sin embargo acalláronse allí los alborotos, pero no en las poblaciones que estaban fuera del alcance de la garra francesa.
Había Duhesme, su general, pensado en hacerse dueño de Lérida para conservar francas sus comunicaciones con Zaragoza. Consiguió al efecto una orden de la junta de Madrid, ya no débil, pero sí culpable, la cual ordenó la entrega a la tropa extranjera. Cauto sin embargo el general francés envió por delante al regimiento de Extremadura, que no pudiendo como español despertar las sospechas de los leridanos le allanase sin obstáculo la ocupación. Penetraron no obstante aquellos habitantes intención tan siniestra, y haciendo en persona la guardia de sus muros rogaron a los de Extremadura que se quedasen afuera. Con gusto condescendieron estos aguardando en la villa de Tárrega favorable coyuntura para pasar a Zaragoza, en cuyo sitio se mantuvieron firmes apoyos de la causa de su patria. Lérida por tanto fue la que primero se armó y declaró ordenadamente. Al mismo tiempo Manresa quemó en público los bandos y decretos del gobierno de Madrid. Tortosa luego que fue informada de las ocurrencias de Valencia, imitó su ejemplo y por desgracia algunos de sus desórdenes, habiendo perecido miserablemente su gobernador Don Santiago de Guzmán y Villoria. Igual suerte cupo al de Villafranca de Panadés, Don Juan de Toda. Así todos los pueblos unos tras de otros o a la vez se manifestaron con denuedo, y allí el lidiar fue inseparable del pronunciamiento. Yendo uno y otro de compañía, nos reservaremos pues el hablar más detenidamente para cuando lleguemos a las acciones de guerra. El principado se congregó en junta de todos sus corregimientos a fines de junio, y se escogió entonces para su asiento la ciudad de Lérida.
Levantamiento
de las Baleares.
Separadas por el Mediterráneo del continente español las Islas Baleares, no solo era de esperar que desconociesen la autoridad intrusa, resguardadas como lo estaban y al abrigo de sorpresa, sino que también era muy de desear que abrazasen la causa común, pudiendo su tranquilo y aislado territorio servir de reparo en los contratiempos, y dejando libres con su declaración las fuerzas considerables de mar y tierra que allí había. Además de la escuadra surta en Menorca, de que hemos hablado, se contaban en todas sus islas unos 10.000 hombres de tropa reglada, cuyo número, atendiendo a la escasez que de soldados veteranos había en España, era harto importante.