Recibimiento
de José
en Marracq.
Así sucedió que al llegar entre dos luces a Marracq recibió los obsequios de tal de boca de la emperatriz, que con sus damas había salido a recibirle al pie de la escalera. Ya le aguardaban dentro del palacio los españoles congregados en Bayona, a quienes se les había citado de antemano, teniendo Napoleón tanta priesa en el reconocimiento del nuevo rey, que no permitió cubrir las mesas ni descanso alguno a su hermano antes de desempeñar aquel cuidado, cuyo ceremonial se prolongó hasta las diez de la noche.
Diputaciones
españolas.
Naturalmente debió durar más de lo necesario, habiendo ignorado los españoles el motivo a que eran llamados. Advertidos después tuvieron que concertarse apresuradamente allí mismo en uno de los salones, y arreglar el modo de felicitar al soberano recién llegado. Para ello se dividieron en cuatro diputaciones, a saber, la de los grandes, la del consejo de Castilla, la de los consejos de la Inquisición, Indias y hacienda reunidos los tres en una, y la del ejército. Pusieron todas separadamente y por escrito una exposición gratulatoria, y antes de que se leyesen a José con toda solemnidad, se presentaba cada una a Napoleón para su aprobación previa: menguada censura, indigna de su alta jerarquía.
La de
los grandes.
Era la diputación de los grandes la primera en orden, e iba a su cabeza el duque del Infantado, quien había tenido el encargo de extender la felicitación. Principiando por un cumplido vago, concluía esta con decir «las leyes de España no nos permiten ofrecer otra cosa a V. M. Esperamos que la nación se explique y nos autorice a dar mayor ensanche a nuestros sentimientos.» Difícil sería expresar la irritación que provocó en el altivo ánimo de Napoleón tan inesperada cortapisa. Fuera de sí y abalanzándose al duque díjole, que «siendo caballero se portase como tal, y que en vez de altercar acerca de los términos de un juramento, el cual así que pudiera intentaba quebrantar, se pusiese al frente de su partido en España, y lidiase franca y lealmente... Pero le advertía que si faltaba al juramento que iba a prestar, quizá estaría en el caso antes de ocho días de ser arcabuceado.» Tardíos eran a la verdad los escrúpulos del duque, y o debía haberlos sepultado en lo más íntimo del pecho, o sostenerlos con el brío digno de su cuna, si arrastrado por el clamor de la conciencia quería acallarla dándoles libre salida. Mas el del Infantado arredrose, y cedió a la ira de Napoleón. Por eso hubo quien achacara a otro haberle apuntado la cláusula, dejándole solo al duque la gloria de haberla escrito, sin pensar en el aprieto en que iba a encontrarse. Corrigieron entonces los grandes su primera exposición, reconocieron por rey a José e hizo la lectura de ella, aunque no pertenecía a la clase, Don Miguel José de Azanza.
La del consejo
de Castilla.
(* Ap. n. [4-6].)
Los magistrados que llevaban la voz a nombre del consejo de Castilla, si bien incensaron al nuevo rey diciéndole:[*] «V. M. es rama principal de una familia destinada por el cielo para reinar», esquivaron también, pero de un modo más encapotado que los grandes, el reconocimiento claro y sencillo, limitándose por falta de autoridad, según expresaban, a manifestar cuáles eran sus deseos: tan cuidadosos andaban siempre el consejo y sus individuos de no comprometerse abiertamente en ningún sentido.
La de
la Inquisición.
A todos los parabienes respondió José con afable cortesanía, mereciendo particular mención el modo con que habló al inquisidor Don Raimundo Ethenard y Salinas, a quien dijo «que la religión era la base de la moral y de la prosperidad pública, y que aunque había países en que se admitían muchos cultos, sin embargo debía considerarse a la España como feliz porque no se honraba en ella sino el verdadero.» Con un tan claro elogio de las ventajas de una religión exclusiva los inquisidores, que fundadamente consideraban su tribunal como el principal baluarte de la intolerancia, creyéronse asegurados. Ya antes alimentaban la esperanza de mantenerse desde que Murat mismo había correspondido a sus congratulaciones con halagüeñas y favorables palabras. El no haberse abolido aquel terrible tribunal en la constitución de Bayona, y el que uno de sus ministros en representación suya la autorizase con su firma, acrecentó la confianza de los interesados en conservarle, y puso espanto a los que a su nombre se estremecían. Ahora que han transcurrido años, y que otros excesos han casi borrado los de Napoleón, atribuirase a sueño de los partidarios del santo oficio el haberse imaginado que aquel hubiera sostenido tan odiosa institución. Mas si recordamos que en los primeros tiempos de la irrupción francesa muchos emisarios de su gobierno encarecían la utilidad de la Inquisición como instrumento político, y si también atendemos al modo arbitrario y escudriñador con que en la ilustrada Francia se disminuía y cercenaba la libertad de escribir y pensar, no nos parecerá que fuesen tan desvariadas y fútiles las esperanzas de los inquisidores. Quizá José y algunos españoles de su bando hubieran querido la abolición inmediata, ¿pero qué podía él ni que valían ellos contra la imperiosa voluntad de Napoleón? Que este acabase después en diciembre de 1808 con la Inquisición, en nada destruye nuestros recelos. Entonces restablecida, como a su tiempo veremos, por la junta central con gran descrédito suyo, entendió el soberano francés ser oportuno descuajar tan mala planta, procurando granjearse por aquel medio y en contraposición de la autoridad nacional el aprecio de muchos hombres de saber, atemorizados y desabridos con el renacimiento de tan odioso tribunal.