Notáronse en todas las Baleares parecidos síntomas a los que reinaban en la península, y cuando se estaba en dudas y vacilaciones arribó de Valencia el 29 de mayo un barco con la noticia de lo ocurrido en aquella ciudad el 23. El general, que lo era a la sazón Don Juan Miguel de Vives, en unión con el pueblo mostrose inclinado a seguir las mismas huellas; pero se retrajo en vista de pliegos recibidos de Madrid pocas horas después, y traídos por un oficial francés. Hízole titubear su contenido, y convocó el acuerdo para que juntos discurriesen acerca de los medios de conservar la tranquilidad. Se traslució su intento, y por la tarde una porción de jóvenes de la nobleza y oficiales formaron el proyecto de trastornar el orden actual, valiéndose de la buena disposición del pueblo. Idearon como paso previo tantear al segundo cabo el mariscal de campo Don Juan Oneille, con ánimo de que reemplazase al general, quien sabiendo lo que andaba paró el golpe reuniendo a las nueve de la noche en las casas consistoriales una junta de autoridades. Se iluminó la fachada del edificio, y se anunció al pueblo la resolución de no reconocer otro gobierno que el de Fernando VII. Entonces fue universal la alegría, unánimes las demostraciones cordiales de patriotismo. Evitó la oportuna decisión del general desórdenes y desgracias. Al día siguiente 30 se erigió la junta que se había acordado en la noche anterior, la cual presidida por el capitán general se compuso de más de 20 individuos, entresacados de las autoridades, y nombrados otros por sus estamentos o clases. Se agregaron posteriormente dos diputados por Menorca, dos por Ibiza, y otro por la escuadra fondeada en Mahón.

En esta última ciudad, siendo las cabezas oficiales de ejército y de marina, se había depuesto y preso al gobernador y al coronel de Soria, Cabrera, y desobedecido abiertamente las órdenes de Murat. Recayó el mando en el comandante interino de la escuadra, a cuyas instancias envió la junta de Mallorca para relevarle al marqués del Palacio, poco antes coronel de húsares españoles.

En nada se había perturbado la tranquilidad en Palma ni en las otras poblaciones. Solo el 29 para resguardar su persona se puso en el castillo de Bellver al oficial francés portador de los pliegos de Madrid. Doloroso fue tener también que recurrir a igual precaución con los dos distinguidos miembros del instituto de Francia, Arago y Biot, quienes en unión con los astrónomos españoles Don José Rodríguez y Don José Chaix habían pasado a aquella isla con comisión científica importante. Era pues la de prolongar a la isla de Formentera la medida del arco del meridiano, observado y medido anteriormente desde Dunkerque hasta Monjuich en Barcelona por los sabios Mechain y Delambre. La operación dichosamente se había terminado antes que las provincias se alzasen, estorbando solo este suceso medir una base de verificación proyectada en el reino de Valencia. Ya el ignorante pueblo los había mirado con desconfianza, cuando para el desempeño de su encargo ejecutaban las operaciones geodésicas y astronómicas necesarias. Figurose que eran planos que levantaban por orden de Napoleón para sus fines políticos y militares. A tales sospechas daban lugar los engaños y aleves arterías con que los ejércitos franceses habían penetrado en lo interior del reino: y en verdad que nunca la ignorancia pudiera alegar motivos que pareciesen más fundados. La junta al principio no osó contrarrestar el torrente de la opinión popular; pero conociendo el mérito de los sabios extranjeros, y la utilidad de sus trabajos, los preservó de todo daño; e imposibilitada por la guerra de enviarlos en derechura a Francia, los embarcó en oportuna ocasión a bordo de un buque que iba a Argel, país entonces neutral, y de donde se restituyeron después a sus hogares.

El entusiasmo en Mallorca fue universal, esmerándose con particularidad en manifestarle las más principales señoras; y si en toda la isla de Mallorca, como decía el cardenal de Retz,[*] (* Ap. n. [3-7].) «no hay mujeres feas», fácil será imaginar el poderoso influjo que tuvieron en su levantamiento.

En Palma se creó un cuerpo de voluntarios con aquel nombre, que después pasó a servir a Cataluña. Y aunque al principio la junta obrando precavidamente no permitió que se trasladasen a la península las tropas que guarnecían las islas, por fin accedió a que se incorporasen sucesivamente con los ejércitos que guerreaban.

Navarra
y provincias
vascongadas.

Unas tras otras hemos recorrido las provincias de España y contado su glorioso alzamiento. Habrá quien eche de menos a Navarra y las provincias vascongadas. Pero lindando con Francia, privados sus moradores de dos importantes plazas, y cercados y opresos por todos lados, no pudieron revolverse ni formalizar por de pronto gobierno alguno. Con todo animadas de patriotismo acendrado impelieron a la deserción a los pocos soldados españoles que había en su suelo, auxiliaron en cuanto alcanzaban sus fuerzas a las provincias lidiadoras, y luego que las suyas estuvieron libres o más desembarazadas se unieron a todas, cooperando con no menor conato a la destrucción del común enemigo. Y más adelante veremos que aun ocupado de nuevo su territorio, pelearon con empeño y constancia por medio de sus guerrillas y cuerpos francos.

Islas Canarias.

En las Islas Canarias aunque algo lejanas de las costas españolas, siguiose el impulso de Sevilla. Dudose en un principio de la certeza de los acontecimientos de Bayona, y se consideraron como invención de la malevolencia, o como voces de intento esparcidas por los partidarios de los ingleses. Mas habiendo llegado en julio noticia de la insurrección de Sevilla y de la instalación de su junta suprema, el capitán general marqués de Casa-Cagigal dispuso que se proclamase a Fernando VII, imitando con vivo entusiasmo los habitantes de todas las islas el noble ejemplo de la península. Hubo sin embargo entre ellas algunas desavenencias, renovando la Gran Canaria sus antiguas rivalidades de primacía con la de Tenerife. Así se crearon en ambas separadas juntas, y en la última despojado del mando Casa-Cagigal, ya de ambas aborrecido, fue puesto en su lugar el teniente de rey Don Carlos O’Donnell. Levantáronse después quejas muy sentidas contra este jefe y la junta de Tenerife, que no cesaron hasta que el gobierno supremo de la central puso en ello el conveniente remedio.

Por lo demás el cuadro que hemos trazado de la insurrección de España parecerá a algunos diminuto o conciso, y a otros difuso u harto circunstanciado. Responderemos a los primeros que no habiendo sido nuestro propósito escribir la historia particular del alzamiento de cada provincia, el descender a más pormenores hubiera sido obrar con desacuerdo. Y a los segundos que en vista de la nobleza de la causa y de la ignorancia cierta o fingida que acerca de su origen y progreso muchos han mostrado, no ha sido tan fuera de razón dar a conocer con algún detenimiento una revolución memorable, que por descuido de unos y malicia de otros se iba sepultando en el olvido o desfigurándose de un modo rápido y doloroso. Para acabar de llenar nuestro objeto, será bien que fundándonos en la verídica relación que precede, sacada de las mejores fuentes, añadamos algunas cortas reflexiones, que arrojando nueva luz refuten las equivocaciones sobrado groseras en que varios han incurrido.