Reflexiones
generales.
Entre estas se ha presentado con más séquito la de atribuir las conmociones de España al ciego fanatismo, y a los manejos e influjo del clero. Lejos de ser así, hemos visto cómo en muchas provincias el alzamiento fue espontáneo, sin que hubiera habido móvil secreto; y que si en otras hubo personas que aprovechándose del espíritu general trataron de dirigirle, no fueron clérigos ni clases determinadas, sino indistintamente individuos de todas ellas. El estado eclesiástico cierto que no se opuso a la insurrección, pero tampoco fue su autor. Entró en ella como toda la nación, arrastrado de un honroso sentimiento patrio, y no impelido por el inmediato temor de que se le despojase de sus bienes. Hasta entonces los franceses no habían en esta parte dado ocasión a sospechas, y según se advirtió en el libro segundo, el clero español antes de los sucesos de Bayona más bien era partidario de Napoleón que enemigo suyo, considerándole como el hombre que en Francia había restablecido con solemnidad el culto. Por tanto la resistencia de España nació de odio contra la dominación extranjera: y el clérigo como el filósofo, el militar como el paisano, el noble como el plebeyo se movieron por el mismo impulso, al mismo tiempo y sin consultar generalmente otro interés que el de la dignidad e independencia nacional. Todos los españoles que presenciaron aquellos días de universal entusiasmo, y muchos son los que aún viven, atestiguarán la verdad del aserto.
No menos infundado aunque no tan general, ha sido achacar la insurrección a conciertos de los ingleses con agentes secretos. Napoleón y sus parciales que por todas partes veían o aparentaban ver la mano británica, fueron los autores de invención tan peregrina. Por lo expuesto se habrá notado cuán ajeno estaba aquel gobierno de semejante suceso, y cuánto le sorprendió la llegada a Londres de los diputados asturianos que fueron los primeros que le anunciaron. Muchas de las costas de España estaban sin buques de guerra ingleses que de cerca observasen o fomentasen alborotos, y las provincias interiores no podían tener relación con ellos ni esperar su pronta y efectiva protección; y aun en Cádiz, en donde había un crucero, se desechó su ayuda, si bien amistosamente, para un combate en el que por ser marítimo les interesaba con más especialidad tomar parte. Véase pues si el conjunto de estos hechos dan el menor indicio de que la Inglaterra hubiese preparado el primero y gran sacudimiento de España.
Mas aun careciendo de la copia de datos que muestran lo contrario, el hombre meditabundo e imparcial fácilmente penetrará que no era dado ni a clérigos ni a ingleses, ni a ninguna otra persona, clase ni potencia por poderosa que fuese, provocar con agentes y ocultos manejos en una nación entera un tan enérgico, unánime y simultáneo levantamiento. Buscará su origen en causas más naturales, y su atento juicio le descubrirá sin esfuerzo en el desorden del anterior gobierno, en los vaivenes que precedieron, y en el cúmulo de engaños y alevosías con que Napoleón y los suyos ofendieron el orgullo español.
No bastaba a los detractores dar al fanatismo o a los ingleses el primer lugar en tan grande acontecimiento. Hanse recreado también en oscurecer su lustre, exagerando las muertes y horrores cometidos en medio del fervor popular. Cuando hemos referido los lamentables excesos que entonces hubo, cubriendo a sus autores del merecido oprobio, no hemos omitido ninguno que fuese notable. Siendo así, dígasenos de buena fe si acompañaron al tropel de revueltas desórdenes tales que deban arrancar las desusadas exclamaciones en que algunos han prorrumpido. Solo pudieran ser aplicables a Valencia y no a la generalidad del reino, y aun allí mismo los excesos fueron inmediatamente reprimidos y castigados con una severidad que rara vez se acostumbra contra culpados de semejantes crímenes en las grandes revoluciones. Pero al paso que profundamente nos dolemos de aquel estrago, séanos lícito advertir que hemos recorrido provincias enteras sin topar con desmán alguno, y en todas las otras no llegaron a treinta las personas muertas tumultuariamente. Y por ventura en la situación de España, rotos los vínculos de la subordinación y la obediencia, con autoridades que compuestas en lo general de hechuras y parciales de Godoy eran miradas al soslayo y a veces aborrecidas, ¿no es de maravillar que desencadenadas las pasiones no se suscitasen más rencillas, y que las tropelías, multiplicándose, no hubiesen salvado todas las barreras? ¿Merece pues aquella nación que se la tilde de cruel y bárbara? ¿Qué otra en tan deshecha tormenta se hubiera mostrado más moderada y contenida? Cítesenos una mudanza y desconcierto tan fundamental, si bien no igualmente justo y honroso, en que las demasías no hayan muy mucho sobrepujado a las que se cometieron en la insurrección española. Nuestra edad ha presenciado grandes trastornos en naciones apellidadas por excelencia cultas, y en verdad que el imparcial examen y cotejo de sus excesos con los nuestros no les sería favorable.
