Proclama de
Bayona a los
zaragozanos.
El 15 de junio debían abrirse las sesiones de aquella famosa reunión, y todavía en los primeros días del propio mes no alcanzaban a 30 los que allí asistían. Mientras que los demás llegaban, y para no darles huelga, obligó Napoleón a los presentes a convidar a los zaragozanos por medio de una proclama [*] (* Ap. n. [4-3].) a la paz y al sosiego. Queriendo agregar al escrito la persuasión verbal, fueron comisionados Comisionados
enviados
a Zaragoza. para llevarle el príncipe de Castel-Franco, Don Ignacio Martínez de Villela consejero de Castilla, y el alcalde de corte Don Luis Marcelino Pereira. No les fue dable penetrar en Zaragoza, y menos el que se atendiera a sus intempestivas amonestaciones. Tuviéronse por dichosos de regresar a Bayona: merced a los franceses que los custodiaban, bajo cuyo amparo pudieron volver atrás sin notable azar, aunque no sin mengua y sobresalto.
Avisos enviados
por Napoleón
a América.
Napoleón que miraba ya como suya la tierra peninsular, trató también por entonces de alargar más allá de los mares su poderoso influjo, expidiendo a América buques con cuyo arribo se previniesen los intentos de los ingleses, y se preparasen los habitadores de aquellas vastas y remotas regiones españolas a admitir sin desvío la dominación del nuevo soberano, procedente de su estirpe. Hizo que a su bordo partiesen proclamas y circulares autorizadas por Don Miguel de Azanza, quien ya firmemente adicto a la parcialidad de Napoleón se figuraba que el emperador de los franceses había de respetar la unión íntegra de aquellos países con España, y no seguir el impulso y las variaciones de su interés o su capricho.
Napoleón
renuncia
la corona de
España en José.
Luego que Fernando VII y su padre hubieron renunciado la corona, se presumió que Napoleón cedería sus pretendidos derechos en alguna persona de su familia. Fundábase sobre todo la conjetura en la indicación que hizo Murat a la junta de Madrid y consejo real de que pidiesen por rey a José. Ignorábase no obstante de oficio si tal era su pensamiento, cuando en 25 de mayo dirigió Napoleón una proclama [*] (* Ap. n. [4-4].) a los españoles en la que aseguraba que «no quería reinar sobre sus provincias, pero sí adquirir derechos eternos al amor y al reconocimiento de su posteridad.» Apareció pues por este documento de una manera auténtica que trataba de desprenderse del cetro español, mas todavía guardó silencio acerca de la persona destinada a empuñarle. Por fin el 6 de junio se pronunció claramente dando en Bayona mismo un decreto del tenor siguiente:[*] (* Ap. n. [4-5].) «Napoleón, por la gracia de Dios etc. A todos los que verán las presentes salud. La junta de estado, el consejo de Castilla, la villa de Madrid etc. etc. habiéndonos por sus exposiciones hecho entender que el bien de la España exigía que se pusiese prontamente un término al interregno, hemos resuelto proclamar, como nos proclamamos por las presentes, rey de España y de las Indias a nuestro muy amado hermano José Napoleón, actualmente rey de Nápoles y de Sicilia.
»Garantimos al rey de las Españas la independencia e integridad de sus estados, así los de Europa como los de África, Asia y América. Y encargamos», etc. [Sigue la fórmula de estilo.]
Llegada de José
a Bayona.
Era este decreto el precursor anuncio de la llegada de José, quien el 7 entró en Pau a las ocho de la mañana, y puesto en camino poco después se encontró con Napoleón a seis leguas de Bayona, hasta donde había salido a esperarle. Mostraba este tanta diligencia porque no habiendo de antemano consultado con su hermano la mudanza resuelta, temió que no aceptase el nuevo solio, y quiso remover prontamente cualquiera obstáculo que le opusiese. En efecto José contento con su delicioso reino de Nápoles no venía decidido a admitir el cambio que para otros hubiera sido tan lisonjero. Y aquí tenemos una corona arrancada por la violencia a Fernando VII, adquirida también mal de su grado por el señalado para sucederle.
Napoleón atento a evitar la negativa de su hermano le hizo subir en su coche, y exponiéndole sus miras políticas en trasladarle al trono español, trató con particularidad de inculcarle los intereses de familia, y la conveniencia de que se conservase en ella la corona de Francia, para cuyo propósito y el de prevenir la ambición de Murat y de otros extraños, nada era más acertado, añadía, que el poner como de atalaya a José en España, desde donde con mayor facilidad y superiores medios se posesionaría del trono de Francia, en caso de que vacase inesperadamente. Además le manifestó haber ya dispuesto del reino de Nápoles para colocar en él a Luciano. Asegúrase que la última indicación movió a José más que otra razón alguna por el tierno amor que profesaba a aquel su hermano. Sea pues de esto lo que fuere, lo cierto es que Napoleón había de tal modo preparado las cosas que sin dar tiempo ni vagar fue José reconocido y acatado como rey de España.