LIBRO CUARTO.


Junta de Madrid.

Antes de haber tomado la insurrección de España el alto vuelo que le dieron en los últimos días de mayo las renuncias de Bayona, recordará el lector como se habían derramado por las provincias emisarios franceses y españoles que con seductoras ofertas trataron de alucinar a los jefes que las gobernaban. La junta suprema de Madrid, principal instigadora de semejantes misiones y providencias, viéndose así comprometida siguió con esmerada porfía en su propósito, y al crujido de la insurrección general, reiterando avisos, instrucciones y cartas confidenciales, avivó su desacordado celo en favor de la usurpación extraña, conservando la ciega y vana esperanza de sosegar por medios tan frágiles el asombroso sacudimiento de una grande y pundonorosa nación.

Comisión que da
al marqués
de Lazán.

Sobresaltada en extremo con la conmoción de Zaragoza acudió con presteza a su remedio. Punzábala este suceso no tanto por su importancia, cuanto por el temor sin duda de que con él se trasluciesen las órdenes que para resistir a los franceses le habían sido comunicadas desde Bayona, y a cuyo cumplimiento había faltado. Presumía que Palafox sabedor de ellas, y encargado de otras iguales o parecidas, les daría entera publicidad, poniendo así de manifiesto la reprensible omisión de la junta, a la que por tanto era urgente aplacar aquel levantamiento. Como el caso requería pulso, se escogió al efecto al marqués de Lazán, hermano mayor del nuevo capitán general de Aragón, en cuya persona concurrían las convenientes calidades para no excitar con su nombre recelos en el asustadizo pueblo, y poder influir con éxito y desembarazadamente en el ánimo de aquel caudillo. Pero el de Lazán, al llegar a Zaragoza, en vez de favorecer los intentos de los que le enviaban, y persuadido también de cuán imposible era resistir al entusiasmo de aquellos moradores, se unió a su hermano y en adelante partió con él los trabajos y penalidades de la guerra.

Su proclama
de 4 de junio.
(* Ap. n. [4-1].)

Arrugándose más y más el semblante del reino, y tocando a punto de venir a las manos, en 4 de junio [*] circuló la junta de acuerdo con Murat una proclama en la que se ostentaban las ventajas de que todos se mantuviesen sosegados, y aguardasen a que el héroe que admiraba al mundo concluyera la grande obra en que estaba trabajando de la regeneración política. Tales expresiones alborotaban los ánimos lejos de apaciguarlos, y por cierto rayaba en avilantez el que una autoridad española osase ensalzar de aquel modo al causador de las recientes escenas de Bayona, y además era, por decirlo así, un desenfreno del amor propio imaginarse que con semejante lenguaje se pondría pronto término a la insurrección.

Su celo en favor
de la diputación
de Bayona.

Viendo cuán inútiles eran sus esfuerzos, y ansiosa de encontrar por todas partes apoyo y disculpa a sus compromisos, trabajó con ahínco la junta para que acudiesen a Bayona los individuos de la diputación convocada a aquella ciudad. Crecían los obstáculos para la reunión con los bullicios de las provincias, y con la repulsa que dieron algunos de los nombrados. Indicamos ya como el bailío Don Antonio Valdés Valdés. había rehusado ir, prefiriendo con gran peligro de su persona fugarse de Burgos donde residía a la mengua de autorizar con su presencia los escándalos de Bayona. Marqués
de Astorga. Excusose también el marqués de Astorga sin reparar en que siendo uno de los primeros próceres del reino, la mano enemiga le perseguiría y le privaría de sus vastos estados y riquezas. Pero quien aventajó a todos en la resistencia fue el reverendo obispo de Orense Obispo
de Orense. Don Pedro de Quevedo y Quintano. La contestación de este prelado al llamamiento de Bayona, obra señalada de patriotismo, unió a la solidez de las razones un atrevimiento hasta entonces desconocido a Napoleón y sus secuaces. Al modo de los oradores más egregios de la antigüedad, usó con arte de la poderosa arma de la ironía, sin deslucirla con bajas e impropias expresiones. Desde Orense y en 29 de mayo no levantada todavía Galicia, y sin noticia de la declaración de otras provincias, dirigió su contestación al ministro de gracia y justicia. Como en su contenido se sentaron las doctrinas más sanas y los argumentos más convincentes en favor de los derechos de la nación y de la dinastía reinante, recomendamos muy particularmente la lectura de tan importante documento, que a la letra hemos insertado en el apéndice.[*] (* Ap. n. [4-2].) Difícilmente pudieran trazarse con mayor vigor y maestría las verdades que en él se reproducen. Así fue que aquella contestación penetró muy allá en todos los corazones, causando impresión profundísima y duradera. Pero Murat y la junta de Madrid no por eso cesaron en sus tentativas, y con fatal empeño aceleraron la partida de las personas que de montón se nombraban para llenar el hueco de las que esquivaban el ominoso viaje.