Después de haber tratado de desvanecer errores que tan comunes se han hecho, veamos lo que fueron las juntas y de qué defectos adolecieron. Agregado incoherente y sobrado numeroso de individuos en que se confundía el hombre del pueblo con el noble, el clérigo con el militar, estaban aquellas autoridades animadas del patriotismo más puro, sin que a veces le adornase la conveniente ilustración. Muchas de ellas pusieron todo su conato en ahogar el espíritu popular, que les había dado el ser, y no le sustituyeron la acertada dirección conque hubieran podido manejar los negocios hombres prácticos y de estado. Así fue que bien pronto se vieron privadas de los inagotables recursos que en todo trastorno social suministra el entusiasmo y facilita el mismo desembarazo de las antiguas trabas: no pudiendo en su lugar introducir orden ni regla fija, ya porque las circunstancias lo impedían, y ya también porque pocos de sus individuos estacan dotados de las prendas que se requieren para ello. Hombres tales, escasos en todos los países, era natural que fuesen más raros en España, en donde la opresiva humillación del gobierno había en parte ahogado las bellas disposiciones de los habitantes. Por este medio se explica como a la grandiosa y primera insurrección, hija de un sentimiento noble de honor e independencia nacional, que el despotismo de tantos años no había podido desarraigar, no correspondieron las medidas de gobierno y organización militar y económica que en un principio debieron adoptarse. No obstante justo es decir que los esfuerzos de las juntas no fueron tan cortos ni limitados como algunos han pretendido; y que aun en naciones más adelantadas quizá no se hubiera ido más allá si en lo interior hubiesen tenido estas que luchar con un ejército extranjero, careciendo de uno propio que pudiera llamarse tal, vacías las arcas públicas y poco provistos los depósitos y arsenales.
Fue muy útil que en el primer ardor de la insurrección se formase en cada provincia una junta separada. Esta especie de gobierno federativo, mortal en tiempos tranquilos para España, como nación contigua por mar y tierra a estados poderosos, dobló entonces y aun multiplicó sus medios y recursos; excitó una emulación hasta cierto punto saludable, y sobre todo evitó que los manejos del extranjero, valiéndose de la flaqueza y villanía de algunos, barrenasen sordamente la causa sagrada de la patria. Un gobierno central y único, antes de que la revolución hubiese echado raíces, más fácilmente se hubiera doblegado a pérfidas insinuaciones, o su constancia hubiera con mayor prontitud cedido a los primeros reveses. Autoridades desparramadas como las de las juntas, ni ofrecían un blanco bien distinto contra el que pudieran apuntarse los tiros de la intriga, ni aun a ellas mismas les era permitido [cosa de que todas estuvieron lejos] ponerse de concierto para daño y pérdida de la causa que defendían.
Acompañó al sentimiento unánime de resistir al extranjero otro no menos importante de mejora y reforma. Cierto que este no se dejó ver ni tan clara ni tan universalmente como el primero. Para el uno solo se requería ser español y honrado; mas para el otro era necesario mayor saber que el que cabía en una nación sujeta por siglos a un sistema de persecución e intolerancia política y religiosa. Sin embargo apenas hubo proclama, instrucción o manifiesto de las juntas en que lamentándose de las máximas que habían regido anteriormente, no se diese indicio de querer tomar un rumbo opuesto, anunciando para lo futuro o la convocación de cortes, o el restablecimiento de antiguos fueros, o el desagravio de pasadas ofensas. Infiérase de aquí cuál sería sobre eso la opinión general cuando así se expresaban unas autoridades que compuestas en su mayor parte de individuos de clases privilegiadas, procuraban contener más bien que estimular aquella general tendencia. Así fue que por sus pasos contados se encaminó España a la reforma y mejoramiento, y congregó sus cortes sin que hubiera habido que escuchar los consejos o preceptos del extranjero. Y ¡ojalá nunca los escuchara! Los años en que escribimos han sido testigos de que su intervención tan solo ha servido para hacerla retroceder a tiempos comparables a los de la más profunda barbarie.
Nos parece que lo dicho bastará a deshacer los errores a que ha dado lugar el silencio de algunas plumas españolas, el despique de otras y la ligereza con que muchos extranjeros han juzgado los asuntos de España, país tan poco conocido como mal apreciado.
Antes de concluir el presente libro será justo que demos una razón, aunque breve, de la insurrección de Portugal, Portugal. cuyos acontecimientos anduvieron tan mezclados con los nuestros.